Juan Manuel de Prada: “Mostrar hoy el pecado resulta escandaloso”

No es solo porque sus artículos sean uno de los contenidos preferidos por nuestros lectores. Si presumimos de contar con él en Misión es porque no hay en el actual panorama público español un intelectual católico de su altura. Muestra de ello son sus respuestas –provocadoras, de hondura y radicalmente libres, o sea, católicas– a esta entrevista, con la que cerramos la serie de conversaciones con los columnistas que nos han acompañado desde el comienzo –entrevistamos en números anteriores a María Vallejo-Nágera y a Enrique García Máiquez–. Con ustedes, sin esperar a llegar a la última página de la revista, Juan Manuel de Prada.

Por José Antonio Méndez

Nació en Baracaldo, Vizcaya, en 1970, pero siendo niño se trasladó a Zamora, la tierra de su familia. Allí fraguó su vocación literaria y su visión premoderna de la vida, gracias a los largos paseos junto a su abuelo. Y allí, también, le llegó el éxito literario cuando no era sino un veinteañero imberbe.

Su traslado a Madrid, a finales de los 90, fue el inicio de una época convulsa en lo personal y en lo profesional, marcada por la admiración de cientos de miles de lectores, sonadas polémicas literarias (con Umbral, entre otros) y la inquina confesa de un buen número de contertulios y empresarios literarios de derechas y de izquierdas. Dice que tiene “vocación al malditismo” y que su lugar natural “son las periferias”. Pero, tras un rato de charla en torno a una cerveza, cualquiera puede darse cuenta de que esas periferias son, en realidad, las verdades centrales para el ser humano.

Sus artículos suelen ser provocadores, pero ortodoxos desde el punto de vista de la moral católica, mientras sus libros contienen escenas de un naturalismo sórdido. ¿Por qué cultiva esa dualidad?

No existe tal dualidad. Escribo artículos para vivir, porque no me queda otro remedio, y en ellos doy mi opinión sobre temas de actualidad. La novela es diferente, porque en una novela tienes que mostrar la vida tal cual es, sin edulcorarla. Pero en estos momentos, la mentalidad católica está tan a la defensiva que ha dejado de entender el sentido del arte.

"En los próximos años habrá un derrumbe. La decadencia de occidente es brutal"

"Dios me concedió una segunda oportunidad: una mujer excepcional que me rescató de las tinieblas"

Explíqueme esto mejor.

Para iluminar la naturaleza humana hay que mostrar sus aspectos más oscuros o escabrosos. Durante mucho tiempo esto no causó problemas, porque aunque se mostraba el mal, también se mostraban sus efectos y no se presentaba el mal como bien. Pero desde el siglo xix, la Iglesia se ha protestantizado y ha asimilado formas de ver el mundo que no son católicas. Hoy mostrar el mal y el pecado resulta escandaloso, así que hemos desarrollado un puritanismo que convierte en irrelevante el arte católico.

¿Será que nos cansa que el mundo presente lo malo como bueno?

El mundo se ha separado tanto de la visión católica que ha condenado al católico a un gueto. Por una parte, los católicos hemos abandonado las posiciones de vanguardia. Por otra, hemos desarrollado una sensibilidad sulpiciana, como esas figuras de yeso almibaradas que han hecho estragos. La cultura católica ha dejado de existir o es infantil y edulcorada. Esto, acompañado de un stablishment cada vez más anticatólico, genera puritanismo.

Y esto no afecta solo al arte, ¿no?

No. Hay un momento en que, ante la oleada anticatólica provocada por el auge del liberalismo, la Iglesia se refugia, siguiendo lo que dice el Apocalipsis para tiempos de crisis: “Conserva lo que tienes”. Y al hacerlo, ha renunciado a muchas cosas: las Bellas Artes, la Filosofía, las Humanidades… hemos abandonado todos esos terrenos al enemigo. Y cuando, por ejemplo, abandonas el estudio de la Economía, al final adoptas las teorías al uso por anticatólicas que sean; o si abandonas el pensamiento político, te arriesgas a que los fieles terminen siendo de derechas o de izquierdas.

 

¿Cómo revertimos esta situación?

