Educar en la belleza. Una lección para toda la vida

Lo recordaba Aristóteles: lo bello es el camino más directo para encontrar la verdad. Pero ¿cómo enseñar a los hijos a apreciar la belleza?
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Por Rut Sanchez

Por Belén Huertas y José Antonio Méndez

La belleza no es solo para artistas, poetas o niños prodigio. Los clásicos, de Platón a Tomás de Aquino, pasando por Dostoievski o Dante, recuerdan que reconocer, admirar y cultivar la belleza es tan importante para la vida como hacer el bien y buscar la verdad. En palabras de Bécquer, “el espectáculo de lo bello, en cualquier forma que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones”. Incluso el célebre teólogo suizo Hans Urs Von Balthasar llegó a afirmar que “quien al oír hablar de belleza se sonríe, como si fuera algo propio de un pasado burgués, ya no es capaz de rezar –lo admita o no–, y pronto tampoco será capaz de amar”.

La pregunta es, ¿cómo podemos educar en la belleza rodeados de pantallas, youtubers e influencers que buscan seguidores a toda costa, series de televisión cada vez más explícitas y productos de Amazon que no se hacen esperar? ¿Debemos visitar museos y escuchar a los clásicos más a menudo? Probablemente sí, aunque no se trata solo de eso.

Así se educa en la belleza

Cuando éramos niños, nos preparaban nuestros platos favoritos y también nos enseñaban a comer lo que no nos gustaba tanto. Quizás aquel plato odiado nunca se convirtió en nuestro favorito, pero nos hizo capaces de apreciar nuevos sabores y texturas. Algo similar sucede con el gusto estético: es necesario partir de las preferencias de los padres, pero aprovechando los gustos de los hijos.

John-Mark Miravalle, autor de Defensa de la belleza (Rialp 2020) y padre de cinco hijos, asegura para Misión que “apreciar la belleza significa ser sensible a lo maravilloso de las cosas, así que no podemos dejar que nuestros sentidos o pensamientos se emboten por el exceso de imágenes y mensajes que arrebatan los sentidos”. Por eso, “la mejor estrategia para cultivar el sentido de la belleza es reducir el tiempo frente a las pantallas en la familia, y sentarse en quietud ante la naturaleza, que es la obra maestra de Dios; esas son las mejores herramientas prácticas para cultivar el aprecio por la belleza”, afirma.

Este teólogo y conferenciante propone, además, un día a la semana sin pantallas (también para los padres), y otro día a la semana donde todos se sientan afuera, en silencio, durante al menos quince minutos (o tanto como los más pequeños permitan).

Mucho ojo a los detalles

También Íñigo Pirfano, compositor, director y fundador de la Orquesta Académica de Madrid, aborda estos temas en sus libros y conferencias. “La educación del gusto, inseparablemente unida a la formación del intelecto, es absolutamente primordial para saborear el mundo”, asegura en Ebrietas. El poder de la belleza (Encuentro, 2012). Y da dos claves: estar abiertos al asombro y elevar el espíritu a través de los detalles.

La armonía en los colores y estilos de la ropa, la decoración general de la casa y de la habitación, las ilustraciones de los cuentos –en ocasiones, un auténtico monumento al feísmo–, las luces o estridencias de los juguetes, la música que escuchamos en casa o en el coche, las series que vemos (con o sin niños delante), las tramas y el vocabulario de los libros… todo cuenta (para bien y para mal) a la hora de cultivar el gusto.

Sorpresa y orden

Porque aunque lo bello tiene un claro componente subjetivo, Miravalle recuerda que descubrir la belleza que nos rodea es, en realidad, un juego de equilibrios entre el orden y la sorpresa: “La rutina es un obstáculo para la belleza, porque transmite una repetición irreflexiva. La experiencia de la belleza requiere sorpresa, así que necesitamos introducir alguna novedad en nuestra forma de hacer las cosas para que nos sorprenda la bondad de la realidad”. Algo que no tiene nada que ver con la continua búsqueda de estímulos superficiales, típica de nuestra época.

 “Contra la rutina, el mejor antídoto es el aprendizaje –matiza–, porque cuanto más sabes de algo, más quieres profundizar, más descubres, más te sorprendes. Apreciamos la belleza cuando aprendemos lo suficiente sobre un tema como para maravillarnos. Por ejemplo, quien solo conoce las reglas básicas del fútbol generalmente no se interesa en este deporte, pero quien lo conoce bien se sorprende con lo que sucede en el campo de juego”. Por eso es tan positivo que los niños tengan a su alcance libros, cuentos, láminas, puzles, instrumentos o juegos que les ayuden a descubrir la realidad y a profundizar en sus gustos, con naturalidad.

Enemigos de la belleza

Y como nadie da lo que no tiene, los primeros que han de cultivar el gusto por la belleza son los padres. ¿Cómo? Luchando contra los dos grandes enemigos de la belleza que apunta Miravalle: uno, el orden sin sorpresa (monotonía); y dos, la sorpresa sin orden (desorden).

“Muchos adultos experimentan la monotonía en el trabajo y al volver a casa se entretienen con el desorden: se ponen a ver en televisión a personas rotas, violentas y sexualmente fuera de control. Tenemos que romper ese ciclo. Necesitamos dar significado al trabajo y poner verdad, bondad y belleza en casa”, explica Miravalle. Y añade: “Para ver el orden y la sorpresa (¡la belleza!) que nos rodea, nosotros mismos tenemos que intentar vivir una vida ordenada (ética) y sorprendente (creativa). La belleza nos hace querer vivir bellamente”. Ya lo decía Chesterton: “La belleza nos hace querer guardar los mandamientos y romper los convencionalismos”.

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