Por María Belén Soto Rodríguez
1. Adherido a la cruz
Sobre un fondo neutro, la figura destaca por su intensa corporeidad, el marcado contraste de luces y sombras, y un estudiado dinamismo teatral que mueve a la imitación de las virtudes franciscanas. El santo aparece profundamente unido a la cruz. Su cuerpo, ligeramente inclinado y semiarrodillado, permite a san Francisco sostener con delicadeza el crucifijo y aproximarlo a su pecho.
2. Los estigmas de la Pasión
La unión espiritual de san Francisco con Cristo alcanzó su máxima expresión, según la tradición, cuando recibió los estigmas. El santo fue llamado a experimentar en su propio cuerpo los sufrimientos de la Pasión. Estas heridas, visibles en la pintura, son uno de los principales atributos de su iconografía.
3. El hábito
El hábito destaca por la amplitud y rotundidad de sus pliegues. El juego de luces y sombras acentúa su peso y volumen, y otorga a la figura una monumentalidad casi escultórica. El sayal remite a la renuncia a los bienes materiales. El cordón que lo ciñe presenta los tres nudos tradicionalmente asociados a los votos de pobreza, castidad y obediencia. La riqueza pictórica del tejido contrasta con una vida de sacrificio y entrega.
4. El rostro y las manos
La atención del espectador se concentra en la expresión del rostro y las manos, de las cuales parece brotar la luz que ilumina la pintura. Las manos, tratadas con gran delicadeza, establecen una relación visual entre el crucifijo, los estigmas y el cuerpo descalzo del fraile mendicante que predicó el Evangelio tanto con la palabra como con su vida. Su cabeza inclinada y sus ojos semicerrados revelan un estado de profunda oración; no sólo reza, sino que parece hallarse sumido en la contemplación. La tonsura alude a su condición religiosa y simboliza la renuncia al mundo y la sumisión a Dios. La aureola, que apenas destaca, señala su santidad.
5. La calavera y el libro
En la parte inferior de la composición aparece una calavera apoyada sobre un libro. El cráneo funciona como un memento mori: un recordatorio de la fugacidad de la vida y de la inevitabilidad de la muerte. El libro puede interpretarse también como una alusión a la vanidad del saber y de las ambiciones terrenales. Este motivo enlaza con la tradición barroca de la vanitas y con las palabras del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Frente a lo pasajero de la existencia, la vida de san Francisco se presenta como una búsqueda de lo esencial y lo eterno.
6. Hojas y espinas
Junto al libro se extienden raíces, hojas y espinas, elementos vegetales que simbolizan una existencia marcada por la austeridad, la penitencia y la prueba. Las espinas evocan el sufrimiento y remiten también a la Pasión. Las hojas, en el contexto franciscano, recuerdan la especial relación de fraternidad que san Francisco mantuvo con la Creación, entendida como reflejo de la presencia divina.
En la celebración del 800 aniversario de la muerte de san Francisco de Asís (1182-1226), recordamos el legado que ha dejado este santo a la Iglesia con un jubileo en el que los fieles pueden obtener la indulgencia plenaria.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