Para revertir la situación hay que volver a ocupar las posiciones que se abandonaron. Sin embargo, hoy por hoy, y sin intervención sobrenatural, es prácticamente imposible. Más bien estamos próximos a un momento en el que no se podrá hablar sobre ciertos temas o con determinados enfoques. Este es como todos los momentos de soberbia de la humanidad, que suelen saldarse con descalabros. Pienso que en los próximos años habrá un derrumbe.

¿A qué se refiere?

La decadencia de occidente, una vez abandonada la fuerza nutriente que le daba la fe religiosa, es brutal. Es muy probable que de aquí a cincuenta o cien años haya entrado en una necrosis insalvable. Esta época de descomposición de la razón será muy rápida. Y en cien años, como tras la devastación del Imperio Romano, sobre las ruinas, habrá que levantarla de nuevo. Surgirá de forma natural, al principio incipiente y minoritaria, la necesidad de una reconquista cultural, que se extenderá a ámbitos mayores. Creo más en eso que en invertir la tendencia.

¿Y cómo salvaguardamos aquellos valores que no podemos perder?

Mediante la tradición. Hay que procurar crear vínculos fuertes, mantenerte fiel a aquello que quieres salvar y transmitírselo a tus hijos. No hay otra manera, aunque cada vez sea más difícil. Confío más en la transmisión personal que en el adoctrinamiento de los medios o los instrumentos tecnológicos. Cristo, si hubiese querido, hubiera inventado el megáfono, el telégrafo, internet… Pero decidió comunicarse mediante la transmisión personal. Es lo más eficaz.

Sin embargo, defiende la necesidad de dar la batalla en el espacio público.

Naturalmente. Cada uno, en la medida de sus posibilidades, debe seguir dando la batalla, entre otras cosas porque así desgastas al enemigo. Hay que reclamar la ayuda divina, pero también seguir luchando y trabajando.

Si en la Iglesia faltan líderes, ¿tienen los laicos que dar un paso al frente?

La Iglesia es una sociedad jerárquica. Naturalmente, los laicos tienen que tener mucho protagonismo, pero no lo pueden tener si no reciben instrucción. Un ejemplo: en los medios en que colaboro, tengo problemas muy serios cuando toco cuestiones de género. Es un tabú: puedes hablar para defenderlo, o tienes la opción de callar, pero si hablas en contra, eres anatemizado, reprendido o despedido. Esto cambiaría si la Iglesia hablara de ello, que es de lo que tiene que hablar, porque es el gran desafío actual. Si decide no hablar, deja a la gente a la intemperie.

¿Usted se ha sentido desamparado en su defensa pública de la fe?

Cuando eres una persona con vocación pública, el efecto de ese silencio eclesial es demoledor. Te quedas solo, en primera línea de fuego y desguarnecido. Hoy nos tratan de imponer una dictadura mental, pero aún hay quienes la pueden dinamitar. Si no lo hacen, el problema es gordo.

¿Se ha planteado dejar de opinar sobre ciertos temas?

Sí. De hecho, te confieso que estoy considerando seriamente dejar de escribir en prensa. Salvo que la cosa cambie mucho, abandonaré. No puedes vivir en constante inmolación.

Siempre le quedará Misión…

Lo mejor de Misión es que aborda todo desde el punto de vista católico. Hoy hay que mostrar a los católicos que la fe no es solo cumplir preceptos, sino que se han comprometido con una fe encarnada que da una mirada sobre las realidades naturales. Es lo que hace Misión. Por eso tiene que estar a la vanguardia, respondiendo a las inquietudes de un católico que se desenvuelve en el mundo. Lo que no tiene que hacer es replegarse y dejar de tocar cuestiones que molestan al mundo. Por ejemplo, cuando escribo contra la pornografía, toda la gente que está enganchada, y toda la gente que necesita que otros estén enganchados, se revuelven como hienas. Misión tiene que estar ahí, dando la batalla en las cuestiones espinosas.

Lleva la vitola de escritor católico. Más allá de defender una doctrina, ¿cómo es su relación con Cristo?

Es una relación un poco conflictiva, de muchísimo amor y muchísimo dolor. Es como la relación de Jacob cuando tiene que pelear con Dios: yo estoy en una pelea constante con Él porque hay cosas que me cuesta aceptar.

