Por José Ángel Agejas / Fotografía: Dani García
Enrique Bonete es catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Salamanca. Cuenta con un amplio currículum académico como docente e investigador en temas de Ética y Filosofía Política, pero no estaba en sus planes sostener un diálogo epistolar con una antigua alumna de la que ya ni recordaba el nombre. A Nuria le ocurría lo mismo que “a muchos enfermos”: La noche le resultaba especialmente tenebrosa. Tenía miedo a la oscuridad porque no dormía con facilidad. “Sí, tenía miedo a la oscuridad, que es una imagen de la muerte”.
Conversamos con Bonete sobre su libro más reciente, Querido profe, me invaden las tinieblas. Diálogos sobre cómo vivir y morir (Ariel, 2025), en el que su antigua alumna lo llama “profe”, un apelativo cargado de cariño y de reconocimiento. La travesía que recorren resulta iluminadora… para ambos. Salpicada de las voces de Platón, Séneca, Montaigne, Descartes, Spinoza, Schopenhauer y Unamuno, también recoge un encuentro con la cruz: “No conocía ni las palabras de Jesús en la cruz”, y descubre que los evangelios tienen “potencia iluminadora para lo que a ella y a nosotros nos acontece”, relata el autor.
Asegura que estas páginas recogen una de sus mejores experiencias vitales e intelectuales en su ya larga andadura docente. ¿A qué se refiere?
Es que una cosa es mantener conversaciones breves con alumnos y otra muy distinta entablar un diálogo escrito con una alumna que se encuentra enferma de cáncer y que piensa que puede morir. Era una experiencia docente en el sentido que yo le transmitía algunas reflexiones de los filósofos que estaba trabajando para el libro El morir de los sabios (Tecnos, 2019). Pero también fue una experiencia intelectual porque me supuso concentrar todo ese material para presentárselo a ella y que le pudiera servir para encontrar sentido a su sufrimiento. Además, era una experiencia de carácter personal, porque al final conocí a una alumna a la que no recordaba, pero entablé un diálogo con ella.
Cuando hablan los filósofos se dividen en dos grandes grupos: unos, pocos, que no quieren saber nada de la muerte y otros que insisten en verla como clave para la vida. ¿En qué quedamos?
Me inclino por aquellos que, como Séneca o Montaigne o Schopenhauer, consideran que la muerte es el impulso de la actividad filosófica, que otorga sentido a nuestra existencia, que es relevante para saber cómo hemos de vivir. Porque otros, como Spinoza, por ejemplo, consideran que en lo único que hay que pensar es en la vida. Pero lo que realmente piensan es que tenemos que darnos cuenta de que la vida solo tiene sentido a la luz de la realidad antropológica de la muerte.
Ha agrupado los correos en tres partes. ¿Es una especie de itinerario de acompañamiento?
No iba a acompañar ni tenía conciencia de ello. Recibo el correo de la alumna y titulo el inicio del intercambio “Cuando la muerte llama” porque me escribió al darse cuenta de que estaba muy enferma y recordó mi curso en la universidad. En la segunda parte, “En compañía de sabios”, explico lo que piensan algunos filósofos sobre el sentido de la vida, sobre cómo sufrir y enfrentarse al final. No había una decisión premeditada de cómo acompañar a una persona que se estaba muriendo. Me di cuenta hacia el final de que era posible que muriera y, entonces, me preguntó qué le iba a pasar, qué iba a ser de ella. Esos interrogantes provocan el diálogo de la tercera parte, “El umbral de lo indecible”.

En un momento Nuria expresa la enseñanza que le dejará la enfermedad para cuando se recupere: “Saborearás cada día como el último sorbo de agua fresca en medio del desierto”. ¿A qué esperamos para aplicarlo ya?
Claro, eso es muy interesante. Aprendí con estos diálogos que ella deseaba una nueva oportunidad, una nueva forma de vivir. Muchas personas que ven cerca el final se replantean la existencia. ¿Mereció la pena lo que he hecho? ¿Podría haber vivido de otra manera? Aunque a veces sea difícil, los filósofos insisten en que hay que saber vivir, hay que saber encontrar lo esencial, lo mejor de la existencia sin necesidad de esperar a la situación límite. ¿Por qué no aprendemos? Yo lo he aprendido leyendo a los filósofos: hemos de vivir como si fuera el último día de nuestra existencia y por tanto aprovechar las relaciones interpersonales, que es lo mejor, el amor…
Los Ejercicios Espirituales del obispo Erik Varden este año en el Vaticano tuvieron como lema “iluminados por una gloria oculta”, la otra cara de “me invaden las tinieblas”, pero tampoco para el creyente la luz de la fe disuelve del todo las tinieblas de la muerte…
Yo le decía: no sabemos si la muerte es oscuridad… Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna. Es interesante porque en realidad ella decía: “Ojalá, profe, ojalá lo que Unamuno afirma y lo que usted afirmó sea verdad”. Ella deseaba que fuera verdad: la luz, Dios, la esperanza de Jesucristo. Era un mundo que había olvidado, pero que anhelaba. Lo deseaba. Hay una luz en nuestro interior por la que nos cuesta aceptar que nuestro destino sea una oscuridad total, como si nunca hubiéramos existido.
“Profe, nunca nadie me había dicho que lo que le pasó a Jesús en sus últimos momentos es posible aplicarlo hoy, y que esa resurrección de la que tanto habláis los cristianos pueda ser esperanzadora para mi posible final”.
Es sorprendente: nadie le había hablado de la muerte. Y, por otro lado, no sabía nada de Jesucristo. Era una chiquilla que había sido católica, había ido a las catequesis de pequeña, pero se olvidó y no sabía nada de Jesús de Nazaret. No sabía ni las palabras de Jesús en la cruz. Descubre los evangelios y que lo que le pasó a Jesús no es un acontecimiento pasado, sino que tiene potencia iluminadora de lo que a ella y a nosotros nos acontece.
En Jesucristo tenemos la confirmación de que Dios está presente de un modo sigiloso y respetuoso, pero nos espera, y que la muerte tiene un despertar, que es la luz de Dios. Es conmovedor ver que algo de esperanza se suscita en el corazón de su alumna.
Es un aldabonazo para nosotros, los cristianos. En ese sentido, la Iglesia y los cristianos tenemos una misión. No podemos avergonzarnos de la fe que tenemos, ni de hablar de Jesucristo. Hay personas necesitadas del sentido. Y la muerte lo relativiza absolutamente todo: o Dios existe y es verdad que se ha manifestado en la muerte y resurrección de Cristo, o la nada nos aniquila. Tenemos huellas, vestigios, señales de que Dios ha querido comunicarse a través de Jesús de Nazaret y eso ella lo descubría como una absoluta novedad.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





