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El cerebro evoluciona con el ejercicio de la paternidad

El vínculo de apego “reprograma”, de manera natural, el cerebro de los padres: sus mentes se vuelven más atentas, empáticas y flexibles
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Por Rut Sanchez

Por Isabel Molina Estrada

Ante el inminente nacimiento de un bebé, la advertencia de los amigos a los padres primerizos no puede faltar: “Aprovechad vuestras últimas noches de sueño ininterrumpido, pues, después del parto, ya nunca más volveréis a dormir como antes”. Y es cierto, cuando el hijo nace, la vida de los padres da un vuelco total: tendrán que estar alerta las 24 horas del día para interpretar las incontables demandas de atención y cuidado de su indefenso bebé.

Sin embargo, la naturaleza es sabia: a la vez que exige a los padres dar más de sí, les “regala” un plus cerebral que los capacita para no desfallecer ante, por ejemplo, el llanto –a veces inconsolable– de su recién nacido. Así lo ha demostrado la catedrática Natalia López Moratalla –presidenta de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica y docente en la Universidad de Navarra– en su estudio Cerebro materno, Cerebro paterno. Adaptación a estilos de vida familiar, extraído de un estudio más amplio sobre Los Secretos del Cerebro (www.lossecretosdelcerebro.com), en el cual explica que las mentes de los padres se vuelven más atentas, empáticas y flexibles para lograr advertir, con éxito, las necesidades de su pequeño hijo.

“La experiencia de la crianza de los hijos mejora la plasticidad estructural del hipocampo y de la corteza prefrontal. El cerebro de los varones padres sufre una reorganización de la estructura en el hipocampo y, el de ambos, (madre y padre) se modifica en la corteza prefrontal”, indica el estudio.

El vínculo de apego

Durante la gestación, no solo se produce una simbiosis única entre madre e hijo, sino que, de forma natural e inevitable, este proceso modifica la psicología de la mujer. La madre atraviesa un periodo de cambios neuroendrocrinos y de comportamiento que adaptan su cerebro para el cuidado de su hijo. Esos cambios se deben al llamado “vínculo de apego” ya que, del mismo modo que “el cerebro calcula las distancias físicas, ‘mide’, también, las relaciones afectivas”, afirma López Moratalla. Así, el cerebro “elimina las distancias” entre los padres y el hijo para llegar a una “fusión” entre ellos.

Acortar la distancia entre padres e hijo es clave, pues, “durante la infancia, el niño necesita como nunca a la familia, no solo para subsistir, sino, también, para establecer los vínculos de apego seguros que marcarán su psiquismo”, asegura la experta. A la madre, el vínculo de apego “se lo regala la naturaleza” mediante la gestación, el parto y la lactancia.

En cambio el padre, por estar fuera del proceso de gestación, se tiene que “ganar” ese vínculo, comenta la catedrática. Pero no lo tiene difícil, pues, en cuanto comienza a participar activamente en el cuidado de su hijo, se crea el vínculo de apego paterno, ya que se sincronizan, entre padre e hijo, las regiones cerebrales asociadas a los procesos cognitivo-emocionales.

Un cerebro más maduro

El cerebro de un varón que ha ejercido activamente su paternidad no tiene nada que ver con el de otro que no ha tenido esta experiencia.

La doctora López Moratalla ha descubierto que el cerebro social del padre varón madura con la paternidad. El contacto físico habitual con el hijo aumenta en él la empatía cognitiva, elimina el estrés, incrementa la memoria emocional y mejora, incluso, su flexibilidad cognitiva. Además, en su cerebro se crean y refuerzan nuevos circuitos cerebrales y se generan nuevas neuronas. Y, por si fuera poco, gracias a ese contacto físico, se genera oxitocina –conocida, también, como la hormona de la confianza–, la cual potencia los circuitos del cerebro social que le ayudarán a trabajar la memoria más intensamente para reconocer las necesidades de su hijo.

El estudio concluye que el cerebro de un varón que ha ejercido activamente su paternidad no tiene nada que ver con el de otro que no ha tenido esta experiencia. Tras la paternidad, la perspectiva vital del padre cambia por completo: “Centra su atención en el hijo, de modo que las decisiones familiares que tomará en adelante estarán enfocadas a la protección de su retoño”.

El “amor ciego” de una madre

Por su parte, el vínculo materno es de un “amor ciego” e indulgente, asegura la catedrática. Esto significa que con el nacimiento del hijo se silencian, en el cerebro de la madre, los mecanismos del enjuiciamiento negativo, hasta el punto de que no se ven los defecto del hijo. La madre siente euforia al contemplar a su bebé porque en su cerebro se elevan la oxitocina –hormona de la confianza– y la dopamina –hormona de la felicidad–, lo que la conduce a un estado mental de deseo de unión a su pequeño.

Si el niño llora, el cerebro de la madre se “enciende” e intenta interpretar de inmediato el estado de angustia de su hijo; su propia pena se reduce con el fin de identificar qué reclama el bebé

López Moratalla ha encontrado, también, que “la madre está lista para captar los estados emocionales del bebé a través de señales como la sonrisa o el llanto”: la sonrisa de su bebé incrementa su propia alegría y hace que libere una gran cantidad de dopamina, lo que la impulsa a acariciar a su hijo o a jugar con él. Y, si el niño llora, el cerebro de la madre se “enciende” e intenta interpretar de inmediato el estado de angustia de su hijo; su propia pena se reduce con el fin de identificar qué reclama el bebé.

Sintonía con los padres

El estudio demuestra, además, que los modos de atención específicos del padre y de la madre hacia su hijo son complementarios y, sobre todo, tienen efectos diferentes e imprescindibles para el desarrollo cerebral del bebé. “A lo largo de los primeros años, el hemisferio derecho del hijo se alinea con el de la madre y, el izquierdo, con el del padre. Es esta sintonía la que permite que el cerebro del niño se active y se desarrolle”, indica López Moratalla. Por eso, recibir el cuidado de ambos padres mejora la génesis neuronal del hijo; de ahí la importancia, insiste la catedrática, de que los niños dispongan, en sus primeros años, de la cercanía de una figura femenina y otra masculina, ya se trate de padres biológicos o adoptivos, o de otros familiares.

Durante la infancia, la dependencia de los vínculos de apego seguros son tan serios que es difícil que no queden secuelas cuando faltan los progenitores, afirma López Moratalla. Si llegaran a faltar, “otras personas tendrán que ganarse la confianza del niño y brindándole mucho afecto para suplir esa carencia”. Sin embargo, cuando falta uno de los padres, no todo está perdido, pues, “en el entorno familiar, puede contar con quien haga las veces del progenitor que le falta”, sentencia López Moratalla.

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