Descansa, alma mía

En pleno siglo XIX, cuando aún la Inglaterra victoriana vivía inmersa en el academicismo, surgen los prerrafaelitas, grupo de artistas rebeldes que, interesados por temas medievales y religiosos, así como por la belleza de la cotidianidad, recrean un estilo caracterizado por el gusto en los detalles y un singular uso del color. Un ejemplo es Marianne Stokes, de quien desgranamos la obra "Ángeles entreteniendo al Santo Niño" (1893).

Por Isabel Fernández Abad. Presidenta de la Asociación Nártex

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Marianne Stokes, austriaca de nacimiento, contaba ya con una amplia trayectoria pictórica al llegar a la capital inglesa. Católica, estaba casada con el también pintor Adrian Scott Stokes, con quien frecuentaría los entornos artísticos más vanguardistas de la época. No tuvieron hijos, lo que les permitió dedicarse en cuerpo y alma a la pintura y a cultivar amistad con otros artistas.

Considerada una de las artistas más relevantes del Romanticismo, sus contemporáneos solo tenían palabras de elogio para ella, valorándola por su frescura y noble sencillez. Y es que sin duda su sensibilidad estética, su capacidad para el retrato y la exquisitez de sus composiciones la colocan en lo más alto de la estética de la época.

La Virgen. Llama la atención la delicadeza con que la artista representa a la Virgen María: tan delicada y sencilla, tan normal y cercana, que incluso inspira ternura. Sin embargo, consigue introducir ese filtro entre Ella y un espectador que sabe que es una criatura distinta, llena de gracia, aun estando dormida. Una dignidad sobrecogedora la envuelve. ¿Pero cómo puede dormir la Virgen con el Niño despierto en brazos? La respuesta es sencilla: porque María es maestra de muchas cosas, en especial del abandono, también en lo más humano, como el cansancio. Un cansancio reparador porque descansa profundamente en el Señor. Con Él nunca le falta, ni nos falta nada.

El pequeño. En medio del clima de reposo que la artista genera, sorprende la viveza con que el Santo Niño, insomne, nos mira como diciendo: “¡Aquí estoy, yo no duermo! En vela espero que me hables”.

Angélica nana. Dos ángeles gemelos vestidos de rojo, anuncio del dolor y la pasión, miran tiernamente al Niño con gesto apenado sabiendo el futuro que le espera. ¿Será alguno de ellos el encargado de consolarlo en el huerto de los olivos?

Enigmático paisaje. La pintura nos devuelve al establo donde habría dado a luz María horas antes y en el que el Niño sería adorado por los pastores. Es ahora el escenario de un tierno momento de intimidad, guardado por el Señor y velado por sus ángeles. Quizá un recodo de mi alma pudiera ser así, de pinceladas de paja fresca y mullida, donde descansar en Él y tenerle entre mis brazos, ¡cuán precioso don inmerecido!

Vasijas de barro. Una sola vasija acompaña la escena, elemento simbólico en la iconografía cristiana. Recuerda el inmenso tesoro de la presencia de Dios guardado en nuestra pobre alma de barro.

Color que deslumbra. El rojo y el azul intensos en las túnicas de los ángeles y de la Virgen contrastan por ser colores complementarios, y son tratados por la artista con gran pureza. Símbolo de dolor uno y de divinidad el otro, la artista maneja el conjunto magistralmente.

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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