Por Juan Manuel de Prada
Cuántas vidas habrán sido segadas por el aborto? Sin duda cientos de millones, una matanza desorbitada que, sin embargo, sólo computa la estadística (si acaso). De Stalin es aquella frase sobrecogedora: “Un muerto es una tragedia; un millón de muertos, pura estadística”. La industrialización de la muerte perpetrada bajo coartadas altruistas fue el rasgo distintivo de los totalitarismos más feroces; y nuestra época, que se pretende adversa al totalitarismo, ha dejado sin embargo que el huevo de la serpiente se incube dentro de ella, hasta legitimar una carnicería que espantará a las generaciones venideras.
El crimen del aborto arroja ante nuestros ojos la pesadilla de una sociedad caníbal, saturnal, que devora a sus propios hijos. Pero si esa pesadilla no se detiene es precisamente porque nuestros ojos no reparan en ella. Los ideólogos del abortismo saben que el drama moral que plantea esta modalidad de crimen industrial no asaltará la conciencia colectiva mientras no reparemos en las víctimas. El drama moral comienza con la decisión de contemplar el rostro del otro; mientras no haya rostro que contemplar, podemos fingir que ese otro ni siquiera existe. “¿Por qué hoy en día se rechaza el infanticidio, mientras casi se ha perdido la sensibilidad ante el aborto? –se preguntaba el teólogo Joseph Ratzinger en su opúsculo El derecho a la vida–. Quizá sólo porque en el aborto no se contempla el rostro de la criatura que jamás verá la luz”.
Los abortistas han hecho de la contemplación de esa criatura que crece en las entrañas de su madre, ajena a la condena que se ha decretado contra ella, un tabú infranqueable. Sólo si conseguimos poner rostro a esas vidas que diariamente son arrojadas al cubo de la basura, tachadas alevosamente del libro de la vida, lograremos infundir entre nuestros contemporáneos un movimiento de repulsa y condena hacia la monstruosidad del aborto. Resulta paradójico que en la sociedad de la imagen, donde todo se expone a la vista, donde no hay ámbito de la intimidad que quede libre de escrutinio, donde la pornografía de masas campa por sus fueros, donde la exhibición de las violencias más explícitas se ha convertido en moneda de uso corriente, se mantenga la prohibición de mirar a esos pequeños que son exterminados allá donde la naturaleza ha querido que estén más protegidos: en el vientre de la madre que les presta su sustento. Y todavía resulta más paradójico aún que quienes defienden el aborto hayan logrado caracterizar a quienes nos esforzamos por hacer visible el rostro de esas vidas gestantes como individuos empeñados en ejercer violencia sobre la conciencia social, en un ejercicio de inversión moral sin parangón.
Los rostros de esas criaturas masacradas se han convertido así en la única imagen prohibida
Los rostros de esas criaturas masacradas se han convertido así en la única imagen prohibida, en el último tabú de nuestra época, que se jacta de haber infringido todos los tabúes. Resulta inconcebible que un sistema mediático como el occidental, que considera lícito mostrarlo todo (aun lo más obsceno y degradante), que está dispuesto a rebelarse y rasgarse las vestiduras ante cualquier atisbo mínimo de censura, se imponga sin embargo esta limitación férrea, convirtiendo en tabú lo que, lejos de resultar obsceno y degradante, constituye la verdad más gozosa y elemental sobre nuestra naturaleza: somos seres humanos; y comenzamos a serlo desde el momento de nuestra concepción; y mientras crecemos en el vientre de nuestra madre nuestra humanidad se va gestando de forma visible. Hoy, cuando los modernos descubrimientos nos revelan las maravillas de la vida prenatal, se nos retira de la vista esa visión hermosísima.
En un pasaje de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust explica la degradación colectiva en la que chapoteamos: “Desde hace tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, sin duda, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parece hundir estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que aparecerá entonces como monstruosamente pernicioso y donde ellas se encontraban a gusto”. Sólo cuando logremos infringir el tabú que condena al silencio el genocidio del aborto podremos aspirar a una vida moral.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





