Reig Pla: “Una Iglesia santa y martirial no queda reducida a una ONG”

En septiembre el Papa aceptó la renuncia presentada por edad de Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá. Un ministerio fecundo y una vida de firmes convicciones que se remontan a su infancia. Manuel y Amparo, sus padres, le transmitieron la fe a los pies del monasterio de la Virgen del Milagro, en Cocentaina (Alicante), su pueblo.

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Javier Lozano. Fotografía: Dani García

Su voz ha sido profética. Alertó antes que nadie sobre la ideología de género, la cuestión queer o el transhumanismo, corrientes que ahora campan a sus anchas en la sociedad e incluso en ocasiones en el seno de la Iglesia. Y pese a haber sufrido múltiples denuncias, campañas difamatorias y acoso mediático por defender el Magisterio en cuestiones como la vida, la sexualidad y el amor humano, Reig Pla no cesa de animar a los cristianos a no dejarse asustar y a confiar en Cristo. Solo las familias unidas en la comunidad cristiana –explica a Misión– resistirán los ataques de las ideologías. 

Cuando comenzaron los ataques, Reig Pla tuvo donde anclarse. Creció en una familia modesta –sus padres eran trabajadores de fábrica–, pero muy religiosa. “Para mí la fe era como respirar. Mis padres sabían que lo más importante para un hijo era iniciarle en la vida cristiana. Siempre me decían que tenía que estar del lado de Cristo y amar a la Santísima Virgen María”. Esto explica que durante sus 26 años como obispo y más de 50 como sacerdote nunca haya perdido ocasión de citarlos y recordarlos, y observando su propia trayectoria, llegó pronto al convencimiento de que la promoción de la familia era una cuestión de vida o muerte. Sin ella no habría cristianos. 

Comencemos por el principio: ¿cómo descubrió su vocación? 

Ocurrió de manera espontánea. Un verano, en un juego entre adolescentes, hacíamos apuestas entre nosotros y me preguntaron:  “¿Qué vas a hacer?”.  “Voy a ser cura”, respondí. Aposté por eso. De ahí me fui directamente a mi casa y lo dije. Luego hablé con el sacerdote. Entre ir a la Universidad Laboral o al seminario ganó el seminario. Fue todo improvisado y rápido, fruto de un juego, pero mi respuesta tenía raíces en una vida verdaderamente cristiana.

Cuando llegó Mayo del 68 tenía 20 años. ¿Le influyó el ambiente? 

Recién acabados los estudios de Filosofía, conseguí una beca para estudiar francés en París en el Instituto Católico. Junto a otro compañero fui de Valencia a París en autostop. Allí conseguimos un trabajo limpiando oficinas. Era el verano de 1967, en las vísperas del estallido del 68. El ambiente que vi me conmocionó y reforzó mi vocación. Todo aquello golpeó mi corazón, lo viví con un deseo verdadero de que había que volver a las raíces cristianas y a evangelizar.  Y desde el primer instante surgió en mí el interés por fomentar todo aquello que apoyase a la familia, porque lo que ha venido después es este individualismo que conduce a la soledad donde, desarraigada de la familia, la persona sucumbe a este proceso de ingeniería social, de olvido de Dios.

¿Conocen los católicos lo que la Iglesia dice sobre estos temas?

No les ha llegado, como tampoco la voz de Juan Pablo II o de Benedicto XVI y lo que nos han enriquecido los distintos Papas. Escuché una homilía en Jerusalén que decía: “La Iglesia no ha querido escuchar la voz de los profetas”. Se refería a lo que decían los Papas. En estos temas la Iglesia ha sido el bastión: ha anunciado la verdad del hombre, del amor humano y el sentido del matrimonio entre el varón y mujer abierto a la vida. Pero esa voz no ha sido escuchada en Europa, incluso en la propia Iglesia en toda su esencia. No se quiso escuchar la Humanae Vitae, la Familiaris Consortio y todavía la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II   es un tesoro por descubrir. 

Ha destacado por ser un pastor de convicciones firmes. ¿Ha pagado un alto precio por ir a contracorriente?

Estaba anunciado en el Evangelio: si al Maestro lo han perseguido, a vosotros os perseguirán. Navegar a contracorriente te hace pagar un precio alto. Primero te desprestigian, desvirtúan tus palabras, montan campañas para que desistas… De todas las cosas que dicen de mí difícilmente he encontrado algo verdadero. Apoyado en la fe que me dieron mis padres, me he mantenido firme. Lo he vivido siempre como un camino hacia lo que más me interesa: la humildad. Las humillaciones son una bendición de Dios para aprender a confiar plenamente en Él.

Ir siempre con la verdad por delante es difícil…

Pero la paga es hermosa. Si estás con la verdad, lo tienes todo. Lo demás pasa, es efímero, es humo. Lo que no es humo es la verdad que te enraíza y que salta hasta la vida eterna.

