Fabrice Hadjadj: “Ya no se trata de tener fe para acercarse a Dios, sino para seguir siendo humanos”

Conversamos con Fabrice Hadjadj durante el congreso Mayo del 68, organizado el pasado mes de noviembre por la Universidad Francisco de Vitoria, para mirar con él al futuro de la familia. Sus respuestas no dan lugar a quedarse cruzado de brazos. “Siempre habrá cosas que van mal porque siempre hay movimiento, drama, cruz”, explica. Sin embargo, “la familia no es un oasis en la sociedad; es también un ruedo”, añade. Y en el ruedo se pone en juego la vida.

Por Isabel Molina /Traducción Viviana Mourgeon /Fotos Lupe de la Vallina

A comienzos del 2015, nuestro columnista Enrique García-Máiquez recomendaba en Misión al filósofo francés Fabrice Hadjadj como una lectura imprescindible. Aquel artículo titulado “La euforia de lo políticamente incorrecto” sembró el germen para que más católicos en España comenzaran a leerlo y encontraran en él a un gran pensador, capaz de hablar con genuina novedad de verdades tan viejas como el pecado original, añadiendo a cada idea una chispa provocadora, siempre con el ánimo de llevar a su interlocutor a Cristo Encarnado.

Durante el congreso Mayo del 68: una época de cambios, un cambio de época, organizado por la UFV, charlamos con él durante la pausa del café. Este filósofo de origen judío, converso al cristianismo desde hace dos décadas, nunca contesta a las preguntas a la ligera. Pondera la respuesta en una pausa notoria y, entonces sí, responde de forma metódica, con sorprendente claridad. Su pasado le da licencia para mirar el mundo sin complejos. Creció en una familia de extrema izquierda de origen judío, en cuyo seno desarrolló un ateísmo anarquista. En 1998 comenzó a leer la Biblia para burlarse de ella y, en cambio, descubrió un “soplo” que cambió su vida. En su juventud llegó a plantearse no tener hijos, hoy es padre de ocho. Y junto a su alianza lleva un rosario de dedo. No extraña, por tanto, que este profeta de nuestro tiempo recuerde en uno de sus libros a Grignion de Montfort cuando decía que los apóstoles de los últimos tiempos serán devotos de la Virgen.

Vivimos tiempos desconcertantes en los que a los padres de familia nos resulta difícil educar. ¿Qué hacer para mantener la calma?

Nuestros tiempos son difíciles y dramáticos, pero nada originales. Desde los principios, el mundo ha sido así. La Biblia habla del pecado original y el Evangelio no anula el drama, lo exacerba y lo cumple: el Verbo se hizo carne y no es reconocido por los suyos; es crucificado. Incluso la Resurrección tiene lugar entre la incomprensión y el martirio de los discípulos. Afortunadamente, no estamos en una situación cómoda.

¿Afortunadamente?

La cultura consumista, del confort, nos hace rechazar los tiempos dramáticos. Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es que queremos abolir el drama, nos gustaría encontrar recetas para todo. Por ejemplo, el transhumanismo o la idea del sexo seguro son maneras de querer salir del drama. Sin embargo, el cristianismo no nos saca del drama: nos mete en él, iluminándolo desde dentro.

"Uno de los grandes problemas de hoy es que queremos abolir el drama; nos gustaría encontrar recetas para todo"

“En la familia vivimos bajo el mismo techo, pero frente a distintas pantallas; hay un divorcio familiar”

Entonces, ¿cómo dar sentido a lo que ocurre a nuestro alrededor?

Estamos en una realidad poshumanista que se caracteriza, primero, por la certeza de la extinción. Somos la primera generación que está segura de que la tierra es finita y nos preguntamos si podrá el hombre seguir viviendo en ella. Y, segundo, por la aceleración. Antes se daban cambios entre generaciones, hoy son intrageneracionales. Lo que caracteriza nuestra época es que ya no creemos en el progreso humano y moral, sino solo en la posibilidad de una mutación tecnológica. Esto crea una confusión enorme en todo el mundo, no solo en los cristianos. Si me apuras, los cristianos tendrían que ser los menos desconcertados, porque saben que el tiempo está contado.

