P. Ángel Espinosa de los Monteros, L.C.: «El matrimonio no está en crisis, somos nosotros, empapados del mundo, quienes lo estamos»

El padre Ángel Espinosa de los Monteros, L.C. es un auténtico influencer del matrimonio y la familia. Recorre el mundo impartiendo charlas, lleva más de 5.000, a una media de dos al día. Y sus vídeos acumulan millones de visualizaciones en YouTube.

Por Javier Lozano

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Con un gran sentido del humor que hace reír a carcajadas a sus abarrotados auditorios, es capaz de ofrecer a los matrimonios consejos prácticos para fortalecer su vínculo a la vez que consigue alertar con audaz claridad sobre todo lo que puede destruirlo.

El legionario de Cristo Ángel Espi­nosa de los Monteros ha ayudado a reconstruir miles de matrimonios. De paso por Madrid para dar una charla en el colegio Everest Monteclaro Misión ha podido entrevistarle.

¿Está en crisis el matrimonio?

El matrimonio no puede estar en crisis porque es la institución más hermosa del mundo. Los que estamos en crisis somos nosotros, que somos materialistas, hedonistas y nos empapamos con las corrientes del mundo. Tenemos miedo al compromiso. El “para siempre” ya no interesa y le damos una importancia brutal a los sentimientos: “Si ya no te quiero, se acabó”. Ahora, a los tres o a los cinco años se rompen los matrimonios. Antes vivíamos en una cultura donde las cosas duraban; ahora todo se tira, se desecha, también el matrimonio.

¿Cómo ayudar a salvar matrimonios?

Tratando de enseñarles a vivir mejor la fe. Nos hemos enfocado, y con justa razón, en la moral, pero debe ir primero la fe. La Iglesia necesita trabajar en la fe de las personas. Mostrar que en el matrimonio existe un compromiso con Dios, con el cónyuge, con los hijos. Y motivarlos, porque con Dios se puede salir adelante. Cuando alguien diga que ya no quiere a su cónyuge, si tiene fe puede ponerse en manos de Dios y solucionarlo. Sin fe, el compromiso se viene abajo y la vida se convierte en hacer lo que nos da la gana.

¿Nos puede hablar de algún caso límite del que usted haya sido testigo?

Conozco casos de hasta cuatro años de adulterio que se han perdonado. Historias horribles, pero pueden perdonarse y reconstruir el matrimonio.

¿Cómo detectar que nuestro matrimonio no va bien?

Cuando se empieza a perder el diálogo, algo no funciona. Ahí se enciende una luz roja. Cuando se pasa más tiempo fuera de casa que en el hogar, y se pasa mejor allá fuera, hay otra señal roja. Cuando disminuye la intimidad aparece otra luz roja, al igual que si se acaban los detalles, las llamadas y los gestos de cariño…

¿Algo más?

Hay una palabra clave: desvivirse. He vivido en Francia, Italia y EE. UU., y nunca pude traducir este término maravilloso. Cuando un hombre se desvive por su mujer, ella tiene la certeza de ser amada. Igual pasa con la mujer: cuando ella se desvive por su marido, él se sabe querido. Desvivirse es entregar la vida totalmente por el otro. Cuando un matrimonio ya no se desvive, cuando ha perdido la ilusión, ¡esto es una luz roja enorme!

Con los años puede aparecer la rutina. ¿Es amiga o enemiga?

Mucha gente habla mal de la rutina, pero la rutina es buena. Tener una vida ordenada es importante. La rutina nos educa, nos forma. A la vez, tiene que haber sorpresas, alguna salida sin los hijos o una pequeña “luna de miel” de dos días. Yo recomiendo a los esposos salir solos dos veces por semana, aunque en ciertas etapas de la vida es imposible. Cuando estos detalles no se dan se pierden los sentimientos, la ilusión y los deseos.

Un matrimonio está llamado a ser “una sola carne”, sin embargo, esto es difícil porque el hombre y la mujer son distintos…

El problema es no ser consciente de la diferencia. Es importante saber que son distintos. El matrimonio es una sola carne en cuanto que es un solo proyecto, una sola familia, pero cada uno sigue siendo una persona distinta, y uno es hombre y la otra mujer. Ella piensa, siente, reacciona como mujer, y él como hombre. Cada uno debe estudiar a fondo al otro para aprender de memoria sus gustos. Hay que consentirle al cónyuge todos sus caprichos buenos, no los malos, pero sí los buenos: “Habla conmigo, guarda tu teléfono, vámonos a cenar una pizza…”. Para eso hay que estudiar de memoria los caprichos del otro. Y también saber qué temas no hay que tocar, qué cosas no le gustan, y respetarlas.

Hoy los dos esposos suelen trabajan mucho. ¿Qué hacer para que no se resienta el matrimonio?

Es complicado. Hemos endiosado el trabajo y el dinero, y somos sus esclavos. Habría que hacer un énfasis enorme en el amor, en el sentido de la presencia, de la pertenencia a un hogar para que apenas uno pueda librarse de sus actividades vuelva pronto a casa. Hay que dedicar tiempos de oro a la familia. Y cuando no hay cantidad, tiene que haber mucha calidad.

¿A qué se refiere?

Que cuando se llega a casa no haya móvil ni televisión… Que se dediquen de lleno el uno al otro: dar un paseo, hablar sobre el día, cocinar juntos… ¡Invéntense hobbies! Y los domingos, consagrarlos a Dios y a la familia.

A veces los niños van por delante del cónyuge, ¿qué lugar tendrían que ocupar en la familia?

Error garrafal. La prioridad en el matrimonio es siempre el marido y la mujer. ¡Los hijos son prestados! A los 18 años en EE. UU., en España ya pasados los 30 años (risas), se van de casa. La prioridad deben ser él y ella, todo lo demás es momentáneo. Porque cuando se vayan los hijos los esposos se quedarán solos.

¿Y un último consejo?

Vigilar cómo se tratan. Si se tratan bien entre ellos, nunca se les pasará por la cabeza el divorcio. A veces hay dinero, belleza, salud, pero no hay buen trato. Hay que cuidar el carácter.

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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