De poemas rimas y nanas

Recitar versos a los niños o cantarles canciones populares ayuda a mejorar su memoria, a que amplíen su vocabulario, a desarrollar su innato gusto poético y a fortalecer los lazos familiares.
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on linkedin

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Miguel Sanmartín Fenollera / Ilustración: Emilia Armijo

Recuerdo a mis hijas, con pocos años, cantando: “Pito, pito gorgorito/ ¿Dónde vas tú tan bonito?/ A la era verdadera/Pin, pun, ¡fuera!”. Y las recuerdo también cuando, para dormirlas, mi mujer y yo les cantábamos la nana que nuestras madres y abuelas entonaban en nuestra infancia:  “Pimpollo de canela/ Lirio en capullo/ Duérmete niña hermosa/ Mientras te arrullo”. Es muy probable que todos tengáis recuerdos similares. Porque, en la primera infancia, la música y la poesía nos llegan unidas de la mano de la tradición y el cariño de nuestros padres y abuelos.

Sensaciones rítmicas 

Seguramente, la primera sensación que percibe el niño recién concebido sea rítmica, musical: el ir y venir del corazón materno, rumoroso y suave, o el fluir de la sangre y el líquido amniótico como torrentes cristalinos, pero más apacibles, más calmos. No puede decirse entonces que el niño nazca ajeno a lo que es rima y música, a lo que es poesía.

Más adelante, esos ritmos son sucedidos por otros, las nanas, los arrullos acompasados al ritmo primigenio del corazón materno y la voz de la madre. El son y la palabra pausada dan al niño la poesía que necesita, en dulce transición a un nuevo mundo.

Pero ¿hacia qué tipo de mundo se dirigen? Porque, tras ese tierno comienzo, cesamos bruscamente en su alimento poético. Dejamos de cantarles, de arrullarles, de recitarles rimas, versos y canciones. Esto, lamentablemente, trae sus consecuencias.

Los niños nacen con un deseo instintivo de memorizar que está estrechamente relacionado con la adquisición del lenguaje. Si permitimos que se desarrolle al azar, empobreceremos su inteligencia y su imaginación, incluso moral. Lo queramos o no, el niño, de forma automática, memorizará aleatoriamente todo aquello que encuentre en su entorno, constituido hoy, preferentemente, por la televisión, los videojuegos e internet. En otras palabras, si no le proporcionamos rimas populares, o poemas de Lorca o Stevenson, aprenderá de memoria los eslóganes de los anuncios de juguetes y las letras de Lady Gaga. 

Una niñez más poética

Un buen comienzo puede ser acercarse a los maravillosos libros que nos dejó Carmen Bravo-Villasante (1918-1994), como Al corro de la patata, Pito, pito, colorito: folclore infantil, o Colorín, colorete, a través de los cuales esta filóloga, folclorista, biógrafa, traductora y pionera en el estudio de la literatura infantil rescató tradiciones muy nuestras de canciones, nanas y adivinanzas que no deben perderse.

A los niños les encanta oír nuestra voz, sentir nuestro interés y entusiasmo. Ovillados entre nuestros brazos, los veremos disfrutar sosteniendo los libros que les leamos, pasando hojas, levantando solapas… El que les recitemos versos y les cantemos canciones, sus esfuerzos por imitarnos y los cantos en familia les ayudarán a construir una relación fuerte y amorosa con nosotros, sus padres, y dejarán en ellos una huella. Así que debemos convertirnos en sus juglares domésticos y volver su vida más poética.

Coged, por tanto, a vuestros hijos y leedles poemas, cantadles canciones, recitadles rimas, adivinanzas y juegos de palabras. ¡Y no paréis de hacerlo!  

¿Te ha gustado este artículo?

Para que disfrutes de más historias como esta

ARTÍCULOS RELACIONADOS

ARTICULOS DE INTERÉS

ARTICULOS DE INTERÉS

ÚLTIMA EDICIÓN

ÚLTIMA EDICIÓN

SEPTIEMBRE, OCTUBRE, NOVIEMBRE 2021

Lee la edición
Número 61

SEPTIEMBRE, OCTUBRE, NOVIEMBRE 2021

Lee la edición
Número 61

Rechazar todas las cookies