Niña agarra a su padre del brazo

Cómo evitar pasar a los hijos nuestras heridas afectivas

Las experiencias de nuestra niñez marcan, casi siempre de modo inconsciente, nuestra vivencia de la paternidad. Por eso, cuando hay traumas, heridas y carencias, muchos padres sufren al ver que están criando a sus hijos desde las limitaciones de esa herencia envenenada. El doctor Carlos Pitillas, autor de El daño que se hereda, explica para Misión cómo comprender y sanar nuestra propia historia para liberar a los niños de nuestros traumas.

Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Pocas cosas hacen sufrir tanto a un padre o a una madre como darse cuenta de que, de un modo u otro, están imprimiendo a sus hijos una educación lastrada por sus propias heridas afectivas. Una experiencia que la gran mayoría de familias atraviesa, aunque varíe en cada caso la intensidad de esa herencia dolorosa y, sobre todo, la conciencia y gravedad de las carencias de los padres. 

Y es que, junto al desgaste natural que conlleva la vida con niños, “para algunos adultos, el proceso de convertirse en padres no solo incluye las complejidades y tensiones habituales, sino que puede estar habitado por fantasmas”, explica Carlos Pitillas, doctor en Psicología y autor de El daño que se hereda (Desclée de Brouwer, 2021). 

Como explica Pitillas, “siempre que nos hacemos cargo de la fragilidad y la dependencia intensas de un niño, se despiertan aspectos de lo que fuimos de pequeños, lo que vivimos, la forma en que se nos trató, aquello que nos dio seguridad, pero también aquello que nos hizo daño”. Por eso, aunque es necesario asumir que nadie puede ser un padre perfecto y que nuestras limitaciones también forman parte de la historia de nuestros hijos, conviene  “comprender bien y abordar la transmisión intergeneracional del trauma”, tal y como reza el subtítulo de su libro.

Heridas comunes

Además de ser miembro del Instituto Universitario de Familia de la Universidad Pontificia de Comillas, el doctor Pitillas ejerce la práctica privada de psicoterapia con niños, adolescentes y adultos. Por eso, desde su experiencia señala para Misión cuáles son las heridas afectivas y emocionales más frecuentes hoy entre los adultos: “Se trata de daños comunes como los que puede tener cualquier adulto que no es padre, y que proceden de la historia de cuidados recibidos, como pueden ser: las heridas vinculadas a los malos tratos, al abuso sexual, a la sobreprotección, a la exigencia excesiva o a un trato muy severo, a la indiferencia o la negligencia emocional…”. 

Sin embargo, también pone en alerta a todos aquellos padres que no han tenido infancias especialmente dolorosas: “Existen también formas de traumatización más sutiles, menos escandalosas, y que, sin embargo, tienen también un efecto que podría activarse en el escenario de la crianza”, apunta. Y da algunos ejemplos de este tipo de impactos “que, aunque son menos visibles, resultan también dolorosos y son potencialmente perjudiciales”:  “Haber crecido con la sensación de no estar a la altura de las expectativas de los adultos, haberse sentido sutilmente humillado o menospreciado, haber tenido que renunciar a necesidades emocionales importantes para no molestar o incomodar en la familia, entre otras”. 

“Las personas heridas –y todos lo somos– pueden revisar su historia y tratar de entender cómo podría afectarles a la hora de cuidar y educar a sus hijos”

Antídotos contra el trauma

Y aunque ser consciente de las propias limitaciones y carencias es el primer paso imprescindible para liberar a los hijos de esa herencia envenenada, el psicólogo y psicoterapeuta apunta otros pasos para evitar trasladar las heridas emocionales a los hijos.

“Las personas heridas –y todos lo somos hasta cierto punto– que quieren proteger a sus hijos del efecto de estos daños pueden revisar su historia y tratar de entender cómo podría afectarles en el presente, a la hora de cuidar y educar a sus hijos. Se trata de un esfuerzo reflexivo (pensar) y también narrativo (contarse la propia historia para ‘dominarla’ o apropiarse de ella)”, señala.

Además, explica que “uno de los mejores antídotos contra la repetición de nuestros traumas es rodearnos de relaciones seguras, basadas en el respeto, el cariño real, la colaboración…”  porque  “las relaciones sanas y seguras contrarrestan el dolor biográfico de las personas que no fueron bien tratadas, permiten reconstruir la identidad y la autoestima, regulan las emociones difíciles asociadas a la parentalidad (el estrés, la incertidumbre, el cansancio, etc.) y dan a los individuos un sentimiento de pertenencia que es fundamental”.

Y concluye:  “Aunque las relaciones humanas seguras son la mejor medicina, cuando los traumas del pasado son severos o los padres tienen dificultades para lidiar con esta herencia, conviene recibir una ayuda profesional”. Porque no hay ninguna herida que no pueda ser sanada, ni mejor estímulo para buscar ayuda que procurarle lo mejor a nuestros hijos.  

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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