Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
“Lo primero que noté es que me empezó a costar dormir por las noches, y ahí empezó todo”, afirma Saúl. Por algunos problemas en su vida personal y en el trabajo, este profesional de mediana edad percibió hace un tiempo que su salud no marchaba bien. Decidió realizar un viaje “para relajarme y alejarme del trabajo”, pero al llegar al hotel de su destino y mirarse al espejo notó una mancha blanca en la frente.“Aquí pasa algo”, se dijo, pero a la vuelta siguió trabajando a un ritmo superior a sus fuerzas, como si no pasara nada.“Tenía muchísimo trabajo e intentaba llegar a todo”, reconoce, hasta que un día en una revisión médica rutinaria le salió“una mala analítica”. Sin embargo, tampoco hizo caso de aquella señal y siguió trabajando hasta horas intempestivas, también los fines de semana. Al poco fue a donar sangre, como hacía de manera habitual desde hacía varios años, pero no se lo permitieron por tener la tensión arterial disparada.
Básicamente –admite–, “estaba evitando ir al médico, porque no tenía tiempo y lo que quería era seguir trabajando. Me encontraba en un círculo insano y en un callejón sin salida”. Al final un buen amigo le convenció para tomarse en serio su salud y pedir cita con el médico. Cuando este le atendió, le dijo claramente: “Lo que tienes es estrés puro”.
Incidencias disparadas
“Cada vez hay más estrés crónico, no sólo el que aparece en épocas fuertes como el inicio de curso a partir de septiembre”, afirma Guadalupe Arilla, miembro de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN). Para Arilla, “lo que antes se relacionaba más con períodos concretos del año o con cambios en los ciclos vitales, desde la pandemia se ha disparado y el nivel de estrés se ha ido cronificando”.
España es el país que consume más ansiolíticos, pero el estrés no se soluciona sólo con fármacos
Así lo reflejan los datos que sacó a la luz la Universidad CEU San Pablo en el último Día de la Salud Mental, que muestran que en España cuatro de cada diez personas valoran de forma negativa su estado de salud en este campo, y que casi la mitad de las consultas que se realizan en atención primaria está relacionada con ansiedad, estrés o depresión.
“Las incidencias se han disparado”, dice la médica de SEMERGEN. A las consultas de sus compañeros en atención primaria llegan personas “a contar sus síntomas porque no saben qué es lo que les pasa, pero también otros que parecen llegar hasta con el diagnóstico, porque ese proceso ya lo han vivido otras veces o porque ahora hay más información sobre esta patología”.
Los primeros síntomas
Concretamente, los síntomas con los que asoma la cabeza el estrés pueden ser de tres tipos. En el primero están los que actúan a nivel físico: dolor de cabeza, tensión muscular en cuello y espalda, digestiones pesadas, colon irritable, acidez de estómago, brotes de dermatitis en piel y cuero cabelludo, tensión arterial e incluso disfunción sexual y una fertilidad afectada.
En un segundo nivel están las afecciones conductuales, como trastornos de la alimentación, abuso de tabaco, alcohol o café, presencia de tics corporales, o bruxismo.Y, por último, en el terreno psicológico, el estrés se observa en síntomas como angustia, nerviosismo, problemas de concentración y memoria, cansancio mental, embotamiento, y dificultades para tomar decisiones y para dormir.
La doctora Arilla puntualiza que el estrés no sólo procede de un exceso de actividad, sino que también puede desencadenarse por una constante rumiación de problemas. Entre las causas más frecuentes están sobre todo las circunstancias laborales, pero también hay un estrés familiar procedente de las relaciones en el seno de la familia.
Poner solución
“En la consulta debe haber una escucha activa para que el paciente cuente todo lo que le pasa. Buscamos la causa de este episodio y vemos qué se puede modificar y qué no.También les explicamos qué es el estrés y ofrecemos técnicas de respiración y algunas pautas relacionadas con la relajación, el ejercicio, la alimentación y el sueño”, señala. Si el trastorno persiste en el tiempo, entonces el médico de cabecera considera si debe derivar al paciente a un especialista en Psicología o afrontar un tratamiento a base de fármacos,“que no es la mejor solución”, puntualiza.
De hecho, aunque España sea actualmente el país que más ansiolíticos consume, según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, “el estrés no se soluciona con un tratamiento farmacológico”, por lo que las pastillas “deben recetarse como mucho por un período corto de tiempo y siempre deben estar controladas por un médico”, abunda. Si no se hace así, el riesgo de abusar de ansiolíticos es muy alto, y la perspectiva es seguir funcionando en la vida diaria“dopados”.
En cualquier caso, reconocer el problema es siempre el primer paso y el más importante a la hora de recuperar la salud mental.“Lo bueno es que prestar atención a lo que te está pasando te permite replantearte tu vida”, señala Saúl.“Es un proceso en el que paras, renuncias a cosas que no te hacen bien y eliges la vida que deseas vivir de verdad”, concluye.
LA TEOLOGÍA DETRÁS DE ESTE TRASTORNO
Como muchas de las enfermedades que nos atenazan, el estrés tiene también una dimensión espiritual relacionada con nuestra visión de la vida e incluso con nuestra idea y concepción de Dios. En este sentido, el psicólogo Diego Cazzola señala que en el fondo de este trastorno “está la falsa creencia de que podemos con todo, incluso con aquello que se escapa de nuestras manos. En realidad, aquí hay un toque de vanidad y de orgullo, de no querer soltar las cosas, buscar el reconocimiento de los demás, ir por libre y, al final, perder la mirada hacia el Cielo”. Aunque seamos creyentes, “a veces pensamos que si no lo hacemos todo nosotros, nuestra vida se derrumbará, y eso no es cierto”.
Por eso, Cazzola dice que hay recursos que permiten luchar contra esta dolencia aunando lo psicológico y lo espiritual, entre los que prioriza “confiar en Dios y en que a Él no se le escapa nada. Esto hay que recodarlo continuamente”. También sugiere “acordarnos de que somos instrumentos de Dios”, porque si vivimos así “haremos lo que Él quiere, no sólo lo que queremos nosotros”, y eso “a lo mejor nos lleva a considerar que Dios no nos pide trabajar tanto”. Además de priorizar “qué es importante y qué no lo es” y de “renunciar a ser perfeccionista”, anima a “conocernos mejor para saber cómo reaccionamos en momentos de presión e identificar los síntomas a tiempo”. Y termina señalando que “a veces el Señor nos deja caer en cierto estrés para recordarnos que no somos los dioses de nuestra vida”.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





