Un hombre atiende amablemente a una mujer

Por qué merece la pena ser más educados y cómo lograrlo

La amabilidad y los buenos modales son virtudes en boga entre las grandes empresas. Sin embargo, su origen, sentido y fundamento están en la familia. Así pueden los padres educar en la amabilidad (y ser ellos mismos más amables).

Por Belén Huertas y José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

“Ego is the enemy of good leader-ship”, (“El ego es el enemigo del buen liderazgo”). Así rezaba el título de un breve artículo que Rasmus Hougaard y Jacqueline Carter –dos altos directivos expertos en formar a líderes de empresas como Microsoft o Accenture– publicaron en el Harvard Business Review (HBR) en noviembre de 2018. Tres años y una pandemia mundial después, a finales de 2021 algún responsable de la estrategia de medios de HBR decidió recuperar aquel texto para colgarlo en LinkedIn, una red social de carácter marcadamente profesional. Y dio en la diana: a las 10 horas de su publicación, el texto contaba con 4.827 likes y 162 comentarios. Al cierre de esta edición, cuando ni siquiera aparece en las publicaciones rápidamente visibles en LinkedIn, el artículo sigue sumando lectores, supera las 12.000 interacciones y ha sido compartido por casi 3.000 personas (unas elevadas cifras muy poco frecuentes en esta red, cuyo algoritmo y funcionamiento difieren de otras como Facebook o Instagram).

Ego vs. amabilidad

Lo llamativo es que, a pesar de ser un artículo firmado por dos CEO de postín, cualquier padre o educador católico daría por muy válidas sus afirmaciones. Por ejemplo, Carter y Hougaard afirman que el ego nos hace más individualistas y más propensos a interrumpir a los demás, que “un ego inflado nos impide aprender de nuestros errores”, que el narcisismo estrecha nuestra visión y que la persona ególatra “siempre busca información que confirme lo que quiere creer”. Algo nefasto para cualquier empresa… y para cualquier relación humana.

Esa universalidad de sus afirmaciones es, tal vez, el secreto del éxito del artículo del HBR: la experiencia de que el ego de la inmensa mayoría de personas –no solo los líderes de grandes empresas– tiende a inflarse. ¿Y cómo mantenerlo bajo control? Hougaard y Carter lo deslizan sutilmente: siendo amables. 

Amables para Dios

Sus tesis, aplicadas no al campo de la empresa, sino al ámbito familiar y espiritual, son muy similares a las que formuló magistralmente el estadounidense Lawrence G. Lovasik, autor del bestseller  El poder oculto de la amabilidad (Rialp, 2014), entre otros grandes clásicos de espiritualidad contemporánea. 

Este sacerdote, hijo de padres es-lovacos y el mayor de ocho hermanos, trabajó como misionero durante décadas en las rudas zonas industriales del carbón y el acero de Norteamérica. Una experiencia que, de forma paradójica, le sirvió para comprobar la capacidad que tiene una persona amable para regenerar un entorno hostil y “restablecer el equilibrio entre el bien y el mal” a pequeña y gran escala, e incluso cómo “la amabilidad devuelve constantemente a Dios a las almas extraviadas, abriendo corazones que parecían obstinadamente cerrados”.

Poderes “ocultos”

Para Lovasik, fallecido en 1986, el poder de la amabilidad radica en que resulta contagiosa: “Las acciones amables no acaban en ellas mismas: unas llevan a otras. El buen ejemplo cunde”, dice. Algo especialmente importante en el hogar y en los ambientes cercanos, como los amigos o el trabajo, pues  “la gente que reciba tu amabilidad, si ya era amable antes, aprende a serlo todavía más, y si no lo era, aprende de ti a serlo”. “No hay mejor obsequio que mostrarse amable. Después de la gracia de Dios, es el mayor regalo”, afirma. 

Lejos de ser compañera del cinismo, la hipocresía o la debilidad, la amabilidad va de la mano de la cortesía, la empatía y el carácter firme. Como señala Lovasik, cuando nos cuesta ser amables es porque preferimos no combatirnos a nosotros mismos ni reconocer que  “todo el mundo se merece tu cortesía”. Incluso “puede que descuides a los que quieres y seas educado con quienes menos te importan”, alerta. 

Sin embargo, su experiencia incluso en entornos realmente soeces demostró a Lovasik que la mayoría de las veces basta un esfuerzo muy pequeño para conseguir efectos potentes y duraderos: “Las personas no suelen fijarse en tu esfuerzo por hacer algo por ellas. Solo perciben tu amabilidad. Lo que importa no es tanto lo que haces, sino cómo lo haces. Una acción amable dura mucho tiempo. Es difícil que los años logren enterrar la dulzura de un gesto amable”, afirma en su obra. 

El club de la amabilidad

Lovasik anima a todos, y especialmente a los padres, a “inscribirse” en “el club de la amabilidad”, que tiene seis reglas muy sencillas: tres Debes y tres No debes:  “Debes: 1. Hablarle amablemente a alguien al menos una vez al día; 2. Pensar algo amable de alguien al menos una vez al día; 3. Tener un gesto amable con alguien al menos una vez al día. Y No debes: 1. Hablar mal de nadie; 2. Hablar mal a nadie; 3. Portarte mal con nadie”. ¿Y cuando patinamos en nuestro intento? También hemos de ser amables e indulgentes con nosotros mismos, recuerda Lovasik. Y da tres consejos para enmendar la situación (y a nosotros mismos): “1. Haz un breve acto de contrición, como ‘Perdón, Señor’. 2. En caso necesario, discúlpate. 3. Di una breve oración por la persona con la que has sido antipático”. 

Y aunque sus consejos tienen ya varias décadas de solera, en un momento social de oscuridad e incertidumbre como el actual, cada pequeño acto de amabilidad  “es uno de los mayores regalos de Dios al mundo”, concluye.  

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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