«Si estás con la verdad, lo tienes todo. Lo demás es efímero, es humo»

¿Se ha sentido solo en medio de tantos ataques?

Mediáticamente puede ser que uno se sienta solo ante un aluvión de noticias falsas y distorsionadas. Pero siento la compañía de Dios y de la Iglesia. Y luego cada uno en este mundo escoge. Uno, si quiere pasar desapercibido, pasa desapercibido. Si quiere disimular, disimula. Y si quiere afrontar la verdad tiene que pagar el precio. Pero la recompensa es enorme. Y luego te vienen compensaciones. Después de que el Papa aceptara mi renuncia he recibido miles de mensajes. Eso te carga el corazón de paz y alegría. Si estás con Dios y con la Iglesia, nunca estás solo.

¿Qué momento recuerda con más cariño como obispo?

La sorpresa primera al informarme de que Juan Pablo II me había elegido obispo de Segorbe-Castellón. Fue inesperado. 

¿Y el de mayor sufrimiento?

Cuando veo que no triunfa la verdad. Aunque sabes que el desenlace último está asegurado, ver que en el mundo se introduce la oscuridad genera muchísimo sufrimiento, y más cuando no ves brillar la verdad en el seno mismo de la Iglesia. Se experimenta cuando eres sacerdote y sobre todo siendo obispo.

¿Ha sufrido mucho siendo obispo?

El sufrimiento es connatural a la persona. Esta sociedad de terapia sentimental que hemos creado y que no anuncia la verdad pone tiritas a la realidad, pero no cura. No hay nada grande en este mundo que no pase por la escuela del sufrimiento. A mí el Señor me ha bendecido con mucho sufrimiento. Ha sido la mejor escuela para aprender a ser como Jesucristo.

Cuando nadie lo hacía aún, usted ya hablaba de términos como queer, cyborg, transhumanismo… ¿Cómo supo todo lo que vendría?

No lo veían ni siquiera mis hermanos obispos. Lo intuí cuando siendo sacerdote estudié Teología Moral y luego estuve involucrado en temas de matrimonio y sexualidad. En América ya sucedía, en Francia… La revolución sexual no empezó en el 68. Se preparaba desde el liberalismo-marxismo-freudismo, la escuela de Fráncfort… Estaba todo anunciado y escrito, y saltó directamente a las universidades. Cuando llegué como obispo a Segorbe-Castellón en 1996, la Universidad de Castellón ya tenía una cátedra de Género. Hoy el panorama es de fase final. Se ha olvidado lo que es la redención y la creación de Dios. Estaba todo escrito.

¿Cómo puede la familia cristiana interpretar los tiempos actuales?

Hoy se quiere reducir a la persona a simple individuo. Una persona nunca es un simple individuo. Lo que se pretende es una sociedad desvinculada en todos los sentidos. Este es el signo de los tiempos más evidente. El enemigo a batir es la familia. Está en el marxismo, en el liberalismo extremo y en el cóctel de estas ideologías. Asistimos a la desvinculación de la persona de su propio cuerpo. Esto es la gobernanza mundial que quiere reducir la población y que busca personas incapaces de afrontar la realidad con pensamiento propio.

¿Qué podemos hacer?

No asustarnos. Hay cuatro respuestas necesarias. Primero, hay que regenerar la persona en su unidad cuerpo-espíritu y en su diversidad sexual varón-mujer. Después, fundamentar bien qué es el matrimonio entre el hombre y la mujer abierto a la vida. Debemos también fortalecer las familias en el ámbito de la comunidad cristiana y, desde ahí, promover la presencia en la vida pública. Por último, un catolicismo que se retire al cuartel de invierno no responde a la realidad. Se necesita la presencia pública de los cristianos en el ámbito social, laboral, en los medios de comunicación y en la política.

«El signo de los tiempos más evidente es que la familia es el enemigo a batir»

Pero la tentación de muchos católicos cuando son atacados es la de replegarse…

Por eso no se puede salir al mundo sin tener el refuerzo de la comunidad cristiana. Solo así puedes salir y volver, salir y volver. Pero dejar al individuo solo en el ámbito de lo social o de la política es dejarle frente al enemigo y caerá rápidamente. No sobran los espacios donde uno se encuentre seguro, es más, los necesitamos, y precisamente esto es la comunidad cristiana. Desde allí las familias tienen que fortalecerse y asociarse entre ellas para generar cultura y pensamiento cristiano. Pero esto no acaba en ellas, tienen que ir vivificando las relaciones sociales, hasta alcanzar incluso la política.

Durante la pandemia, usted decidió que la vida sacramental no podía parar y mantuvo abiertas las iglesias. ¿Por qué lo hizo?

