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Dama y caballero

Hidalguía de ellas

Propongo constantemente la hidalguía de espíritu como ideal para nuestro tiempo. Quisiera hacerlo siempre con el ejemplo; pero a menudo me toca hacerlo de palabra y por escrito. Y entonces me preguntan cómo se aplica a las mujeres. “¿A las damas?”, pregunto. Pues igual, más y, además, más todavía.

Por Enrique García-Maíquez

Si tan claro está, ¿a qué viene esa pregunta constante? Sucede, como advierte el medievalista José Enrique Ruiz-Domènec, que el imaginario de la caballería está lleno de sugestiones masculinas. Los juegos de armas, los brillantes colores heráldicos, los desafíos, la camaradería, la acción y el riesgo entusiasman a cualquier muchacho. Era lógico en el momento en que nació la caballería. Tanto que Alfonso x el Sabio, cuando regula la caballería en Las Partidas, no empieza pidiendo una partida de nacimiento noble, sino un punto de partida poderoso. Para escoger a los caballeros, dice el Sabio, se acudió en principio a los leñadores y los herreros, acostumbrados a golpear sin melindres en el cotidiano ejercicio de su oficio.

Una hidalguía tan física presenta barreras de entrada a las féminas. Sin embargo, hubo mujeres que destacaron en la caballería originaria, como Ximena Blázquez, defensora de Ávila. Incluso en el aspecto primario, donde prima la desventaja física, también las mujeres han dicho “aquí estamos nosotras” para admiración de todos.

Pero, sobre todo, igual

Tras recordar aquella preferencia inicial por leñadores y herreros, añade Alfonso x, inmediatamente, que ese criterio no fue suficiente y que se exigió muy pronto “buen linaje”, porque la vergüenza –el sentido del honor– impediría que huyesen o se condujesen indignamente. Es revelador: la caballería empezó buscando músculo y, enseguida, exigiendo carácter.

“La mujer ejerce su hidalguía cuando eleva al hombre que ama hacia una mayor gentileza y valor”

Santa Teresa, esa aristócrata del alma, dijo muy atinadamente que en vigor interior las mujeres ni tenían ni debían quedarse atrás: “No querría yo [que] mis hermanas pareciesen en nada sino varones fuertes […] que espanten a los hombres” [Camino de perfección, capítulo 7, 7]. Que el término de comparación sea a menudo la caballería medieval explica que nos hagamos esa pregunta de los sexos, pero cuando dejamos atrás las metas volantes de las metáforas medievalizantes, no media diferencia esencial.
La hidalguía es una llamada para todos y todas, con perdón del feísmo inclusivo. Nicolás Gómez Dávila zanja la cuestión por todo lo alto: “Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango o su fortuna”. Tan obvio es lo de las señoras que ni se digna a señalarlo, ni falta que hace.

En todas las definiciones y descripciones de la nobleza, de Aristóteles a García Morente, pasando por san Bernardo, Raimundo Lulio, Dante Alighieri o Godofredo de Charny, lo principal es siempre la virtud. ¿Todas las virtudes? Algunas son más genuinamente hidalgas que otras: la veracidad, el valor, la lealtad, el agradecimiento a los mayores, la mirada limpia –casi ingenua–, la magnanimidad, la elegancia, la libertad y el humor. Todas pueden vivirse de un modo femenino o masculino, pero con pareja intensidad en ambos casos.

Y además, más

Cuando se le pregunta a Victoria Cirlot, máxima experta en literatura artúrica, por qué en las historias medievales la mujer no busca el Grial y si hay en ello alguna discriminación, la profesora recalca que la mujer es ya la portadora del Grial. Hay muchas imágenes que muestran a una doncella que lleva un receptáculo del que sale una llama. En algunos casos, la que resplandece es la propia portadora. La luz procede de la dama. Como nos explicaba en clase don Álvaro d’Ors, la mujer siempre aporta un plus al hombre: es igual y más. Por eso, continuaba el sabio, podemos usar el masculino para el genérico que engloba a todos. El femenino se guarda para una peculiaridad que se sale del conjunto.

No hay caballero sin dama

Eso se cumple con el mito de la donna angelicata: la mujer que imanta al hombre que la ama. Ella lo eleva a mayor gentileza y valor. Lo explica muy bien Ortega y Gasset al comentar la Divina Comedia: “¿Y no es esto –la mujer como norma– el gran descubrimiento de Dante? […] En la segunda Edad Media –a mi paladar, la edad más atractiva del pasado europeo–, la mujer se hace educadora del hombre. Dante representa su culminación”. Y explica cómo la caballería nace porque las señoritas no se conformaban con menos: “Así las damas de Provenza decidieron que el hombre debía ser prou e courtois. ¡Proeza y cortesía! Crearon el ideal del ‘caballero’”.

Sigue Ortega y Gasset: “En las épocas más fecundas y gloriosas –el siglo XIII, el Renacimiento, el siglo XVIII–, las costumbres permitieron con peculiar intensidad que fuesen las mujeres, como Stendhal dice, juges des mérites. […] Es esta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección del hombre […] mediante una fluida emanación de leves gestos fugaces, que actúan como golpes eléctricos de un irreal cincel”.

Esta es la razón por la que no se puede ser caballero sin una dama. Don Quijote lo tenía claro: “El caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause”. No es sólo que haya hidalguía femenina y que la haya habido en todas sus dimensiones, sino que sin feminidad no hay hidalguía posible.

Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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