Por Javier Lozano
Fotografías: Dani García
Usted es un gran defensor del programa de Grandes Libros. ¿En qué consiste este programa?
Este programa nació en la Universidad de Chicago en un momento de crisis en los estudios. Se empezó a dudar de la existencia de figuras fundamentales como Sócrates o el propio Jesucristo. En medio de ese sinsentido, dos profesores, Mortimer Adler y Robert Hutchins, propusieron que todas las disciplinas, y especialmente las humanidades, podían enseñarse con la lectura de los clásicos. El método consistía en abordar los grandes temas mediante un debate entre los maestros, y después se daba paso a la participación de los alumnos.
¿Por qué abordar los grandes temas a través de la literatura?
Lo que defiende Adler es que los clásicos son aproximaciones humanas, de gran nivel literario, a las grandes cuestiones del ser humano. Por eso tienen una atracción que nace de la belleza misma del texto y de la grandeza con la que el autor fue capaz de representar esos temas de fondo. No son libros que se enfoquen en un aspecto concreto de la vida humana, sino obras que los abordan todos: la economía, la familia, la trascendencia… Son textos abiertos a muchísimas lecturas, llenos de verdad, que nos acercan a los grandes ideales de verdad, bien y belleza que tenemos inscritos en el corazón.
A esta ecuación le hace falta otra nombre esencial: John Senior.
John Senior se dio cuenta, ya en la década de 1970, de que era necesario interpelar a los jóvenes. Él decía que las grandes obras literarias no solamente nos enriquecen personalmente, sino que también nos permiten vincularnos con la tradición de nuestros abuelos y mantener viva la cultura de nuestros antepasados. Y para que esa tradición llegue verdaderamente al corazón había que interpelar en la vida real a las personas de nuestro siglo porque sólo así podrán mirar con otros ojos la realidad que los rodea. Por eso Senior animaba a la lectura no sólo de los grandes libros, sino también de los buenos libros.
“Empecé a leer La Ilíada gracias a profesores que me transmitieron su pasión por Homero”
Explíquenos esta distinción.
Senior tenía claro que si a un adolescente le entregas directamente un gran libro como La Ilíada leerá las primeras frases, se asustará y no lo volverá a abrir en la vida. Por eso es importante que antes lea los buenos libros de Julio Verne, Mark Twain, Tolkien, C.S. Lewis… Hay libros fabulosos que son grandes introducciones para que luego él mismo, con esa estética y con ese sentido moral ya formado, pida más y quiera llegar a las fuentes de estos buenos libros: las novelas de caballerías medievales, Cervantes, Shakespeare, Homero… El acceso a los grandes libros también tiene un itinerario, y hay que acompañar a los jóvenes en este camino.

¿Qué hace a una obra pertenecer al club de los grandes libros?
Un gran libro es el que jamás llegaremos a comprender del todo; tiene una lectura inagotable. Podemos leerlo con 15 años, 30 o 90 y en cada momento de nuestra vida lo leeremos de una manera distinta y siempre va a suponer una riqueza. Lo puede leer una señora en el siglo xvi, un joven en el siglo xix o un adulto en el siglo xxi, y para todos supone un acercamiento a la verdad, al bien y a la belleza, y le permitirá tener una comprensión más profunda de la realidad y del mundo.
¿Y los buenos libros cuáles son?
John Senior pone como ejemplo de buenos libros a Mark Twain o Charles Dickens, entre otros. Lo importante es dar con los buenos libros para los chavales del siglo xxi, que probablemente no son los mismos que para los jóvenes de mediados del siglo xx. Es muy probable que sigamos leyendo El Hobbit porque es un buen libro, pero El Señor de los Anillos seguirá siendo una obra con mayúsculas dentro de doscientos años. Los grandes libros tienen un componente de eternidad, y es el paso del tiempo el que acaba haciendo esa criba.
Aunque la lista es larga, si tuviera que elegir cinco grandes libros, ¿cuáles serían?
La Ilíada, porque lo tiene todo: es difícil no encontrar algún tema que no se trate en esta épica. Las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo, que me parecen gigantes y las considero una sola obra. Las confesiones de san Agustín no pueden faltar. Tampoco se puede dejar fuera La Divina Comedia de Dante, que para mí es la cumbre de la poesía y la definición prototípica de clásico. Evidentemente, tengo que hablar de El Quijote. Y como obra contemporánea citaría El Señor de los Anillos de Tolkien. Pero es imposible hacer una lista corta. Fíjate que estoy dejando fuera toda la obra de Shakespeare y otros muchos autores.
¿Se puede aplicar el programa de los Grandes Libros en nuestras universidades?
Hay universidades que siguen esta metodología de leer, comentar y debatir sobre los grandes libros. Supone una inversión y una preparación más compleja que una clase normal, porque necesitan a dos o tres profesores en el aula que debatan entre sí sobre alguno de estos libros. Pero mi experiencia es que cuando escuchas hablar a varias personas de una obra que las ha marcado, el alumno se enamora, le resulta atractivo. Yo empecé a leer La Ilíada porque tuve profesores enamoradísimos de Homero que me transmitieron su pasión.
¿Qué frutos se pueden recoger de exponer a los jóvenes a estos libros?
