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Joaquín Rodrigo

El Concierto de Aranjuez del Maestro Joaquín Rodrigo: el diálogo con Dios de un alma doliente

El 6 de julio se cumplen 25 años de la muerte del maestro Joaquín Rodrigo, uno de los compositores españoles más universales y autor de El Concierto de Aranjuez, obra sublime que esconde un impresionante diálogo con Dios sobre el dolor y el sufrimiento.

Por Rubén Risco
Ilustración: Javier Ugarte

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Nos encontramos en París, en una fría mañana de los primeros meses de 1939, en pleno corazón del barrio latino, rue Saint Jacques, 159. Joaquín Rodrigo deambula por su apartamento buscando inspiración para continuar la obra en la que llevaba meses trabajando. Desde su llegada a la estación d’Orsay en 1927 todo había sido luminoso, su aprendizaje con Paul Dukas, la amistad con otros grandes compositores como Falla o Ravel, y sobre todo el matrimonio con Victoria Kamhi, una pianista turca que se convirtió en su esposa, asistente, alma gemela, y transcriptora de sus partituras ya que, por su ceguera desde los 3 años, debía escribir en braille.

Su único asidero fue la fe

Las sombras les habían acechado, pero no alcanzado, como la guerra civil que les impedía volver a España o el auge del nazismo en Alemania que les hizo marcharse de allí por el origen judío sefardí de su querida “Vicky”. Se reinstalaron en París, y volvieron a su pasión compartida, la que Victoria reconocería años más tarde: “Me enamoré primero de su música y después de él”. Se quedó embarazada y Joaquín comenzó a escribir una obra inusual, pedida por el famoso guitarrista Regino Sainz de la Maza, un concierto para guitarra y orquesta. La felicidad del momento le evocó los sonidos de las fuentes, las aves y las corrientes de agua de los jardines de Aranjuez, donde pasaron su luna de miel en 1933. Mas la prueba llegó: Vicky sufrió un sangrado y fue ingresada. El diagnóstico fue inapelable:  “Probablemente morirían los dos, madre e hijo”. Joaquín, agotado por el insomnio, pasaba las noches aporreando su viejo piano. Su único asidero fue la fe que siempre conservó, no en vano, se autodefinía como  “ciego, católico y español”.

El gemido de un alma rota

Esa oración en el dolor se hizo música en el celebérrimo adagio, que comienza con la guitarra imitando los latidos de un corazón, el de su hijo que nació muerto, respondidos luego sutilmente por los contrabajos. Y empieza el diálogo entre la guitarra (J. Rodrigo) y la orquesta (Dios). La guitarra implora por su esposa e hijo, aumentando la velocidad y el nerviosismo, como pidiendo cuentas a Dios:  “¿Por qué te la vas a llevar?, la necesito”. La orquesta sube el volumen imponiendo la voz de Dios. El monólogo de la guitarra termina con una explosión, como el último gemido de un alma rota. La orquesta expone con dulzura la misericordia de Dios y la noticia de la recuperación de su esposa. La guitarra acepta la voluntad divina y queda en paz. En el punteo final, la guitarra vuela con el alma del niño al cielo.

Una vez pasada la convalecencia de Victoria, deciden volver a España después de la contienda civil y ante los tambores de guerra que resuenan en Europa. En su maleta llevan, como un tesoro preciado, el manuscrito de El Concierto de Aranjuez. Fue estrenado el 9 de noviembre de 1940 en Barcelona con el propio Sainz de la Maza a la guitarra. El éxito fue mundial, convirtiéndose en la obra más famosa del repertorio español y la pieza que todo guitarrista desea tocar.

Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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