El agujero indiscreto

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Una vez me dijeron:  “¡Cómo me gustaría ver vuestra vida por un agujerito!”. La ocurrencia me pareció divertida y me ruborizó al mismo tiempo. Esa imagen idílica de familia, pensé, probablemente se derrumbaría en la primera media hora de Gran Hermano. Pero lo cierto es que hoy los agujeros en las paredes familiares proliferan en redes sociales, alentados probablemente por sus numerosos y curiosos ojeadores. En este ambiente, muchos cristianos, interpelados a anunciar el amor de Dios, se preguntan hasta qué punto es necesario mostrar su propia intimidad familiar para dar testimonio en un mundo digitalizado hasta la extenuación.

Por Isis Barajas
Ya en los primeros siglos los desvirtualizar el testimonio, abrían sus casas al mundo pagano para dar razón de su esperanza. Lo hacían al atardecer y a través de comidas de caridad (ágapes), sin necesidad de agujerear paredes. Mientras los romanos invitaban a sus conocidos más distinguidos, los cristianos acogían en sus domus a los pobres y desamparados. Esta práctica social contribuyó a la expansión del cristianismo en aquellos primeros siglos, tal y como constata Eloy Tejero en su libro El evangelio de la casa y de la familia (Eunsa).

  “Las familias corren el peligro hoy de convertir sus casas en lugares sacrosantos donde el extraño solo es recibido a través del ojo omnipresente de Instagram”

Gracias a la apertura de las casas, el mundo grecorromano pudo conocer y admirar profundamente cómo vivían los cristianos. La fe llegó como un tifón para revolucionar la estructura familiar hasta entonces conocida, sus relaciones y la dignidad de las personas. De modo que cuando una casa se convertía a Cristo, la mujer era considerada, por primera vez, con igual dignidad que el varón. Al esposo cristiano ya no se le permitía el adulterio, sino que estaba llamado a entregar la vida por su esposa tal y como Cristo lo había hecho por la Iglesia. Los bebés de las familias conversas no eran abandonados o asesinados como sí hacían con ellos los romanos cuando no los reconocían como hijos al nacer. Es más, los cristianos acogían en sus hogares a los niños desechados para evitar que cayeran en las redes de explotación sexual que ya existían en la época.
Era tan radical el cambio de los conversos que aquellos que entraban en sus casas deseaban también participar de esta vida en Cristo que hacía posible una nueva civilización del amor. “Mirad cómo se aman”, se decían admirados.
Las familias corren el peligro hoy de replegarse sobre sí mismas y de convertir las casas en lugares sacrosantos donde el extraño solo es recibido a través del ojo omnipresente de Instagram. Dice Fabrice Hadjadj en La suerte de haber nacido en nuestro tiempo (Ediciones Rialp) que “la esperanza en el cara a cara con Dios solo se transmite a través del cara a cara con el otro. La fe en la Encarnación solo se verifica en una encarnación. La gracia, en definitiva, solo se manifiesta en una presencia gratuita e incluso inútil, que no aporta ninguna información”. La evangelización en redes sociales es muy necesaria, eso es innegable; pero es urgente desvirtualizar el testimonio, mostrar una esperanza encarnada, pasar de lo digital a la carne. No se trata de mirar por un agujerito sino, más bien, de venir a cenar a casa. Es la “pastoral de la tortilla” de la que hablaba en las páginas de esta revista hace unos años el gran Rafa Lozano.
Ahora bien, ¿se podrá decir de nosotros, los cristianos de hoy, eso de “mirad cómo se aman”?