Hay un fruto estrictamente civilizatorio y patrimonial que se suele pasar por alto. Los grandes libros no sólo cultivan virtudes o forman una manera de entender el mundo, sino que permiten acercarse a aquellos que vieron el mundo como gigantes. Supone mantener viva la llama de la civilización occidental. Cuando leemos a Víctor Hugo, Dostoievski o Cervantes, estamos leyendo a gigantes que han sabido entender lo que significa el ser humano y la relación de los hombres con el mundo y con Dios de una manera incomparable. Nuestro deber es, como decía Bernardo de Chartres, subirnos a los hombros de estos gigantes para ser capaces de ver junto con ellos, incluso más lejos que ellos, y seguir construyendo esta civilización frente a la que tenemos una responsabilidad ineludible.
¿Por qué es nuestra responsabilidad?
¿Cómo podemos mantener los valores fundamentales de nuestra civilización si no conocemos a esos grandes héroes que han mantenido viva la llama? Tenemos el deber de reencantar el mundo, porque vivimos en una sociedad que desprecia las fuentes de esta tradición y que considera que leer los clásicos es una pérdida de tiempo. Es una tarea urgente porque lo merecen nuestros hijos y nuestros nietos.

¿Un libro de hace más de 2.000 años puede responder preguntas de hoy?
Probablemente, con mucha más claridad que los teóricos de la actualidad. En los grandes libros no vamos a encontrar aplicaciones concretas, pero sí lo que Benedicto XVI llamaba una mirada escatológica, refiriéndose a aquellas cosas que mantienen la dimensión permanente del saber. Los grandes problemas del ser humano son los mismos en todos los tiempos, porque nuestra naturaleza es la misma y arrastramos las mismas inclinaciones. Los grandes libros nos ofrecen una perspectiva privilegiada para no tratar de ver estos problemas de una manera superficial. Nos meten en la raíz del problema de forma más enjundiosa. Si en los bachilleratos se acompañara a los alumnos en la lectura de La Ilíada, nuestra comprensión de la sociedad occidental sería mucho más provechosa que lo que vemos en los telediarios.
“Un chaval de doce años puede disfrutar con muchos pasajes de El Quijote”
¿Qué motivos encuentra para que se haya desechado su lectura?
Veo tres motivos. Un criterio de eficacia pedagógica según el cual sólo merece la pena formarse en cosas “útiles” y no en aspectos en los que no descubrimos una utilidad inmediata. Es una especie de pragmatismo educativo. Además, hay una mirada muy condescendiente de los jóvenes en la educación. Se considera que un chaval no tiene capacidad de leer a Cervantes. ¿Por qué? Estoy convencido de que un chaval de doce años puede leer muchos pasajes de El Quijote y pasárselo fenomenal.
¿Y el tercer motivo?
Un rechazo ideológico a los grandes libros, porque se consideran contrarios a los “valores” de ciertas instancias políticas que rigen el comportamiento social en la actualidad. Son los valores que se nos quieren imponer.
¿Ve un pequeño resurgir?
Parto siempre del optimismo antropológico. Dios nos ha hecho bien, fuimos creados a su imagen y semejanza y, por lo tanto, ninguna batalla está perdida. Yo veo brotes verdes. Noto un despertar en el amor hacia la literatura e incluso hay debates sobre si es bueno o no leer. Hay otro tema que me produce mucha esperanza y es lo que dijo Benedicto XVI en su famoso discurso en el Colegio de los Bernardinos, en París: que estas grandes obras de literatura son en el fondo ecos de la Palabra con mayúscula. Los monjes medievales descubrieron en la poesía de Virgilio, en Homero o en los trágicos ecos de esta Palabra como pequeñas cajas de resonancia. Podemos leer basura o ver programas basura, pero eso no va a saciar la sed de verdad, de bien y de belleza que hay en nuestro corazón. Y nuestro corazón lo pueden adormilar y anestesiar, pero siempre habrá quien se rebele y demuestre a los demás la inmensa falsedad de todo lo que no está orientado hacia esta búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza.
CLAVES DE CUATRO GRANDES LIBROS
La Ilíada: En un mundo repleto de guerras, Rubio Hípola destaca “el esfuerzo que hacen tanto los griegos como los troyanos por negociar”, aunque “son incapaces de resolverlo porque los dos quieren algo que el otro no puede dar” y la semilla de la violencia aumenta sin cesar. Sólo cambia cuando el rey Príamo, padre del falle-cido Héctor, pide perdón a Aquiles. “La manera de romper el ciclo de violencia no es la lógica humana pues las heridas permanecen –explica este profesor– sino ceder por el bien común, en el fondo por amor”.
La Divina Comedia: En su paso por el Purgatorio, Dante, acompañado por Virgilio y Estacio, tiene miedo de cruzar la muralla de fuego que da paso al Paraíso. “Es una pedagogía preciosa que muestra al profesor que tiene que acompañar a su alumno guiándolo, pero que también tiene que estar por detrás empujándolo y motivándolo”, señala. En el fondo, lo que hace Virgilio –agrega Rubio Hípola– “es apelar al corazón de Dante, despertar su amor, y luego él es capaz de hacer lo que sea”.
El Señor de los Anillos: “Frodo es un caballero de principio a fin en el sentido que Enrique García-Máiquez habla de hidalguía: la nobleza de espíritu con la que se hacen las cosas”. Vive de manera virtuosa incluso en los momentos de dificultad extrema: “Conserva esa hidalguía hasta cuando ya no puede dar un paso más”, explica.
El Quijote: Es “un canto permanente a la realidad”, agrega este experto. Cervantes “amaba profundamente al ser humano y amaba profundamente la realidad y El Quijote es un continuo contrastar la grandeza del ser humano con una realidad que a veces aparece distorsionada o satirizada, pero que en el fondo es nuestra experiencia misma de la realidad y la manera real de enfrentarnos a las cosas”.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





