La historia de Ana y «el bicho»

En mayo llegó a mi correo un e-mail que comenzaba así: “Buenos días, me llamo Ana y tengo 20 años. Llevo seis años enferma de anorexia”
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Por Rut Sanchez

Por Isis Barajas

Nos enviaba una carta de seis folios en los que explicaba su experiencia con esta enfermedad para que desde Misión pudiéramos ayudar a otras chicas que están sufriendo este trastorno. El comienzo de su escrito era demoledor: “Querida anorexia o, como acostumbro a llamarte, querido bicho: Me has robado seis años de mi vida. Robado, porque esos años jamás podré volverlos a vivir. Seis años en los que he vivido aislada en un reino de oscuridad y llanto. Seis años esclava de ti”. Desmayos, fallos cardiacos, ingresos hospitalarios, depresión, soledad… La leí de corrido y con el corazón encogido, porque si hay algo indiscutible es que una persona con anorexia sufre indeciblemente, hasta el extremo, y, a veces, demasiadas veces, hasta la muerte.

La anorexia nerviosa es el trastor­no psiquiátrico con mayor riesgo de mortandad e incluso la única enfermedad mental que causa la muerte por las complicaciones orgánicas que implica. “Entre el 5 y el 10 por ciento de los enfermos puede fallecer a lo largo de la vida por patologías cardiovasculares derivadas o por suicidio”, explica la doctora Montserrat Graell, presidenta de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria y jefa de servicio de Psiquia­tría y Psicología Infantil y Juvenil en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Además, esta es la segunda enfermedad con mayor riesgo de cronificación entre los trastornos psiquiátricos, que alcanza el 15 o 20 por ciento de los casos.

La adolescencia es, sin duda, la etapa en la que se es más vulnerable a sufrir un trastorno del comportamiento alimentario (TCA). Tanto es así que “los TCA son la tercera enfermedad más común entre adolescentes europeos, por detrás de la obesidad y el asma. Son cifras realmente alarmantes”, explica Robin Rica, director de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Instituto Centta y colaborador en el grado de Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria. Incluso, hoy en día, “la edad de incidencia se ha ido reduciendo y vemos pacientes de 12 y 13 años”, añade Graell.

Adelgazar “un poquito”

Tras leer el e-mail de Ana, le escribí inmediatamente. Quería conocerla, hablar con ella, que me contara personalmente su historia. Accedió. Su nombre completo es Ana Galicia, estudia Magisterio y es una chica muy alegre y de fácil conversación. Todo se desencadenó en 3.º de la ESO, a los 14 años. Se desarrolló físicamente más rápido que el resto de sus compañeras de clase y eso la asustó: “Me veía grande y quise empezar a adelgazar un poquito”. A esto se unió que era un poco retraída y algunos alumnos disfrutaban burlándose de ella. Al principio, era un aparente coqueteo inocente con la comida, algo intermitente; pero, todo comenzó a agravarse cuando, en un capítulo de la serie Física o química, la protagonista se comía una chocolatina y luego iba al baño a vomitar. “Nunca se me había ocurrido hacer eso, pero lo probé por curiosidad, y después seguí haciéndolo”, explica ella.

Lo peor: pensar que controlas la situación

Cuando empiezan los primeros cambios en los hábitos alimentarios, siempre se piensa que se controla la situación, pero Ana recalca que “lo peor es pensar que se puede parar cuando se quiera”. De hecho, al principio, lo habitual es negar que uno está enfermo. “Crees que todo el mundo está en contra de ti y que te mienten sobre tu aspecto físico para que no hagas tonterías con la comida. Piensas una y otra vez que serás feliz cuando estés delgada, pero eso es mentira, porque nunca te ves lo suficientemente delgada y, en realidad, estás sentenciando tu condena de muerte”, explica. 

Una calculadora humana

Ana se convirtió en una auténtica “calculadora humana”, averiguando su índice de masa corporal (IMC) o el número de calorías de cada comida. Además, como las burlas continuaban en el colegio (ahora por estar demasiado delgada), se refugió en los estudios: “Solo podía parar la cabeza al ponerme a estudiar para sacar un diez. Estudiar, estudiar y estudiar. Y, por supuesto, descuidé mis amistades porque estás tan encerrada en ti misma, en lo que estás sufriendo, que te vuelves egoísta”. La doctora Graell subraya que muchos pacientes “se obsesionan con el rendimiento académico y eso puede ser un signo de alarma, principalmente, cuando ha habido un cambio brusco y de repente hay un subidón en las notas. Son personas muy perfeccionistas y a la vez muy inseguras, lo que las lleva a un comportamiento obsesivo”.

“Esa no eres tú”

Uno de los grandes problemas para los enfermos de anorexia es la incomprensión de muchas personas que están a su alrededor y que no entienden por qué se hacen daño a sí mismos, como si fuera un mero capricho o una moda. “Muchos me han dicho que lo que quería era llamar la atención, como si yo me estuviera matando intencionadamente”, subraya Ana. “Mi madre, en cambio, lo entendió desde el primer momento. Si un día, por ejemplo, me pongo hecha una fiera porque no quiero merendar, ella sabe que no soy yo la que está actuando así, sino que es mi enfermedad, y me dice: ‘Ana, esa no eres tú, luego te vas a arrepentir porque tú no me hablas así’”. 

