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Cómo construir una biblioteca familiar

Elaborar con detalle una biblioteca para la familia, tanto para adultos como para niños, no es actividad decorativa. La creación de un ecosistema lector en el hogar es una fuente de virtudes que salta, incluso, más allá de los mismos libros.

Por Miguel Sanmartín Fenollera

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Siempre me ha gustado escudriñar las paredes forradas de libros de las bibliotecas. Mirar los lomos y perderme entre las filas y columnas que forman, en medio de entrepaños y repisas, y hacerlo no con erudición, sino con la curiosidad de un niño. Así fue en mi infancia y así sigue siendo ahora.

Además, aunque suene prosaico y utilitarista, hay estudios que sostienen que para los pequeños sentirse dueños de los libros está directamente relacionado con la adquisición del hábito lector. El número de títulos que alberga un hogar también guarda una estrecha relación con el nivel de educación que pueda llegar a alcanzar el niño.

Por ello creo que las acumulaciones de libros, las bibliotecas, son realmente importantes, y más las personales, las que están cerca de los pequeños. Una vez que un niño siente la biblioteca como suya, un nuevo mundo se abre ante sus ojos. Lo he visto suceder. Me pasó a mí; les pasó a mis hermanos; les está pasando a mis hijas.

Todo lo anterior me lleva a formularles una propuesta: anímense a construir una biblioteca para cada hijo desde su nacimiento.Si lo hacen, se darán cuenta de que la biblioteca se acrecienta sin aparente esfuerzo, no solo mediante la compra, los préstamos, los obsequios o las herencias, sino que incluso, parecerá reproducirse a sí misma, como guiada de una fuerza invisible y misteriosa.

Sentirse dueños de los libros está directamente relacionado con la adquisición del hábito lector

Esta biblioteca familiar facilitará que los niños se encariñen con los libros y aprendan a amarlos. El ver cómo crece a medida que ellos crecen; la labor de buscar el título anhelado entre los estantes, o de explorar sin un rumbo fijo el paisaje ondulado y policromático de los lomos. La alegría inesperada del descubrimiento fortuito, o el ordenar y desordenar los anaqueles y las baldas sin criterio ni razón alguna, todo ello constituirá un ceremonial que les hará ver sus colecciones de álbumes y cuentos como algo propio. La imagen de un niño que crece con su biblioteca me parece mágica.

En cuanto a qué obras escoger, quizá convenga un equilibrio entre el consejo paterno y la libertad. No solo será provechoso que se sientan libres, sino que deben serlo en algún grado. Si conseguimos reconducir su facultad de elección a aquello que sea conveniente para ellos, estaremos en el buen camino. Porque hacerlos colaborar en la construcción de la biblioteca, incluso en la selección de los títulos, es algo bueno. Una participación que debería aumentar a medida que crezcan, lo que les ligará fuertemente a los libros, que sentirán más suyos.

Ah, y no se olviden: cuiden de la biblioteca y enseñen a sus hijos a cuidarla. Que nadie pueda comentar lo que Jane Austen hace decir en Orgullo y Prejuicio a su señor Darcy: “No comprendo el abandono de una biblioteca familiar en estos tiempos”.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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