Por Rubén Risco / Ilustración: Javier Ugarte
Degernes, Noruega, 1989. El joven Erik Varden, de 15 años, que había sido bautizado en el luteranismo y criado en un ambiente totalmente secularizado, había caído en una aguda crisis existencial. Tenía la noche libre y estaba solo en casa, así que por recomendación de un amigo se dispuso a escuchar la segunda sinfonía de Gustav Mahler.
Al llegar al coral del último movimiento, las palabras lo traspasaron: “Oh, créelo: ¡no has nacido en vano! ¡No has sufrido en vano!”. Quedó paralizado, y sintió “como si mi corazón, de repente, se abriera a una certeza casi instintiva, de que Dios realmente existe”.
Esta herida luminosa lo llevó al bautismo católico en 1993, y a profesar como monje trapense en 2002. En 2019 fue nombrado obispo de Trondheim y se ha convertido en uno de los escritores de espiritualidad más leídos en la actualidad, tanto así que este año predicó los ejercicios espirituales para el León xiv y la Curia romana.
Un camino espiritual
El propio Mahler también fue bautizado de adulto y su amigo el filósofo ateo Ernst Bloch dio testimonio de la sinceridad de su fe: “Mahler era profundamente religioso. Su fe era como la de un niño”. Este camino espiritual comenzó después de su primera sinfonía “Titán”, en la que se refleja el héroe pagano nietzscheano.
En 1888 decidió escribir una marcha fúnebre para su propio poema titulado Totenfeier (Ritos Fúnebres). Tras una crítica desalentadora del célebre director Hans von Bülow, abandonó el proyecto. En 1893 agregó tres movimientos más. El segundo, lleno de serenidad y belleza, evoca los momentos felices del pasado, y concluye con un redoble de timbal que nos lleva al infernal tercer movimiento, San Antonio de Padua predicando a los peces, interrumpido por otras melodías que contrastan, se yuxtaponen y chocan mostrando las dudas y la pérdida de fe.
En el cuarto aparece Urlicht (luz primigenia), cantado por la contralto solista, donde vuelve la luz y renace la fe: “¡Provengo de Dios y quiero volver a Dios!”. En este punto le llegó el parón creativo. Sentía que hacía falta algo más, pero no sabía cómo continuar.
Anhelo de Resurrección
En la primavera siguiente, recibió la triste noticia de la muerte del propio Von Bulow, quien se había convertido en su amigo. Al acudir a sus exequias tuvo una epifanía. Se interpretó una coral sobre un poema de F. G. Klopstock titulado Resucitarás. El texto le impresionó tanto que escribió un movimiento larguísimo basado en él, incluyéndolo en modo coral, con algunos añadidos propios.
Al año siguiente comenzó la preparación para su bautismo, que recibió en 1897. La sinfonía Resurrección resume el viaje espiritual de Mahler, de la angustia vital ante la muerte a la fe católica en la vida eterna, profesada en la conclusión, con sus propios versos: “¡Resucitarás, sí, resucitarás, corazón mío, en un instante! Lo que ha latido ¡habrá de llevarte a Dios!”.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





