Familias de acogida, hogares de corazón elástico.

Las familias de acogida son una realidad cada vez más extendida, que abre su corazón para que ningún menor crezca sin un hogar
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Por EditorAdmRev

Más de 23.000 menores viven en residencias y centros de acogida en España. Los efectos negativos de no crecer dentro de una familia son múltiples y duraderos, y generan una situación terrible también para los padres que no pueden hacerse cargo de sus hijos. Sin embargo, ni estos niños ni sus padres están solos gracias a las familias de acogida.

Por Isabel Andino

“El acogimiento me ha enseñado una amplitud del corazón. Aprendes a querer sin poseer. Su principal riqueza es que el corazón se moldea y eres capaz de hacer tuyo el hijo de otra mujer. Y acoges todo del niño: su familia, su raza y hasta su nombre. Es un proceso que no es instantáneo, en el cual el corazón se prepara a acogerlo todo. La preparación previa comienza con una intuición que después se transforma en un deseo que vas custodiando”. Así se explica Henar, madre de acogida de un niño de 22 meses, al que ella y su marido, Andrew, recibieron en su casa a los pocos días de cumplir un año.

Aunque ya habían oído hablar del acogimiento familiar, ambos cuentan a Misión que esta realidad no les tocó el corazón hasta que conocieron la experiencia de una familia de acogida que les habló de la enorme cantidad de niños en España que crecen en residencias. Poco tiempo después conocieron la Asociación Familias para la Acogida. “El corazón se abre a la acogida cuando a tu deseo se suma que conoces a otros que han acogido y te fías de su experiencia. Si no ves a otros que lo han hecho, crees que es imposible. La acogida hay que hacerla acompañado”, añade Henar.

“No pienso todo el día que mi hijo se va a ir, si lo hiciera no viviría”

Para Andrew y Henar, el camino que han recorrido hasta dar su disponibilidad, y después hasta obtener la idoneidad por parte de la Comunidad de Madrid para acoger, no ha sido fácil. Son muy conscientes de que es probable que algún día su hijo vuelva con su familia biológica, pero eso no les quita la paz. “No pienso todo el día que mi hijo se va a ir, si lo hiciera no viviría”, afirma Henar. “El miedo nos paralizaría”, puntualiza Andrew. Y asegura: “El Señor me concede la gracia de ayudar a un niño hoy. Sé que lo que hago en el presente le va a beneficiar en el futuro. Y eso basta”.

Estas familias advierten la elasticidad del corazón, que se ensancha para abrazar cada vez a más personas. Esa es la experiencia de Elena Marigorta y su marido, Javier, que tienen dos hijas biológicas y dos hijos de acogida. “A pesar de mis mil defectos –asegura ella–, el Señor me ha dado la fortaleza de querer a muchísima gente. Y en la acogida no hay un ejercicio mental para querer menos al hijo acogido o para no sufrir cuando se vaya; eso es imposible. Acoger te abre a la realidad a pasos agigantados”.

Necesidad de ser queridos

Marigorta apunta que el acogimiento no solo beneficia a los niños acogidos y sus familias, sino también a aquellos que abren su hogar ante estas situaciones vulnerables: “A nosotros, los hijos acogidos nos han enseñado a educar mejor a las biológicas, y a darnos cuenta de que todos necesitan lo mismo: que les dediques tiempo”.

“Sentirse queridos es lo más importante para estos niños”, apuntan Antonio y Tatiana, padres de 4 hijos biológicos y uno de acogida de 6 años, que lleva en su casa casi tres. “En este tiempo hemos visto que darle una pequeña porción en nuestra familia para él es un mundo, y para nosotros el universo entero. Hemos influido en él, pero él nos ha cambiado a nosotros muchísimo”, explica Tatiana.

Antonio y Tatiana con sus hijos

“Los hijos biológicos aprenden a ser más generosos y sensibles ante el dolor desde pequeños, porque los niños de acogida normalmente vienen de una experiencia difícil.

