La fecundidad en lo cotidiano: cambiar el mundo desde el matrimonio

Un matrimonio fecundo es un foco de luz. “De lo que rebosa el corazón habla la boca”, decía san Agustín. Quien está lleno de amor de Dios lo transmite por todos los poros de su cuerpo, hasta de manera inconsciente. Los esposos que viven así pueden conseguir transformar su entorno, ya sea a través de grandes acciones, pero sobre todo con los pequeños gestos de cada día.

La Misión de este número: ser fecundos en el día a día

Por Javier Lozano / Fotografía Cristina López del Burgo: Matt Kolf

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Pablo Olivera y Esther García han revolucionado su vecindario, y lo han hecho sin buscarlo ni pretenderlo. Parejas que convivían desde hacía años se han casado, varios adultos se han bautizado, otros matrimonios que vivían alejados de la Iglesia han decidido bautizar a sus hijos… Y cada semana la furgoneta familiar ha ido repleta a la parroquia con los hijos de sus vecinos. Este fenómeno, y otros similares, han ocurrido en su urbanización del sureste de Madrid, en tan solo cinco años.

Este matrimonio, padres de siete hijos, seguirá seguro dando frutos, pero ya no en Madrid. Hace unas semanas partieron a una zona completamente descristianizada de Bélgica como familia misionera. Y harán lo mismo que hasta ahora: vivir y ser ellos mismos, dejándose únicamente hacer por Dios e intentando cumplir su voluntad en cada instante.

El suyo es un ejemplo de vida fecunda que se manifiesta en los distintos aspectos de su día a día. Desde la acogida y educación de los hijos que han ido llegando, a gestos cotidianos como saludar a un vecino son ocasiones propicias para transformar la existencia de los que les rodean. Es la fecundidad del día a día.

Una casa abierta

¿Cuál es su secreto?  “La fecundidad es la sobreabundancia del amor de Dios. Es su amor que se desborda. Nosotros somos solo el recipiente. Lo que se vive en el matrimonio y en casa se vuelve fecundo porque Dios está en medio y esto la gente lo acaba percibiendo”, cuentan Pablo y Esther a Misión.

Para poder dar hay que recibir primero, de otra manera es imposible ser fecundo. Esa es la clave de este matrimonio. “En la Eucaristía recibes a Dios, tienes esa relación con Él y te sientes querido por el Señor. Luego es en el matrimonio donde ese amor se refleja, pues nos posibilita donarnos por completo”, explican.

La familia Olivera García (foto cedida)

En su caso, este amor se hace luego fecundo de una manera muy concreta: abriendo su casa de par en par y ofreciendo su mesa a todo el que llega. “Es ahí donde el amor de Dios salpica, se materializa en nosotros y se contagia a los demás”, comenta Pablo. 

Ha sido lo que ellos llaman la  “casa abierta”  la que ha propiciado que esta fecundidad se haya extendido a sus vecinos provocando tantos hechos extraordinarios. Son muchos los que han pasado por su casa para llorar, desahogarse, buscar consejo… Desde matrimonios de la urbanización, padres o profesores del colegio de sus hijos, hasta matrimonios en crisis a los que en su día impartieron cursillos prematrimoniales.

Esther asegura que  “la gente se sorprende, porque no es algo del todo común que las familias te abran su casa, pero vienen y nos cuentan sus cosas, aunque apenas nos conocen. Al final, las personas necesitan sentirse queridas y encontrar gente que las quiera. Abrir la casa, darles de comer, escucharlos y preocuparte por ellos es amar. Y la gente lo está deseando”.

Fertilidad y fecundidad

Un error habitual es confundir fecundidad con fertilidad. Según explica a Misión el padre Juan de Dios Larrú, D.C.J.M., catedrático de Moral Fundamental,  “la fecundidad es mucho más grande que la fertilidad”, aunque un matrimonio sea infértil nunca podrá  “renunciar a ser fecundo, al igual que no puede renunciar a ser feliz”. Y cuando llegan los hijos, el matrimonio está llamado a ser fecundo mucho más allá. La clave está en que cuando los esposos se entregan en totalidad, sin guardarse nada para sí mismos, su amor  “siempre está generando algo nuevo”, advierte el catedrático. 

Por tanto, el padre Larrú considera que esto se explica de manera sencilla: “El amor está en la fuente de la fecundidad y el amor verdadero siempre es fecundo”. Este religioso de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María incide en que si los esposos se entregan así, sin reserva ni medida, con el tiempo irán reconociendo cuál es la fecundidad de su vida y en qué se traduce. Porque los frutos, según explica, no siempre son visibles. No es algo inmediato, por ello es fundamental la paciencia. Un árbol da fruto a su tiempo, pero ya desde mucho antes se prepara para ello. 

«Cada matrimonio, con el tiempo, va reconociendo en qué se traduce su fecundidad»

D. Juan De Dios Larrú, DCJM

“Nuestra vida se mueve en las cosas menudas, y son esas acciones pequeñas las que pueden cambiar la vida del otro. Hay mucha gente haciendo bien en lo oculto con pequeños gestos, ofrecimientos y acciones, y es así como podemos tener una vida grande”, añade este sacerdote. 

La atención a lo cotidiano

Esto es precisamente lo que les ha ocurrido a Pablo y Esther, aunque ellos aseguran que el mérito no es suyo. Insisten en que lo único que han hecho es  “dedicar tiempo a su amor y dejarse hacer por el Señor”. 