¿Son tiempos apocalípticos?

Hay algo profundamente apocalíptico en esta época. Cuando se oye esta palabra pensamos en catástrofe y destrucción, pero apocalipsis quiere decir revelación. La catástrofe puede ser también reveladora. Hay un concepto interesante en francés: el despojo (dépouillement), por el que se te quitan las cosas, pero hace que aparezca el cuerpo desnudo. Hemos llegado a una época de tal desnudez de lo humano que nos hace ver la necesidad de creer en el Dios hecho hombre para seguir existiendo. Cada vez va a hacer más falta creer en ese Dios que ha creado y salvado lo humano a pesar de sus miserias. La urgencia de la fe se hace patente. Ya no se trata de tener fe para acercarse a Dios, sino para seguir siendo humanos.

Uno de sus libros es La mística de los sexos; hoy la sexualidad es manoseada…

La sexualidad es un misterio y, por tanto, está en el lado de las cosas que hay que respetar como misterio, como don original. Si manipulamos la sexualidad, si pretendemos entrar en un mundo postsexual, iremos hacia la pérdida de la transcendencia. Entramos en un paradigma tecnocrático. La llamada liberación sexual no ha liberado en nada a la sexualidad: ha querido liberarse de la sexualidad, pero, en realidad, se ha sometido a la tecnocracia: ya no hay más que un cuerpo que se convierte en medio de placer o en inversión a rentabilizar. Y podemos ir más lejos.

Adelante, entonces.

Al tocar el sexo, se toca la imagen de Dios. Hay un misterio trinitario en la sexualidad: varón y mujer son creados a imagen de la Trinidad. Pero ha habido una espiritualidad cristiana angelista que no consideraba la carne como algo espiritual; era clerical o monástica, y perdía de vista la espiritualidad laical y conyugal. El sexo es un lugar dramático que no llegamos a controlar. El problema es que los cristianos han olvidado esto y han caído en el moralismo, que es una cultura de la muerte por sí mismo.

¿Puede darnos un ejemplo?

La idea de rechazar a las madres solteras es parte de la cultura de la muerte. En lugar de maravillarnos por un nacimiento, nos ponemos en el lado de las convenciones mundanas.

¿Cómo podemos hacer una defensa decidida de la familia?

Creemos que Jesucristo ha venido a poner paz en todos los sitios y que la familia debe ser un lugar ideal. Hablamos de la familia como de un oasis en la sociedad. Y no es un oasis. La familia es también un ruedo, un lugar de tensión y conflicto. El mismo Cristo dice que habrá división en el seno de la familia. Y en la vida familiar en la Biblia se descubre la miseria y, por tanto, es un lugar que exige la misericordia. Es el lugar del don y del perdón. Si los cristianos quieren defender la familia presentándola como refugio sentimental, están debilitándola. Y esto es un problema.

¿Por qué?

Cuando decimos que la familia es el lugar del amor, que la relación del hombre y la mujer y de los padres con los hijos es maravillosa, la familia se debilita, porque también es un lugar de disputas fuertes entre hermanos, padres e hijos. En la familia somos capaces de gritarnos como nunca haríamos con un desconocido. Y hay que reconocer que es normal que haya conflictos en la familia.

Una de las mayores fuentes de conflictos ahora es la invasión de pantallas en el hogar. ¿Cómo gestionar la tecnología en casa?

Es una pregunta difícil. Todos tenemos nuestro teléfono y somos como enfermos que se pasean conectados a una vía. Hemos dejado que estos aparatos entren en casa sin darnos cuenta de lo que eran capaces de hacer. En los 50, Günther Anders decía que la televisión había destruido la mesa familiar. Antes se hablaba alrededor de la mesa, y a veces no se hablaba, pero estábamos a su alrededor. Tampoco hay que idealizar la situación anterior, porque si la televisión fue capaz de suplantarla es que no era ideal. El diálogo en familia es siempre difícil. Pero antes había que contar lo que se había hecho en el día. Ya no sabemos hablar entre nosotros y ni siquiera estamos frente a la misma pantalla. Vivimos bajo el mismo techo en un divorcio familiar. No hacemos nada juntos.

