Hijos lectores, hijos menos manipulables

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Nuestros hábitos de lectura están cambiando. Cada vez nos resulta más difícil leer un texto largo y complejo sin distraernos, debido a los cambios que está provocando el impacto de las pantallas en nuestro cerebro y en el de nuestros hijos. Enseñarles a hacer una lectura sosegada y profunda es crucial para que las generaciones jóvenes sean capaces de construir un pensamiento crítico y reflexivo.

Por Isis Barajas
Hoy se lee más que nunca. En un día gestionamos decenas de mensajes de WhatsApp, ojeamos las últimas publicaciones en redes sociales, abrimos y contestamos correos electrónicos y nos ponemos al tanto de la actualidad en diversos medios digitales. Leemos más, sí; pero no leemos mejor. Según explica la investigadora del cerebro lector Maryanne Wolf en su libro Lector, vuelve a casa (Deusto, 2020), los soportes digitales provocan grandes cambios en nuestro modo de leer.
Nuestra lectura ha dejado de ser continua, sostenida y concentrada, para convertirse en un hábito rápido, superficial y distraído, en el que partimos la atención en intervalos más cortos. Cada vez son más los lectores que ahora encuentran dificultades para concentrarse en lecturas complejas o que se ven obligados a releer párrafos enteros para comprender el significado completo de un texto.
Esto que nos sucede a los adultos también les ocurre a niños y adolescentes. El impacto de las pantallas está provocando que los más jóvenes se vean afectados por el  “sesgo de novedad”  (atracción hacia lo nuevo), la multitarea, la recompensa inmediata y la hiperestimulación, provocando en ellos una  “mente saltamontes”  que dificulta las habilidades necesarias para disfrutar de una la lectura lenta y comprensiva.
Para Maryanne Wolf esto es muy preocupante, puesto que si los jóvenes de hoy no logran hacer una lectura sosegada y compleja, serán más fácilmente manipulables y dependientes de formas externas de conocimiento como Google.

Leer cuentos a los niños activa regiones del cerebro que desarrollan el lenguaje oral y escrito

Para evitarlo, no basta con entender lo que se lee, sino que es necesario ponerlo en relación con nuestros conocimientos previos y desarrollar un pensamiento crítico. En opinión de la autora, este proceso, llamado “lectura profunda”, se logra ayudando a los niños a formar, desde temprana edad, un cerebro lector que les permita desarrollar habilidades de atención, concentración y memoria. Esto no significa que los pequeños empiecen a leer antes, sino prepararlos desde la cuna a poner los cimientos de un circuito de lectura sólido.
Cerebro bialfabetizado
Por otra parte, Wolf sostiene que es posible evitar los efectos negativos de las pantallas en la lectura sin prescindir de las aportaciones positivas que estas tienen. Para ello, propone que los niños desarrollen un cerebro bialfabetizado siguiendo el modelo de los hijos bilingües, quienes son capaces de pasar de un idioma a otro sin dificultad.
Según esta hipótesis, los niños tendrían que desarrollar dos modos de codificación y aprendizaje totalmente separados: por un lado, afianzar la lectoescritura y el pensamiento crítico en soporte papel y, por otro, introducirse en el medio digital para aprender otras habilidades, como puede ser el arte gráfico, la programación de robots o la composición musical en GarageBand.
De este modo, los niños van desarrollando capacidades distintas y separadas en cada tipo de soporte, evitando la lectura en pantallas hasta los 11 o 12 años. A partir de entonces, Wolf cree que se podría introducir a los niños en la lectura digital, adoptando  “contramedidas”  para que el  “efecto pantalla”  no perjudique la habilidad de lectura profunda que los niños ya han desarrollado a esa edad.
Para ello, los adultos deben ayudar a los niños a leer en pro del significado, y no de la velocidad; a evitar la localización de palabras clave y el estilo de lectura en zigzag; y comprobar que el pequeño entiende la secuencia y las claves de la trama  y además es capaz de recordar detalles de lo que ha leído.
El objetivo de Maryanne Wolf es que los niños sean capaces de dedicar tiempo, atención y habilidades de lectura profunda independientemente del soporte en el que lean. La autora sostiene que estas facultades son cruciales para que los jóvenes formen un pensamiento crítico y un conocimiento reflexivo, consoliden un bagaje cultural amplio, puedan desarrollar la empatía con realidades distintas a la suya y no sean manipulables ni consumidores pasivos de información. 
Puedes encontrar este artículo en el número 57 de la revista Misión.
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