Custodiar la memoria, por Isis Barajas

“Desde que nuestras raíces arraigan ya en la eternidad, nos convertimos en guardianes de una historia compartida que nos precede”
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Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Isis Barajas / Ilustración: Irene Solís

Mi madre solía hacer paella los domingos. De pequeños íbamos a un restaurante de un pueblito del interior de Alicante donde se hacía un arroz de montaña con garbanzos maravilloso. De tantas veces como íbamos ya conocíamos a la artífice de aquella delicia, a quien mis padres solían felicitar tras devorar el manjar. Un día mi madre se lanzó a pedirle la receta. Nieves, una mujer sencilla y generosa, se la llevó a la cocina del pequeño restaurante y se lo contó todo punto por punto.

Ya en casa, comenzaron los intentos por replicar el arroz de la Nieves. Unas veces quedaba un poco soso, otras se pasaba el punto del arroz. Pero mi madre no desfalleció y siguió intentándolo, domingo tras domingo. “¿Qué tal está hoy?”, solía preguntarnos. Hasta que un día, al primer bocado, todos respondimos: “Mamá, ¡está espectacular!”.

Nunca aprendí a hacer el arroz de mi madre. Pero su paella de los domingos, que llegó a perfeccionar, forma parte de mi memoria familiar”

Nunca aprendí a hacer el arroz de mi madre. Pero su paella de los domingos, que llegó a perfeccionar, forma parte de mi memoria familiar. Al igual que su gazpacho con tropezones o las codornices que cocinaba especialmente para mí porque sabía que eran mi debilidad. En mi memoria se agolpan cientos de recuerdos, como sus lecciones de matemáticas en la mesa de la cocina o su mano cogiendo la mía cuando las crisis asmáticas de mi infancia me impedían respirar.

También forma parte ahora de mi memoria aquel día de finales de julio en el que era mi mano temblorosa la que sostenía la suya en la cama del hospital.

Con la muerte de mi madre siento que he perdido una parte enorme de mi historia familiar, desde aquellas recetas suyas que no llegué a aprender hasta tantos relatos sobre mis antepasados que nunca podré reconstruir. Y es que cuando ninguno de nuestros padres está ya físicamente entre nosotros parece como si a uno le arrancaran de golpe sus raíces.

O quizá, más bien, solo nos las han cambiado de sitio. Una ilustración de Irene Solís con la que me topé de forma providencial hace unos días me iluminó esta idea. Se trataba del dibujo de un árbol dado la vuelta, con la copa hacia abajo y las raíces, innumerables, en lo alto. Acompañando a la imagen, y con motivo del día de los Fieles Difuntos, la autora había escrito: “Raíces en el Cielo”.

Desde que nuestras raíces arraigan ya en la eternidad, nos convertimos nosotros en custodios de la memoria familiar, guardianes de una historia compartida que nos precede”

Desde que nuestras raíces arraigan ya en la eternidad, nos convertimos nosotros en custodios de la memoria familiar, guardianes de una historia compartida que nos precede, que ha dado fruto abundante y que forja a lo largo de los años nuestra propia identidad. Somos memoria; esa que se construye de relatos y tradiciones, de experiencias comunitarias, de momentos luminosos y también de duelos y sufrimientos. Custodiar, relatar y revivir esa memoria familiar es un diálogo vivo con nuestros padres.

Pocas semanas después de morir mi madre compré mi primera paella; una bastante grande, puesto que la copa del árbol se ha ido haciendo cada vez más frondosa. Nunca podré reproducir su arroz, pero sí puedo custodiar la memoria de mi madre perpetuando esa experiencia familiar que ella supo construir en torno a la comida de los domingos. Confío en que un día participemos juntas en el banquete celestial. Desconozco si en él se servirá paella, pero de lo que estoy segura es que se parecerá bastante a una gran comida familiar.

Hasta la eternidad, mi querida mamá.

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