La Iglesia no puede cerrar nunca. ¿Qué pasa, nos hemos vuelto locos? ¿Viene una peste y nos ocultamos y dejamos a las personas sin la asistencia de los sacramentos? A mí me daría una vergüenza enorme estar recogidito en casa y ver cómo morían las personas. Es una barbaridad total. Hemos venido para servir. Aquí no se podía cerrar ninguna iglesia, ¡y mira que tuve dificultades! La catedral estaba siempre llena. Yo celebré todos los días. Eso ahora nos beneficia porque en otros lugares se están quejando de que les cuesta recuperar la normalidad. La Iglesia tiene que estar siempre donde las personas sufren para llevarles el alivio de Dios y los auxilios divinos. 

¿Cómo ve la salud de la Iglesia? Pues parece que es una barca en medio de una gran tormenta…

La Iglesia vive hoy una crisis interna muy seria. Está enferma, y por tanto hemos de regenerar el corazón de la Iglesia y palpitar con Jesucristo para poder afrontar estas consecuencias de lo que vengo anunciando desde hace tantos años. Pero no me refiero solo a Alemania, una situación que puede parecer extrema, o a las realidades que puedan ocurrir en Centroeuropa. Aunque la tentación es acomodarse al mundo, nosotros no podemos hacer eso. Esta enfermedad que hoy padece la Iglesia, esta crisis de civilización, necesita de santos.  Y cuando digo santos, digo mártires. Mártires dispuestos a dar la vida por Jesucristo. Una Iglesia martirial no queda convertida en una Iglesia mundana, reducida a una ONG. Eso no es la Iglesia.

¿Se convertirá la Iglesia en un pequeño reducto?

Ya Benedicto XVI en los años 60 dijo que iba a ser una verdadera minoría, especialmente en Europa. Aún en España y en Europa caerán muchas cosas. Tendremos que ser una Iglesia martirial, una minoría creativa, que sea levadura. Será un nuevo inicio, como los primeros cristianos.

Siempre acogió a muchos movimientos, iniciativas evangelizadoras y comunidades religiosas. ¿Dé donde le vino esta intuición?

Una de las primeras intuiciones que tuve al ser nombrado obispo es que tenía que vivir con personas que me ayudaran a estar en el ámbito de la realidad.  Así que vivo con un matrimonio al que el Señor no le ha concedido hijos. Viviendo así, y son muchos años ya, no estoy en una burbuja. Y una vez que se aceptó mi renuncia me he ido a ayudar como adscrito al barrio más humilde de Alcalá, donde hay muchos inmigrantes y gente muy humilde y pobre. No sabes la alegría que le da al obispo poder dedicarse a lo que siempre ha querido, a estar con la gente. Cuando conoces de cerca la realidad y no la miras desde lejos, el Evangelio regenera y cura.

«Un catolicismo que se retire al cuartel de invierno no responde a la realidad»

¿Teme usted la muerte?

No tengo miedo a la muerte, tampoco sé qué va a pasar cuando llegue. Lo que uno busca toda su vida es poder encontrar el rostro de Dios y la muerte es lo que te da acceso. Espero que el Señor me dé el don de la perseverancia final para afrontarla con serenidad.

¿Cómo se imagina el cielo?

Siempre lo he pensado desde la “Comunión de los santos” del Credo: Dios lo será todo para todos. Como una comunión con Dios y con todos, donde vivamos lo que siempre hemos buscado y a lo cual aspiramos y que aquí nos parece inalcanzable. 

¿Ha logrado amar a sus enemigos?

Evidentemente, con la gracia de Dios. Todos los días rezo varios rosarios y tengo intercesiones para todos aquellos que nos persiguen y nos odian. ¿Sabes por qué son enemigos? Porque no me conocen. Se han montado su propia realidad y entonces tienen que crear un enemigo. Si me conocieran cambiarían de opinión. Y al final puede ser que tú quieras ser enemigo mío, pero yo nunca voy a aceptar que seas mi enemigo. Te voy a mirar como te miraría Cristo: sabiendo que Él está en ti. 

Reig Pla en 10 palabras
Una oración. “La oración de Foucauld: ‘Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal de que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos…’”.
Un santo. “San Juan Bautista, mi santo”.
Una cita de la Escritura. “Juan 14, 12: ‘El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún’”.
Un lugar. “Mi pueblo, Cocentaina. Y un rinconcito: el santuario de la Virgen del Milagro”.
Un personaje. “Juan Pablo II”.
Un momento de su vida. “La decisión en la que llorando en el seminario de Moncada, tras volver de París, decidí ser sacerdote”.
Un acontecimiento. “La Jornada Mundial de la Juventud que pude vivir con un Papa herido en París (1997) viéndole ya sufriendo, y como hasta el último momento nos alentaba”.
Una película. “Candilejas, la película que me llevó a ser sacerdote”.
Un libro. “Es largo, es todo lo que llamamos la Teología del Cuerpo, las catequesis de Juan Pablo II sobre el amor humano”.
Una comida. “Una buena paella”.

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