Un susurro al oído…

En este sentido, la doctora Graell recalca que “la peor consecuencia de una enfermedad mental es limitar la capacidad volitiva, la de decidir: cuando estás obsesionado con algo solo obedeces a la idea repetitiva que tienes en la cabeza”. “La enfermedad tiene una fuerza incontrolable que te atrapa”, reconoce Ana. “Para la gente que cree en Dios, yo digo que es el diablo, que te dice constantemente ‘estás gorda’. Cuando comes algo, enseguida está el bicho, el remordimiento, hablándote al oído”.

El papel del entorno cercano

Por esta razón, es muy importante concienciar al entorno de que lo que está sufriendo la persona es una enfermedad, no un capricho, que merma hasta la propia voluntad. Rica añade que “tanto la familia como el paciente deben aprender a diferenciar entre una ‘parte enferma’, que provoca los síntomas, y una ‘parte sana’ que quiere recuperarse pero tiene miedo y dificultades para ello. La comunicación asertiva y afectiva, y el entendimiento de la patología para evitar la frustración son importantes, así como aprender cuándo interactúan con la enfermedad y cuándo con la persona”.

Las dolorosas recaídas

Tras dos años sin manifestaciones de la anorexia, Ana sufrió una fuerte recaída el verano de 2014. De hecho, la época estival es cuando se producen más ingresos hospitalarios. “Te tumbas a tomar el sol y ya empiezas a pensar que no estás quemando ni una sola caloría, te miras las piernas y ves que has engordado un poco, que mejor meriendas una fruta porque es más sano… Cuando te dices a ti misma que lo haces porque es sano, ya estás perdida, y le estás dando fuerza a la enfermedad, que te atrapa de nuevo. Me obsesioné otra vez y se me fue de las manos: salía de casa y buscaba dónde vomitar, no comía, tiraba la comida, mentía…”. “La recaída –explica Rica– forma parte del proceso de cambio en estos trastornos, ya que son tratamientos largos. Si en este punto se continúa el tratamiento, es posible hablar de recuperación”.

“Cuando quieres estar muerta”

“¿Cuándo te das cuenta de que estás enferma?, le pregunto. “Cuando de lo enferma que estás quieres estar muerta, tus días son la cosa más triste del mundo, no puedes controlar el llanto, no tienes ilusión por nada, te odias a ti misma… Yo pensaba: ‘No sé si estoy enferma, pero no puedo vivir obsesionada con la comida, con mirarme en cada espejo y cada reflejo, porque así jamás voy a ser feliz’. Sufres tanto que no puedes ni estar derecha, te encoges porque te duele todo por dentro, estás tensa, chillas…”. La doctora Graell recalca que esta enfermedad está asociada a una tremenda insatisfacción vital, ansiedad y depresión, y las causas de estas emociones son en buena parte físicas. “El descenso de peso puede ser tan intenso que lleve a la desnutrición y esto afecta a la masa muscular, al corazón y también al cerebro. Así, la desnutrición refuerza aún más la alteración en la percepción de la imagen y provoca bajo estado de ánimo, más depresión, irritación, obsesión e ideas repetitivas. Es un círculo vicioso. Por eso, lo primero es frenar la desnutrición”. 

“Antes era superrisueña –continúa Ana– y con la anorexia me apagué totalmente, era apática, no quería hacer nada, estaba deprimida”.

“¡Yo no quiero estar así!”

El proceso de curación es muy lento y requiere una lucha a brazo partido contra el bicho. Para Ana, la clave está “en poner toda la carne en el asador, pensar que está en ti, que aunque te ayude el mejor médico del mundo, tiene que salir de tu boca ‘me quiero curar, no quiero pasar ni un momento más enferma, yo no quiero estar así…’ Desde que tienes este deseo hasta que te curas pueden pasar años. Yo a día de hoy jamás me he visto delgada, pero sé que lo estoy porque me lo dice todo el mundo y tengo datos objetivos. Curarme no es verme delgada. Yo quiero ser como el resto de chicas de mi edad, quiero poder ponerme unos pantalones que no sean holgados y ser feliz, quiero poder disfrutar de la comida”. La doctora Graell subraya que “al principio es difícil que estos enfermos quieran curarse, por lo que la única opción que tenemos es crear una buena relación terapéutica, de manera que, aunque su cabeza les diga lo contrario, ellos sientan que lo que tú les estás indicando es lo mejor”.

No te eches la culpa

¿Qué dirías a una chica que está pasando por lo mismo que tú, Ana? “Tienes que dejarte ayudar, no te avergüences de nada ni te eches la culpa, es una enfermedad como cualquier otra. Debes confiar en la gente que te quiere, porque desean tu bien, no desean verte mal ni fea, sino guapa y feliz. Y así nunca vas a ser feliz, da igual lo delgada que estés, que nunca vas a ser feliz. Mi psiquiatra me dijo una vez: ‘¿Tú qué quieres: ser la más delgada del cementerio?’”.

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