El brillo del otro

En la vida de un matrimonio, el trabajo no es nunca una cuestión meramente personal
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Por Isis Barajas / Ilustración por Rikki Vélez

Su cuerpo, devastado por el cáncer y quemado por los rayos X de un brutal tratamiento, no le impidió culminar el trabajo de toda una vida. Traductora, escritora, profesora universitaria y mujer de negocios, Zenobia Camprubí se entregó hasta sus últimos días a promover la obra de su marido, el poeta Juan Ramón Jiménez.

Durante cuarenta años de matrimonio, Zenobia compatibilizó sus negocios con la tarea de ordenar textos, corregir erratas, tratar con editores e incluso mecanografiar los poemas que Juan Ramón le dictaba. No solo le apoyó en su trabajo literario, sino que lo sostuvo siempre emocionalmente, dado el carácter obsesivo y melancólico del poeta. Así lo refleja Emilia Cortés en la biografía Zenobia Camprubí. La llama viva (Alianza Editorial, 2020). Al final de su vida, mientras Jiménez sufría una nueva depresión, Zenobia, muy enferma ya, logró recopilar los poemas que completarían Tercera antolojía poética (1898-1953) y enviar la documentación necesaria para que el poeta optara al Nobel. Siete días antes de fallecer, Zenobia supo que su esposo recibiría el premio ese mismo año.

Consagrar la propia vida para que la obra de otro florezca (incluso si ese otro es el marido de una) no parece muy moderno. El trabajo se ha encumbrado hoy como el único modo de alcanzar la cacareada autorrealización personal, por lo que renunciar al brillo propio es lo más parecido a un suicidio profesional. Sin embargo, en la vida de un matrimonio el trabajo no es nunca una cuestión individual o meramente personal.

Ciertas decisiones laborales solo se entienden cuando se pasan por el tamiz del amor. Solo el amor explica que una mujer se deje la piel para que su marido logre el Nobel o que un hombre como san Luis Martin cerrara su propia relojería para trabajar en la próspera empresa de bordado que regentaba su esposa Celia. Solo el amor explica escoger ese puesto laboral menos atractivo que puede sustentar a la familia, hacer horas extra o, por el contrario, pedir una reducción de jornada o incluso renunciar a una carrera profesional para dedicarse al cuidado familiar.

Es el trabajo el que debe estar al servicio de la familia, y no al revés. Sin embargo, en esta empresa no hay caminos únicos. La llamada al amor en cada matrimonio es siempre diferente, creativa y sorprendente.

Dolores Franco de Marías fue otra mujer brillante. Discípula de Ortega y Gasset, escritora y profesora, decidió aparcar temporalmente la docencia para cuidar de sus hijos hasta que fueron mayores. Su marido, el filósofo Julián Marías, diría de ella: “No ‘colaboró’ en mis libros y artículos […], en lo que colaboraba era en mi vida, y por tanto en mi pensamiento […]. Podríamos decir que no tenía parte en mis libros; la tenía, decisiva, en el autor; no en que los escribiera, sí en que pudiera escribirlos”.

Nieves Gómez recoge en una re­ciente biografía, Dolores Franco de Marías. Una vida desde la razón vital femenina (Eunsa), cómo para el filósofo su esposa fue la motivación de gran parte de su fecunda obra: “Pensé que debía escribir algunos libros que Lolita había deseado y esperado. Había seguido tan de cerca todo lo que yo hacía, se había sentido tan envuelta en ello, que todo era de los dos”.

De los dos fue también la obra de Juan Ramón. Así lo entendió él. Aunque no pudo recoger personalmente su Nobel, se encargó de que en la ceremonia de entrega se leyeran estas palabras: “Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años han hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella, desolado y sin fuerzas”. En el matrimonio, el brillo del otro es también el brillo propio: un doctorado, un ascenso… incluso un Premio Nobel.

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