En una época en la que los vecinos ya no se conocen entre sí llaman la atención las oportunidades que se le presentan a este matrimonio en el ascensor, en las escaleras o en el patio. El mero hecho de preocuparse y mostrar interés (otros lo llamarían perder su tiempo) les ha permitido ayudar a muchos vecinos. “Me siento escuchado por vosotros’, nos dicen. Nos han contado desgracias, problemas, grandes sufrimientos y de estas conversaciones, incluso, ha llegado a surgir en algunos de ellos el deseo de acercarse a Dios”, relatan.

Recuerdan el caso de un vecino que les dijo que se sentía engañado por el mundo de hoy. Había dedicado su vida a conseguir el éxito con la promesa de que sería feliz, pero no lo era. Y veía que esta familia con tantos hijos, que cambiaba pañales todo el día y vivía en precariedad sí lo era. 

La fecundidad espiritual 

La fecundidad tiene su origen en Dios y a Él tiende. Es esta relación la que hace posible que cada persona pueda dar frutos, cada uno según sus dones. En el caso de los matrimonios, los esposos tienen la obligación de generar vida, que no es únicamente engendrar hijos, sino que va mucho más allá. Son instrumentos para que aquellos de quien Dios les ha hecho custodios en esta tierra puedan llegar a la vida eterna.  

De hecho, la mayor fecundidad de los padres se manifiesta en la educación de sus propios hijos para dar fruto en la tierra y llegar a la vida eterna, pues está en el centro de su misión generar personas. Se trata de pasar de una paternidad netamente biológica a una mucho más grande: la paternidad espiritual. 

«La mayor fecundidad de los padres se da en la educación de sus propios hijos»

“Queremos que nuestros hijos sean felices, pero con ‘mayúsculas’”, aseguran Pablo y Esther. “No tenemos mucho dinero ni podremos dejarles una gran herencia, pero sí queremos darles lo más importante: la fe. Por eso les hablamos de Jesucristo, de que en cada circunstancia de la vida hay una esperanza, y de que con Él se puede ser feliz. Nada que tengan materialmente les hará felices si no es con Cristo. Da igual tener cosas o no, lo fundamental es tener a Dios”, agregan.

En definitiva, concluye Larrú, la fecundidad siempre vendrá de “descubrir la acción de Dios y secundarla”, porque donde está el Espíritu Santo siempre habrá frutos.

Fecundidad en la infertilidad

Cristina López del Burgo es médico y profesora de Sexualidad en la Universidad de Navarra. Tanto ella como su marido anhelaban formar una familia numerosa, pero los hijos nunca han llegado. ¿Se puede ser fecundo siendo infértil? “¡Claro que se puede!”, afirma a Misión. Según explica, “el amor siempre da fruto aunque no podamos tocarlo con las manos”. 

   

Al principio no entendían por qué Dios no les concedía aquello que tanto deseaban. No fue fácil para este matrimonio aceptar su situación. Pero tras compartir su dolor con otras personas recibieron una respuesta que les dio mucha paz: “La fecundidad matrimonial no se limita a tener hijos biológicos”. 

“¿Vamos a estar todo el día lamentándonos por no tener hijos? ¿Queremos perdernos todo lo bueno de la vida?”, se preguntaron. Vieron que estaban llamados a vivir en plenitud y en este punto la fe fue una ayuda fundamental. Cristina reconoce que “confiar en alguien que te quiere más que nadie en el mundo no te ahorra el sufrimiento, pero te da una paz interior que nadie te puede quitar”. Ahora tienen la experiencia de que la felicidad “no radica en conseguir todo lo que se desea”, sino que está en “reconocer y disfrutar de todo lo bueno que tenemos a nuestro alrededor”. 

Dada su formación y su propia experiencia, Cristina tenía claro que debía ayudar a matrimonios con infertilidad. Lo hace a través de su cuenta de Instagram @clopezdelburgo y también a través de un programa de acompañamiento. “Esta es mi manera de dar fruto. Si hubiese tenido hijos, mi vida habría ido por otro camino y habría dado otros frutos”, concluye.

8 formas de  dar fruto cada día
1. Practica la hospitalidad. Abre tu casa de par en par. No es necesario ofrecer grandes manjares, ni tener una casa  de revista, pero sí el calor que desprende un matrimonio que se ama y una familia acogedora.
2. Entrégate sin medida a tu cónyuge. No pongas límites al amor. “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; si en cambio muere produce mucho fruto” (Jn 12,24). La verdadera fecundidad de una familia va unida a la capacidad de morir a sí mismos como Cristo murió por nosotros. 
3. Vive un matrimonio eucarístico. Para poder dar así, sin medida, el matrimonio necesita estar anclado en la Eucaristía, fuente y raíz de toda fecundidad.  
4. Pon atención a las cosas pequeñas. Una sonrisa, un saludo, una pregunta o simplemente ponerte en disposición de escuchar al otro puede llegar a cambiar el día y ¡hasta la vida! de esa persona.
5. Educa a tus hijos para dar fruto. No conviene que el matrimonio se dedique a ayudar a otros a expensas de descuidar su terreno primordial de fecundidad: hacer de sus hijos personas íntegras.  
6. Perdona siempre. Quien sabe perdonar es porque ha encontrado la fuente viva de donde brotan todos los dones, el Perdón con mayúscula, el Amigo que todo lo perdona. Y quien sabe recibir el perdón gratuitamente podrá darlo gratuitamente. 
7. Aleja de ti la queja y el pesimismo. El agradecimiento, la esperanza y la paciencia son cualidades de una persona fecunda. En cambio, la queja constante, el pesimismo y la insatisfacción caracterizan a una persona tóxica.
8. Sé un misionero del día a día.  En un mundo poscristiano todas las familias católicas están llamadas a vivir en permanente estado de misión, a fecundar la tierra a su paso. El amor es expansivo y el mundo está sediento de él.

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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