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François-Xavier Bellamy: «Los cristianos también tenemos que dar la batalla desde la política»

Es francés, católico, filósofo y eurodiputado, y le preocupa que Europa insista en dar la espalda a sus raíces. “Hay que darse cuenta del carácter serio, decisivo –en el sentido más profundo del término–, de los tiempos que vivimos. Estamos ante un desafío mundial en el que Europa, el continente que ha madurado el concepto de dignidad del hombre, tiene una responsabilidad inmensa”, reclama.

Por Isabel Molina Estrada / Fotografía: Dani García

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

En occidente se ha asentado un fenómeno inédito: el rechazo a transmitir la cultura a las nuevas generaciones. Un fenómeno sin precedentes en la Historia ya que “el hombre necesita de la mediación cultural para llegar a ser lo que es”, explica a Misión el filósofo y político François-Xavier Bellamy. Su libro Los desheredados. Por qué es urgente transmitir la cultura (Encuentro, 2018) lo llevó a recorrer Francia para impartir más de 200 conferencias. En su segundo ensayo, Permanecer: Para escapar del tiempo del movimiento perpetuo (Encuentro, 2020), fraguado en los meses prepandemia, dio un paso más: expuso la prisa sin sentido del mundo en que vivimos, abocado a hacer más y más, más deprisa, sin tener claro el fin. En síntesis, Bellamy explica una cultura posmoderna que se ha quedado sin herencia y sin destino. Misión tuvo ocasión de entrevistarle durante el Congreso  “Hacia una renovación cristiana de Europa”, organizado por el Centro de Estudios, Formación y Análisis Social de la Universidad CEU San Pablo, para hablar de la urgencia de volver a hacer relevante el mensaje católico y su papel en la refundación de la cultura.  

Denuncia que la educación nos ha desheredado de la cultura. ¿Quiere decir que los educadores han fracasado?

¡De ninguna manera! Es su éxito; es el triunfo del proyecto moderno. El ser humano siempre ha soñado con construirse a sí mismo. No quiere recibir algo que le precede. Esta necesidad de mediación, de dependencia de la tradición, es humillante para el individuo moderno. Por eso en Los desheredados repasé la historia de la modernidad para mostrar, a través de Descartes, Rousseau y Bourdieu, portavoces de esta visión de la modernidad, hasta qué punto hemos desacreditado la cultura como esa mochila pesada que nos impide ser nosotros mismos, cuando en realidad sin la cultura no podemos convertirnos en quienes somos realmente.

¿Por qué otras razones es imperativa la “transmisión cultural”?

Todas nuestras capacidades interiores se realizan a través de la mediación cultural. Si voy al médico porque me duele algo, él verá en mi cuerpo algo que yo no puedo ver. Y lo ve, no porque tenga mejores ojos que yo, sino porque sus estudios le han abierto la mirada. Ese es el trabajo de la educación. El ser humano tiene facultades extraordinarias, pero necesita del aprendizaje para desarrollar su potencial.

“Si no recibimos la transmisión cultural, no podemos convertirnos en quienes somos realmente”

¿Cree que el mensaje cristiano ha perdido relevancia, o acaso no lo estamos presentando bien?

Hoy todos los padres han experimentado ese escrúpulo de pensar: “Si le digo a mis hijos lo que está bien o mal, ¿les estoy impidiendo concebir su propia representación del mundo? Cuando les transmito mis principios, mis valores, mis ideas, ¿les estoy privando de su libertad?”. Este escrúpulo forma parte de la modernidad. Lo que he querido demostrar es que esa concepción es aberrante porque nuestra libertad comienza en lo que recibimos de lo que nos precede. En Francia, durante la época del COVID, se han citado mucho las palabras de Montesquieu  “nuestra libertad termina donde comienza la del otro”. Pero esto es falso y aberrante, ya que en realidad mi libertad comienza en mi encuentro con el otro, en mi relación con la alteridad, incluso con la autoridad. Soy más libre por lo que he recibido de todos los que me han precedido. Este escrúpulo que ha valido para la cultura vale también para la vida espiritual. Hay padres que piensan que para que sus hijos sean libres no les pueden transmitir su religión. La realidad es que la crisis del cristianismo es una crisis de transmisión: no fueron los hijos quienes de repente decidieron no creer, sino que fueron los padres quienes dijeron que no tenían derecho a transmitir su fe. Lo que se produce hoy en occidente, y es casi inaudito, es que el cristianismo ha colapsado sin sufrir persecución, censura o prohibición.

¿Por qué un cristiano como usted decide meterse en política?