¿Por ejemplo?

La imitación de Cristo, que es la razón de ser de la vida cristiana, es dura: tienes que renunciar a muchas cosas y adoptar una forma de vida muy reñida con el tiempo que vivimos. Y no tanto en las pasiones inmediatas, sino en renunciar a cosas como el éxito. Pero ese componente de lucha es muy necesario para el cristiano.

¿Reza usted?
A diario. Alterno oraciones tradicionales con el diálogo directo con Dios. Soy tradicional: rezo al levantarme, al acostarme y con actos de piedad como el ángelus y el Rosario. Y luego, en momentos variopintos.

¿Y se confiesa?

¡Cómo no me voy a confesar! Me confesé anteayer, mismamente. Pero lo bueno de envejecer es que a medida que te haces viejo, pecas menos. En realidad, y lo considero un punto a mi favor, siempre he tenido más problemas con los pecados de la carne que con los del espíritu. Y los auténticamente infernales son los del espíritu, aunque los de la carne te vayan preparando. Con los años se atempera uno, así que peco menos.

Viene de una familia sólida, tiene fe, pero pasó por un divorcio y un proceso de nulidad. ¿Cómo lo vivió?

El divorcio es la más grave plaga social. Y para un católico es especialmente duro, porque se encuentra, de repente, con que el matrimonio, que para él es indisoluble, es tirado a la papelera y se acabó. Así que tu visión de la vida se hace añicos y no puedes hacer nada por evitarlo. Para mí fue muy duro, porque fui una persona abandonada. Me tropecé con muchas incomprensiones desde cierto mundo católico, corroído por el fariseísmo, donde se me tachó de libertino y disoluto; y en el proceso de nulidad encontré una enorme inhumanidad. No porque, como dicen los enemigos de la Iglesia, el proceso sea muy costoso, sino porque descubrí comportamientos burocráticos horrendos.

No quisiera ser escabroso, pero los ejemplos ayudan a entender…

En ese momento, el Derecho Canónico recomendaba que los procesos de nulidad durasen un máximo de año y medio; el mío duró tres. Lo más terrible fue la actitud de un psicólogo miserable, que tardó siete meses en emitir un dictamen pericial y, cuando lo hizo, resultó un corta-pega de la peor calaña, en el que ni cambió los nombres. Esa prueba fue declarada nula, pero la Iglesia no puede dispensar ese trato a quienes acuden a ella. Así que, del mismo modo que creo que el Papa se equivocó al introducir la problemática de la comunión a los divorciados, pienso que ha acertado al aliviar los trámites del proceso de nulidad. Lo más importante es que la Iglesia enseñe a los católicos el sentido del matrimonio y los compromisos que uno asume al casarse. Si no, los católicos seguirán siendo triturados por un mundo que ha declarado la guerra al matrimonio.

Tras la nulidad se casó, no “de nuevo”, sino “de verdad”. ¿Cómo vive ahora su matrimonio?

Dios, en efecto, me concedió una segunda oportunidad, poniendo en mi camino a una mujer excepcional que me rescató de las tinieblas. Todos los días le doy gracias por este milagro, que me sigue conmoviendo, aunque se haya convertido en algo cotidiano. Al lado de mi esposa [la periodista María Cárcaba] he descubierto el sentido de comunión perfecta, esa impresión de que al fin estás siendo completado por alguien que, a su vez, se siente completado por ti. Por eso invito a los católicos que se hallen en situación irregular, tras el fracaso de sus uniones, a que acudan a la Iglesia. Muchos matrimonios aparentemente válidos fueron nulos, porque alguno de los contrayentes (o ambos) excluyó las obligaciones del matrimonio al prestar su consentimiento. La única manera en que un católico divorciado puede hallar paz no es acudiendo a comulgar, sino acudiendo a su obispo para que analice a fondo su matrimonio. A veces, tras un purgatorio terrible, viene el don de un matrimonio verdadero. Así me ocurrió a mí.

¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete gratis y recibirás la revista cada tres meses en casa

Dona ahora: ayúdanos con tu donativo para que podamos seguir contando historias como esta