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Frances Poulenc

Francis Poulenc: El músico ateo que recibió «el golpe de la gracia en pleno corazón»

Impactado por la muerte de un amigo cercano, el ateo y libertino Francis Poulenc peregrina a la Virgen Negra de Rocamadour. Después de recibir un “puñetazo” de la gracia, compone varias obras maestras de la música católica del siglo XX.

Por Rubén Risco

Santuario de Rocamadour (Francia), 22 de agosto de 1936. Un peregrino improbable asciende penitencialmente los 216 escalones hasta la capilla de la Virgen Negra. Cinco días antes, había quedado desolado al enterarse del fallecimiento de su amigo Pierre-Octave Ferroud en un trágico accidente de tráfico. El golpe removió el ateísmo que profesaba desde su juventud, tal como reconoció a otro amigo cercano, Georges Auric: “Me gustaría pensar como tú, tener tu fe […]. Pero ¿qué hacer cuando no se cree?” .

Aprovechando su estancia en una localidad cercana, decidió visitar el conjunto medieval en busca de un poco de sosiego interior. Al atravesar un patio fragante de laureles, por fin se encontró ante la Madre…

Solo ante la Virgen

Lo recordaba años después: “En Rocamadour pasé largas horas en el santuario, solo ante la Virgen Inmaculada, y reconocí de golpe el signo indiscutible, el puñetazo de la gracia en pleno corazón. Nunca desde entonces se ha debilitado mi creencia”. Esa misma noche su fe recobrada le llevó a comenzar a escribir su primera obra sacra: Las letanías a la Virgen Negra.

La mayor ópera católica del s. XX es su Diálogo de Carmelitas (1957)

Durante los años siguientes, Poulenc fue capaz de componer un conjunto de notables piezas religiosas, con una motivación reconocida a su amiga Nadia Boulanger: “¡Si supieras qué dulce es sentirse sostenido por una inspiración religiosa!”. Brillan especialmente entre otras su Stabat Mater (1950), su Gloria (1959) o los Siete Responsos de Tinieblas (1961), así como la mayor ópera católica del siglo XX, Diálogos de carmelitas (1957), con texto de Georges Bernanos.

En contraste, su vida personal transitó entre la crápula y el folletín. Al hacer testamento se descubrió que la hija de su amiga, Fréderique Lebedeff, que él mismo había apadrinado, era en realidad hija biológica suya. Por todo esto, el crítico Claude Rostand lo definió como “mitad monje, mitad granuja”. Cabalgando estas contradicciones, entre confesiones y caídas, murió con fe en el seno de una Iglesia a la que amó entrañablemente, tal como expresaba ante los terrores del siglo: “La posición católica es la más humana para estos tiempos de opresión”.

4 Motetes para la Navidad
Poulenc compuso entre 1951 y 1952 cuatro piezas sacras separadas que presentó conjuntamente como respuesta a sus Cuatro motetes para tiempos de penitencia de diez años antes. Los dos primeros corresponden a responsos de maitines de la mañana de Navidad y los dos últimos a antífonas de vísperas de la tarde. En el primero, O magnum mysterium, se contraponen la música enigmática que ambienta el misterio del nacimiento de Jesús con los compases tiernos y luminosos referidos a la Virgen. En el segundo, Quem vidistis pastores dicite, se establece un diálogo teatral entre el pueblo, ávido de la buena noticia, y los pastores que la portan. El tercero, Videntes stellam, muestra el gozo de los Magos de Oriente al encontrar la estrella que les indica el lugar de nacimiento del Mesías. El último, Hodie Christus natus est, es un canto de exultación por el nacimiento de Cristo que nos lleva al gozo de la Navidad.

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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