¿Cómo se puede reaccionar?

La verdadera apuesta no es prohibir la tecnología, sino reintroducir la técnica. Hay que diferenciar la tecnología –los aparatos–, de la técnica, que es saber hacer cosas. La familia es un lugar donde se hacen cosas juntos: jugar, cocinar, leer, cultivar un huerto, fabricar cosas… La pregunta entonces es qué hacemos para estar juntos.

¿Cómo lo gestiona usted en su propia familia?

Escuchamos música, cocinamos juntos, pero es también un combate. Tengo una hija a la que no hemos dado móvil, pero una amiga se lo ha regalado. En casa no tenemos wifi y, sin embrago, el iPhone ha terminado entrando. Incluso en los colegios hace falta estar en un grupo de WhatsApp, y hasta los profesores lo exigen… Mis hijas me piden el móvil para hacer trabajos con sus compañeros y solo se comunican por WhatsApp, no llegan a llamarse. Es un combate real, pero hay que hablarlo con los hijos, porque los jóvenes son cada vez más conscientes del problema; saben que son dependientes. Mi hija de 15 años me escribió una carta por mi cumpleaños donde me decía: “Gracias, papá, porque sé que sin ti sería una geek y tú me llevas hacia las cosas buenas”.

Nos acercamos a la Navidad. ¿Qué inspiración podemos buscar en la Sagrada Familia para iluminar estos retos de los que habla?

La vida de Nazaret es una vida ejemplar, pero es una vida de trabajo en común. José no se va a la oficina. El problema hoy en casa no es que la mujer no esté, sino que el hombre está en la oficina, como si fuera normal que siempre trabajemos fuera de casa. En la Sagrada Familia vemos que Jesús trabaja con su padre. Por tanto, la Sagrada Familia no es solo un lugar de afecto. Cuando vamos al exterior a combatir, volvemos a casa, a nuestro refugio, y de nuevo encontramos conflictos. Entonces pensamos: “Madre mía, esto no es posible; tengo que irme de casa”. No se trata solo de trabajar desde casa, se trata también de trabajar juntos para la casa. Cuando decimos que trabajamos desde casa es porque la oficina ha invadido el hogar, y la situación típica que encontramos es al empleado que responde a sus correos de trabajo en el lecho conyugal y consume pornografía en su oficina. Y hace las dos cosas con el mismo aparato. Esto es lo realmente sorprendente.

¿A qué se refiere usted cuando dice que los cristianos se han afeminado?

Tal vez he querido decir que han perdido virilidad, pero que también han perdido feminidad. Si lo femenino excluye a lo masculino, ya no es femenino, es histérico. Y si lo masculino excluye lo femenino, se vuelve fálico. Existen dimensiones que se han perdido. Uno de los signos es la crisis en el clero. Hay una pérdida de la virilidad sacerdotal, no solo para no caer en la homosexualidad o en la pedofilia. Virilidad es también capacidad de dominar las pasiones. Casanova no es viril porque ve una mujer y se le echa encima, no deja de ceder a su sensualidad, no tiene combate interior. La virilidad supone tener ese sentido de combate espiritual.

¿Hemos distorsionado la imagen de Dios y de la Iglesia?

Hoy pensamos que la Iglesia es una mamá que nos va a consolar siempre, que vamos con nuestras heridas y nos pone tiritas, que estamos exentos de responsabilidad porque mamá nos va a tomar en brazos, que la salvación es terapéutica. Por el contrario, un padre diría: “¿Tienes una herida? Venga, va, sigue adelante”. Dios viene a curarnos de nuestras heridas para que seamos capaces de ser mártires para Él. La fe no es terapéutica. Siempre habrá cosas que van mal, porque siempre hay movimiento, drama, cruz. Todas las curaciones del Evangelio llevan a la cruz. Lázaro es resucitado para volver a morir y ser perseguido como cristiano. Jesús cura a los ciegos, pero después ya no pueden vivir como mendigos. Tenemos salud para entrar en un combate. La salud no es el fin; la salud es para la santidad.

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