Algo similar ocurre en la familia de Juan Orellana, crítico de cine de Misión, con 3 hijos biológicos y actualmente uno acogido (al que han precedido otros tres). Junto a su mujer, Teresa, tienen una larga trayectoria de acogida que les ha enriquecido enormemente como familia. “Los hijos biológicos aprenden a ser más generosos y sensibles ante el dolor desde pequeños, porque los niños de acogida normalmente vienen de una experiencia difícil. Tener en casa un hijo acogido te hace ser más consciente de quién eres tú, porque su necesidad de ser querido, de pertenecer, en el fondo es un espejo de lo que somos todos”, explica Juan.

Todas estas familias son testigos, además, de que también sus hijos de acogida tienen un corazón que se ensancha, en el que les caben dos familias. Algo que ocurre con más naturalidad cuanto más propicie la familia acogedora la relación con la biológica. De esto tienen mucha experiencia los Orellana. Su cuarto hijo de acogida lleva 7 años en su casa. “Su madre biológica está tranquila porque ve que no somos una amenaza, que su hijo está bien. Y el niño comprendió que favorecíamos a su madre. Desde ese momento empezó a vincularse más con nosotros”, señala.

Juan y Teresa con sus hijos

Acogimiento de urgencia

En la Comunidad de Madrid, una veintena de familias realizan acogimiento de urgencia, que persigue que ningún niño pase por residencias. Para ello, acogen a bebés de entre 0 y 3 años por un máximo de 6 meses, y están siempre “de guardia”, a la espera de las necesidades que puedan surgir.

Una de estas familias es la de María y David, que tienen 3 hijos biológicos y una niña a la que acogieron recién nacida y ahora tiene ya un año. “Nos la dieron cuando tenía solo 11 días. Al llegar a casa con ella tenía miedo y dudas. Pensaba: Quizás llore y no pueda calmarla. Pero ella estaba tan necesitada de unos brazos, que no lloró”, recuerda María.

María y David explican a Misión que la relación que se ha creado con la pequeña es prácticamente la misma que con sus hijos biológicos, y por eso estos la han integrado como una hermana más. “Ven que ella está aquí porque lo necesita. Incluso desean que pueda volver con su madre, porque se dan cuenta de que para ellos lo mejor del mundo es estar con sus padres”, comenta María, que destaca cómo la acogida de urgencia les ha enseñado a disfrutar cada día más intensamente, porque no saben cuándo será el último.

“El tiempo que la niña esté aquí no está en una residencia y es tanto el bien para ella que merece la pena”, explica María. A lo que David añade: “Haber abierto nuestra casa nos hace salir de nuestras comodidades, y nos damos cuenta de que estamos abrazando un bien mucho mayor que cosas como dormir del tirón”.

María y David

También Pablo y Elisabeth llevan 5 años y medio en el programa de urgencia. Ya han vivido la despedida de un niño que se quedó con ellos más de lo previsto: 4 años. “Siempre apostamos por que volviera con su madre, que lo quería, y solo necesitaba madurar. Una vez que se marchó, lo echábamos un montón de menos, pero nos da una enorme paz saber que está con quien tiene que estar”, afirman.

Acogida de enfermos

La primera experiencia que Pablo y Elisabeth tuvieron como padres de acogida se remonta a hace casi 13 años. Antes pensaban que el acogimiento no era para ellos. Sin embargo, el Señor tocó su corazón a través de un niño de dos años con discapacidad, al que no se le encontraba una familia. Cuando le recibieron en casa, la experiencia fue tan buena que solo dos años después expresaron su disponibilidad para acoger a otro, y, curiosamente, les adjudicaron una niña también con discapacidad.

“Los niños que acoges te son encomendados para que cuides de ellos, pero no son tuyos”

Elisabeth reconoce que sin la ayuda de sus dos hijas biológicas, adolescentes en aquel momento, la acogida no habría sido posible. “Acoger niños con discapacidad es duro, pero te dan una enorme satisfacción, son muy agradecidos. Para ellos, el gesto más sencillo es el más grande. Te enseñan a vivir”, afirma Elisabeth. Tanto ella como su marido tienen muy claro que “los niños que acoges te son encomendados para que cuides de ellos, pero no son tuyos”. Por eso añaden: “De hecho, esa lección que hemos aprendido del acogimiento es una de las cosas que nos ha ayudado como padres: darnos cuenta de que ni siquiera nuestros hijos biológicos son nuestros” porque todo hijo es un don de Dios.

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