Porque los cristianos no tenemos  ninguna razón para dejar de prestar este servicio al bien común. Tenemos que dar la batalla en todo lo que podamos, también en la política, para dar voz a verdades combatidas y amenazadas por el olvido. En este congreso se ha hablado de batalla cultural, y creo que ahí está principalmente nuestro trabajo: es desde la política desde donde podemos reconstruir a largo plazo la educación, la transmisión cultural, que es donde se juega lo esencial.

¿Pero se puede realmente refundar la cultura desde la política?

El cambio profundo, la refundación cultural, vendrá sin duda a través de la educación, porque las grandes transformaciones sociales empiezan siempre en la cultura. Pero eso no quita que tengamos que comprometernos en el terreno político para librar las batallas inmediatas. Además, la política es también un ámbito de la cultura. Yo soy parlamentario, y el trabajo del parlamentario consiste en hablar. A través del oficio de la palabra se puede contribuir a cambiar las miradas y los espíritus, y a que se tome la conciencia necesaria para la supervivencia de nuestra sociedad. 

¿Qué relación hay entre la palabra, propia de su ejercicio político, y la búsqueda de la verdad, propia de su quehacer como filósofo?  

Cuando empezaba el curso con mis alumnos, siempre les preguntaba: ¿Qué es la verdad? Una y otra vez me encontraba con la misma respuesta: “Cada uno tiene su verdad”. Esta respuesta ni siquiera es una posible definición, es simplemente una manera de protegernos ante una idea que nos llena de miedo: que puede realmente existir una verdad, la misma para todos. Sin embargo, la verdad es la que da sentido al diálogo y a la democracia, porque si no hay una verdad que queremos encontrar juntos, ¿para qué debatir en los parlamentos? La herramienta de la política es la palabra. Si destruimos la palabra con el relativismo contemporáneo –que vacía las palabras de sentido– la política se reduce a técnica de comunicación. Dejamos de expresar nuestro amor por la verdad, nuestra búsqueda de la verdad, y nos limitamos a nuestros intereses momentáneos.

“La verdad existe y es la misma para todos, y es la que da sentido al diálogo y a la democracia”

¿Qué lugar tienen otras expresiones culturales como la música, la literatura o el arte en esa transmisión cultural que aboga por recuperar?

Siempre me ha llamado la atención ver que muy pocos de mis colegas en el Parlamento Europeo hacen referencia a las obras culturales. Estamos en un Parlamento Europeo muy poco europeo. Se habla de números, técnicas, regulaciones, pero no ahondamos en las raíces intelectuales, espirituales y culturales de Europa, necesarias para impulsar ese trabajo. En toda la campaña parlamentaria he insistido en la importancia de buscar en las raíces de la civilización europea. Raíces que son grecolatinas, pero también judeocristianas. Europa no tendrá futuro si no asume nuevamente la herencia que la hace vivir aún hoy. Por el laicismo, en el debate sobre la Constitución Europea, en 2005, Francia combatió fuertemente contra países como Polonia, que querían que las raíces cristianas de Europa fueran explícitamente citadas en los textos fundacionales de la Unión Europea. Y Macron dijo hace un año que el debate sobre las raíces de Europa no tiene ya relevancia, que esas raíces pueden morir, que lo que importa es la savia, el futuro. Esto es un error mayúsculo. Quien haya plantado un árbol sabe que no hay savia sin raíces. Este es el problema de Europa: el rechazo de nuestras raíces. Esa negación de la realidad nos hace perder el sentido de unidad, conduce al aislamiento de las sociedades y a la fractura de Europa, y nos hace frágiles para afrontar, por ejemplo, el auge del islamismo. 

“El rechazo de nuestras raíces nos hace frágiles para afrontar el desafío islámico”

¿Y qué haría falta para volver a valorar estas raíces? 

Nos falta sentido de finalidad. Antes del COVID escribí Permanecer: para escapar del tiempo del movimiento perpetuo. Cuando llegó el coronavirus, el movimiento perpetuo se detuvo. No se trata de quedarse quietos, sino de volver a dar sentido al movimiento: saber hacia dónde queremos ir. Vivimos en un mundo donde nada es presente: estamos aquí y allí al mismo tiempo, y la aspiración de permanencia, de eternidad, de presente absoluto, está en el corazón de la búsqueda de nuestros contemporáneos.

¿Hay algo más que quiera decir a nuestras familias lectoras?

Que están haciendo el único trabajo realmente importante: transmitir esperanza a la próxima generación.

Sus padres lo llamaron François-Xavier… ¿en honor al gran santo español San Francisco Javier? «Por supuesto. No sé por qué eligieron a este santo, pero estoy muy agradecido con España por darme semejante figura como ejemplo. De su vida me impresiona su compromiso incansable con la palabra. No sé si llegaré a morir de cansancio como él, pero el ejemplo de su vida me llama a la acción y al compromiso.»

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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