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«Su majestad escoja»

Un amigo del poeta Quevedo le retó a llamar “coja” a la reina. Quevedo aceptó la apuesta: “No solamente lo haré, pero ya verás cómo la reina me dará las gracias por ello”. Quevedo se acercó a la reina con dos flores en la mano y le dijo: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es-coja”.

Por Catherine L’Ecuyer, directora del Posgrado en Educación Clásica y Humanidades de la Fundación CLE

¿Cuándo es la última vez que nuestros hijos han gozado con el pasaje de una lectura clásica como esta? Por desgracia, los contenidos frenéticos y superficiales de TikTok y otras redes, a menudo creados por la IA, han llenado el día y la noche de nuestros jóvenes, que ya no tienen tiempo para las lecturas clásicas.

¿Qué tienen en común las redes con los clásicos? Ambos atienden a nuestra sed de relatos. Somos seres inquietos, curiosos. Necesitamos admirar la vida de otros, sentir como ellos, tener modelos. Esa sed de relatos, si no encuentra cauce en la lectura de los grandes libros, puede llevar a los jóvenes a pasarse horas y horas en YouTube, Instagram o TikTok, viendo las stories de sus influencers, para intentar llenar el hueco de su vida con experiencias ajenas.

Sin embargo, la forma en que las redes y las lecturas de los clásicos atienden nuestra sed de relatos no es la misma; los resultados tampoco. No es lo mismo una historia suelta, sin hilo narrativo coherente, que un gran relato. Los grandes relatos nos ayudan a trasladarnos a otras épocas, culturas, nos proporcionan modelos que nos llaman a vidas grandes y bellas. En cambio, las redes acaban siendo parches, distracción y huida, lo equivalente a intentar llenar el Gran Cañón con perlas.
De hecho, un estudio realizado por Common Sense concluye que hay casi tres veces más de probabilidades de padecer síntomas de depresión en los que usan redes, con respecto a los que no las usan nunca.

«El joven que no lee utilizará sólo una palabra, dirá ‘mola’. Y si quiere enfatizar el grado, dirá ‘mola mazo’. La pobreza en el lenguaje no es neutra, pues nos impide pensar con altura, con matices y sofisticación»

¿Por qué la generación más conectada es la que más deprimida se siente? Eso pasa porque las redes tienden a convertirnos en analfabetos emocionales. Sentimos lo que encontramos en el registro de emoticonos. Cuando se pierde precisión y matiz al hablar, dejamos de saber y de expresar lo que verdaderamente sentimos. Un joven que ha leído a Dostoievsky, a Dante o a Quevedo sabe perfectamente cuál es el abanico de situaciones descritas por las palabras “querer”, “agradar”, “estimar”, “amar” o “admirar”. En cambio, el joven que no lee utilizará sólo una palabra, dirá “mola”. Y si quiere enfatizar el grado, dirá “mola mazo”.

Hablar bien no sólo es un barniz o un tema formal. La lengua es el vehículo común de nuestra cultura, a través de la cual pensamos y nos expresamos. Si las expresiones no son precisas, cada uno acaba construyendo su propio significado y dejamos de tener un lenguaje común para comprendernos. La pobreza en el lenguaje no es neutra, pues nos impide pensar con altura, con matices y sofisticación.

Entonces ante el mundo de las redes que invita a la irrelevancia y de otro que invita a un abanico de ideales nobles, nuestros hijos se encuentran ante un dilema: “Entre las redes y la lectura de los clásicos, usted es-coja”.

Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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