Por Margarita García
Conocí a fray Pablo María de la Cruz cuando era Pablo Alonso, el pequeño de los cinco hijos de Ricardo y Mari Carmen; un matrimonio normal, que vivía –y vive– su fe en el Camino Neocatecumenal de Salamanca. De mis tiempos como monitora de campamentos recuerdo a Pablo en el campo, cogiendo saltamontes y cualquier bicho viviente. Era un acampado sereno y amigable, que vivía en su mundo.
Con motivo de este artículo, Misión ha tenido la oportunidad de conversar con los padres de Pablo, quienes, con gran generosidad, han compartido los principales episodios de la vida de su hijo, comenzando por el cáncer.
Sarcoma de Ewing
El sarcoma de Ewing es un tipo de cáncer óseo que afecta especialmente a niños y adolescentes, como Pablo, que tenía 15 años cuando notó un bulto en la rodilla. Pensó que dos tandas de quimioterapia y una operación que le dejó cojo serían el mal trago que tendría que pasar para luego continuar con su vida. Agarrado como pudo a la fe recibida en su familia y en su propia comunidad del Camino Neocatecumenal, a la que acudía un poco obligado por sus padres, Pablo resistió el primer asalto.
«Vimos que el milagro de la sanación podía darse, pero no necesariamente en forma de curación»
Crisis de fe
En 2019, tras recibir la noticia de que el cáncer había vuelto, Pablo se desmoralizó. Sus padres recuerdan que se refugió en la música y se enganchó al móvil. Huía así de la decepción que le provocaba no encontrar en su vida a ese Dios de amor del que le habían hablado desde niño. Fue entonces cuando empezó a buscar a otro dios en la Wicca, una religión neopagana que ensalza los valores de la naturaleza.
Pero Pablo, que había recibido de sus padres una fe alimentada día a día en la liturgia doméstica del rezo de laudes, no se atrevió a renunciar al cristianismo. En una ocasión dijo a su padre: “Sí soy capaz de ver a Dios en la vida de los demás”.
De aquella crisis, Dios lo rescató a través de un amigo de la familia, el padre Desiderio García, actual prior general de los Carmelitas Descalzos, que en 2021 era prior provincial. Este sacerdote se llevó a Pablo al convento de los carmelitas de Onda. “Allí le pidió que dejara de echarle la culpa a Dios y que empezara a sustituir sus rutinas nocivas por rutinas salvadas”, resume Ricardo. Aquel retiro fue el primer paso en su búsqueda de la santidad.
A partir de ahí, Dios fue haciéndole a Pablo pequeños regalos. El primero fue acudir al encuentro nacional de Jóvenes por el Reino de Cristo, que tiene lugar cada verano en Salamanca, donde Pablo se vio rodeado de cientos de jóvenes que rezaban, adoraban y celebraban sin que sus padres tuvieran que obligarlos. Luego, con algunos de esos jóvenes hizo el retiro Effetá en Talavera de la Reina y allí se enamoró de Jesucristo en la adoración… y de Prado, una joven que meses después se convertiría en su novia.

La llamada
La enfermedad volvió una y otra vez, pero Pablo ya no se sentía solo en el sufrimiento. Se había enamorado tanto de Cristo que, en octubre de 2022, sintió con mucha fuerza la llamada a la vida religiosa. Lo primero que hizo fue terminar su noviazgo con Prado y, lo segundo, realizar una experiencia con los Hermanos de Belén, quienes, tras meses de espera, le negaron el ingreso debido a su delicado estado de salud.
Nada hacía presagiar que el cáncer volvería porque, entre octubre de 2022 y mayo de 2023, Pablo vivió como si estuviera curado. Tenía mucha energía. Iba a Misa a diario, pasaba horas y horas en adoración y, a veces, incluso se olvidaba de comer por quedarse hablando con algún amigo que “lo necesitaba”.
Durante esos meses descubrió la diversidad de la Iglesia –sus distintos carismas y movimientos–, animó a varios amigos a crear un grupo de montañeros cristianos y fue madurando su vocación y su misión a una velocidad de vértigo. Esa misión consistió en ofrecer su vida y sus dolores por tres intenciones: por la conversión de los jóvenes a través del encuentro con Jesús Eucaristía, por la unidad de la Iglesia y para que los cristianos perdamos el miedo a la muerte. Así lo dejó escrito en una carta que envió al papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa. La misma carta en la que escribió esa frase que ha dado la vuelta al mundo: “Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios y por la muerte me iré con Él. Y por ello le doy gracias”. Su padre explica: “Nosotros, que esperábamos el milagro de la sanación física, nos dimos cuenta de que ese milagro podía darse, pero no necesariamente en forma de curación”.
Alma carmelita
En mayo de 2023, el cáncer volvió por quinta vez. Mientras tanto, su llamada a la vida religiosa seguía sin resolverse y parecía que, esta vez, la muerte estaba cerca. Sin embargo, Pablo estaba más lleno que nunca del amor de Dios, hasta el punto de llegar a decir que le habría disgustado mucho que le anunciaran que estaba curado, porque sentía una llamada muy fuerte a evangelizar más con su muerte que con su vida. En una entrevista realizada en mayo de 2023, Pablo afirmó: “Me han dicho que me quedan unos meses y me parece hasta mucho ya, de las ganas que tengo de encontrarme con el Padre”.
El 1 de junio, Pablo ingresó en el Hospital Clínico de Salamanca. Allí pidió tener el Santísimo expuesto en su habitación y, de este modo, aquella estancia se convirtió en un gran foco de luz en la planta de oncología.
Pero el tiempo apremiaba y Pablo quería morir consagrado a Dios. Por eso, pidió al padre Desiderio ingresar en el Carmelo in articulo mortis. El permiso de la orden llegó pocos días después y, el 25 de junio, Pablo profesó sus votos en la iglesia del Carmen de Abajo, en Salamanca, como fray Pablo María de la Cruz.

El misterio del dolor
Uno de los episodios que la familia recuerda con mayor viveza está recogido, como tantos otros, en el libro Donde la cruz florece (2024), escrito por Miriam Alonso, hermana de Pablo. Durante una noche de dolores insoportables, cuando ningún analgésico hacía efecto y sólo quedaba esperar la llegada de una ambulancia, sus hermanos Juan y Noemí –que pasaron junto a él muchas de aquellas noches– decidieron colocarle sobre el hombro un pañuelo de la Virgen de Medjugorje al que atribuían un carácter milagroso. Por unos instantes, el dolor desapareció. A los pocos minutos, volvió. Fue entonces cuando Pablo comprendió que, si Dios quisiera, podría quitarle aquel sufrimiento. Pero no lo hizo. Ese dolor tenía la misión de llevar a Pablo directamente al Cielo.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





