Niño levantando un trofeo

“El éxito de nuestros hijos no tiene que ver
con sus notas”

Aunque la mayoría de los padres saben, en teoría, que los valores personales son más importantes que los logros materiales, en el día a día muchos miden el “éxito” de sus hijos por las notas que sacan, las extraescolares en las que destacan o la popularidad entre sus amigos. Por eso, antes de que acabe el curso, los expertos recuerdan sobre qué factores descansa “el verdadero éxito” de niños… y adultos.

Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

En el verano de 2009, pocas semanas después de haber sido padre por primera vez, el canadiense afincado en Estados Unidos Paul Tough entraba en la guardería Red Bank, en Nueva Jersey, para iniciar un recorrido que le llevaría durante dos años por numerosos centros escolares y jardines infantiles de todo el país.

Su objetivo no era, como el de otros padres primerizos, encontrar el mejor kindergarten para su hijo Ellington, sino “entender estas guarderías, como periodista”, según reconocería más tarde. Porque Tough, que en ese momento trabajaba como redactor en el New York Times Magazine, estaba escribiendo una serie de reportajes para comprender los factores que determinan el éxito o el fracaso vital de los niños. Y los pequeños del aula 140 de Red Bank formaban parte de un proyecto innovador que buscaba asentar en ellos no solo los rudimentos de la lectoescritura, sino también una serie de hábitos de comportamiento como el autocontrol, la empatía y la curiosidad.

Cómo triunfan los niños

Tras hablar con un centenar de docentes, psicólogos, pedagogos, trabajadores sociales, adolescentes e incluso policías y médicos, y visitar no solo centros educativos pioneros, sino también los de los barrios más pobres de Norteamérica, Tough escribió el libro Cómo triunfan los niños (Palabra, 2014), que ha sido traducido a 27 idiomas y estuvo más de un año entre los bestsellers de Estados Unidos.

En síntesis, lo que Tough pudo demostrar es que los factores que marcan la diferencia en la vida de los niños no tienen tanto que ver con cuestiones de tipo cognitivo ni académico, sino “con un conjunto de cualidades, entre las que se incluyen la perseverancia, el autocontrol, la curiosidad, la meticulosidad, la determinación, la autoconfianza, la afabilidad, la empatía, la generosidad” y la capacidad de enfrentarse a los problemas “de un modo creativo”. Además, reconocía que cuando esas virtudes se iban asentando, los buenos resultados académicos o profesionales solían llegar más pronto que tarde, y se creaba un círculo virtuoso. Razón por la cual era tan absurdo renunciar a la calidad de la enseñanza y a la exigencia académica, como darles excesiva importancia.

Lo que marca la diferencia son cualidades como la meticulosidad o ser afable

Gran contradicción

Tough constató también una gran contradicción: la totalidad de los padres deseaban que sus hijos tuviesen “éxito en la vida” (aunque cada familia lo entendiera de un modo diverso) y casi todos los adultos afirmaban que tener ciertos valores y virtudes era lo mejor para su prole; sin embargo, en el día a día, la mayoría equiparaban el “éxito” de sus hijos a que sacasen buenas notas, fuesen populares entre sus compañeros, o destacasen en alguna actividad deportiva o artística.

De fondo se apreciaba que los mismos padres medían su propio “éxito vital” según su desarrollo profesional, o por cuestiones como tener un buen sueldo, una casa bonita, un coche último modelo, capacidad para viajar, prestigio social o seguidores en redes sociales (aunque el auge de las redes llegaría unos años después).

Esa contradicción, manifestada hace una década en Estados Unidos, sigue a la orden del día en la España de 2022.

Un problema de números

Así lo explica para Misión el psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas –prolífico conferenciante, experto en educación emocional y autor de La belleza de vivir (Ciudadela Libros, 2021)–: “Los padres nos sabemos la teoría, pero a la hora de la verdad medimos el éxito de nuestros hijos por cuestiones accesorias, no por las que les afectan para lograr una vida plena. Es algo que tiene mucho que ver con el enorme problema de natalidad que sufrimos: nunca hemos tenido tan pocos hijos como ahora, y como solo tenemos uno o dos, sentimos que no podemos fallar y que tenemos que ayudarles a ser los más: los más brillantes, los más populares, los que lleguen a notarios, a cirujanos, a actores famosos, o a destacar en un deporte como Messi o Nadal”.

Sin embargo, Gutiérrez Rojas señala que “la experiencia clínica demuestra que las personas que tienen una vida feliz, plena y equilibrada, las que se sienten realizadas y se ven a sí mismas como personas de éxito, no son necesariamente las más listas, ni las más brillantes académica o profesionalmente, ni las más populares, sino aquellas capaces de sacar el máximo partido a sus capacidades, aunque sean pocas, y de establecer un orden de prioridades morales en su vida”. De hecho, “el aspecto moral es el más determinante –añade–, porque, ¿cuántas personas vemos que, en apariencia han triunfado socialmente, pero son incapaces de amar y ser amados?”.

“Tener un orden de prioridades morales es lo que más determina la felicidad personal”

Lección de agricultores

Gutiérrez Rojas, que trabaja en la Unidad de Hospitalización de Salud Mental del Hospital Campus de la Salud, de Granada, explica que “lo que me han enseñado mis pacientes agricultores, amas de casa y personas anónimas es que el éxito en la vida consiste en perfeccionarse y trabajarse uno mismo; en superar los momentos duros sin dejarse aplastar por un ambiente hostil; en mejorar el entorno de cada uno; en mantener el optimismo y el sentido del humor; en entregarse a los demás con generosidad y compromiso; y en enfrentarse, con la virtud de la fortaleza y los argumentos de la razón, a las corrientes malignas del mundo”. “Y eso –concluye–, tiene muy poco que ver con las notas que tus hijos saquen este curso o el coche que tengan en unos años”.

Por qué educar para el fracaso

Tras analizar distintos datos sobre alumnos de Harvard y Princeton, así como de estudiantes de institutos ubicados en barrios problemáticos, Paul Tough afirma que una de las claves más importantes para alcanzar una vida feliz, próspera y equilibrada –una vida de éxito– es, paradójicamente, saber gestionar el fracaso. El psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas coincide con la tesis de Tough y lo explica así: “A veces entendemos la felicidad como un estado de placer, satisfacción y bienestar continuo. ¡Pero eso no existe! La felicidad es mi capacidad para tener estabilidad emocional y enfrentar mi día a día, con sus cosas buenas y malas, sin perder el norte. Una persona feliz es la que se enfrenta al fracaso, al dolor y a lo que le cuesta o le supera (incluso si es bueno), sin dramatizar, de forma positiva, con capacidad resolutiva y también con disposición a pedir y aceptar ayuda, para aprender de las cosas negativas y ser mejor persona”. Por eso, recomienda que los niños, “si no tienen hermanos, se junten con otros niños fuera del colegio, porque entre iguales aprenden a gestionar el rechazo, la frustración y la agresividad. Si nadie me ha dicho nunca que no, ¿cómo voy a enfrentarme a un jefe tirano, a un mal compañero, o a una injusticia social?”.

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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