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Cuentos para preservar la inocencia: Guardianes de la infancia

El niño disfruta de una forma de ver el mundo fresca y renovadora que conviene custodiar. Para ello, insisto, son muy provechosos los cuentos de hadas

Por Miguel Sanmartín Fenollera
Ilustración: Maria Elisa Meris

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

El poeta Charles Péguy escribió una vez sobre un padre que, tratando de enseñar a nadar a su hijo, se encuentra dividido entre dos sentimientos: “Pues por una parte si le sostiene siempre y si le sostiene demasiado/el niño se confiará y nunca aprenderá a nadar/Pero por otra, si no le sostiene en el momento justo/ese niño beberá un mal trago”. Estos versos describen bien la difícil labor de preparar a los hijos para hacer frente a un mundo, muchas veces odioso y hostil, sin que dejen de ser niños, o a medida que dejan de serlo. Porque todo niño nace indefenso, y crece indefenso también. Pero, con ayuda de sus padres, paulatinamente, va adquiriendo habilidades y experiencia, y poco a poco, se va haciendo más fuerte y capaz. 

La dificultad de esta misión radica en la necesidad de desvelar esa realidad sin precipitaciones, pero también sin ocultaciones, preservando tanto como sea posible su inocencia, la inocencia propia de su edad. 

Bendita inocencia

¿Pero qué es la inocencia y por qué es importante? La inocencia infantil es el estado del alma que más se aproxima a aquello para lo que el hombre ha sido creado. Un estado perdido y anhelado que los niños pueden saborear, aunque sea de forma somera y fugaz, ya que desaparece tan pronto alcanzan la adultez. El niño –y en menor medida, el joven– disfruta de una forma de ver el mundo fresca y renovadora, de una visión efímera y difusa de la verdadera realidad. 

“La inocencia infantil es el estado del alma más próximo a aquello para lo que hemos sido creados”

Por eso los adultos, y en especial los padres, debemos custodiar y guardar esta inocencia, tanto como nos sea posible. En cierto modo, nuestra labor de padres es la que añora el protagonista de El Guardián entre el centeno, de Salinger: “Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. […]. Sé que es una locura”. Pero, aunque hoy muchos lo tilden de locura, hace falta firmeza para cuidar a los hijos con todas las fuerzas, medios y recursos que se tengan. Y un medio muy adecuado para ello son los cuentos de hadas.

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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