Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Por Enrique García-Máiquez
Quizá la misma canción esconda una pista para entender por qué cada vez hay menos fiestas. Antònia Font, de pronto, advierte: “Nos quedamos a vivir ahí porque todos saben que somos gente valiente”. ¿Hace falta coraje para atreverse a ser feliz? Andrés Trapiello piensa que sí y remata un poema con este aviso inolvidable: “Disponte a ser feliz. Va a ser muy duro”. Armémonos de valor y atrevámonos a defender la fiesta y la celebración y sus motivos.
El filósofo Josep María Esquirol nos pone sobre la pista: “Si la celebración y la alegría no forman parte de la descripción de algo hermoso, es que algo falla. La belleza como la bondad no pueden describirse bien sin, al mismo tiempo, celebrar y agradecer”. Tenemos días de vacaciones, que llamamos “de fiesta”, pero la sociedad no encuentra sus motivos de fondo para celebrar, pues se deslucen y se entristecen. Las fiestas tienen que arrancar de lo hermoso y lo bueno, no al revés.
Como en tantas otras cosas, Chesterton dio en la raíz del asunto. En Ortodoxia nos cuenta: “La moral no comenzó con un hombre diciéndole a otro: ‘No te voy a golpear si tú no lo haces’. No hay rastro de tal acuerdo. Hay rastro de ambos hombres diciéndose: ‘No debemos golpearnos en un lugar sagrado’. Ganaron su moralidad guardando su religión. Tampoco cultivaron el valor. Lucharon por el santuario, y se encontraron con que se habían convertido en valientes. No cultivaron la limpieza. Se purificaron para el altar, y encontraron que estaban limpios. […]. Y sólo cuando consagraron un día de fiesta para Dios se encontraron con que habían hecho un día festivo para los hombres”.
Nuestro mundo secularizado convierte la vidas en un aburrimiento y las fiestas apenas en días de permiso
El sentido real de la fiesta
Por tanto, es la ausencia de lo sagrado en nuestro mundo secularizado lo que convierte nuestras vidas en un aburrimiento y nuestras fiestas apenas en días de permiso, ya sea para vegetar, agotados del ritmo de la vida moderna, ya sea para animalizarse un tanto, tratando de curar por homeopatía una falta de vida espiritual.
Si leemos el Evangelio, vemos que el mismo Jesús pensaba que la fiesta tenía una razón de ser sagrada, que, concretando más, era Él mismo. Los discípulos de Juan Bautista, bastante amoscados por la comparación de su régimen (de vida y concretamente gastronómico) con el de los discípulos de Jesús, se le acercaron para protestar de que ellos y también los fariseos ayunaban, pero que los discípulos de Jesús, no. La contestación es magistral: “¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?”. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo, entonces, en aquellos días, ayunarán, pero ahora… Los ejemplos que pone Jesús: un vestido que se arregla y el vino, oh, el vino y los odres, pertenecen –con toda la guasa– al campo semántico de la fiesta por todo lo alto.
Soltero y célibe, Jesús se complace describiéndose como esposo. Nótese la maniobra felizmente dilatoria de las repeticiones: “vendrán días”, “en aquellos días”… No nos urge al ayuno, en absoluto, sino a la boda, y a que dure. Jesús propone una fiesta de boda no ya gitana (de tres días), sino de 33 años. Eso por lo menos, ampliable en cómodos plazos gracias a la presencia real en la Eucaristía y al “yo estaré siempre con vosotros” y al “cada vez que dos o tres se reúnen en mi nombre”, etc., hip, hip, hurra. ¡Qué fiesta!
Sin una conexión a lo sagrado, la fiesta se reduce a una ocasión de huir de una vida sin sentido o de recargar pilas para seguir siendo productivos
Apertura a lo sagrado
Los mejores filósofos, con menos gracia que Jesús, coinciden, sin saberlo. Nietzsche, Bataille, Roger Callois o Walter Benjamin, cada cual con su peculiar perspectiva, no conciben la fiesta sin una conexión a lo sagrado, ya sea con lo divino o con la celebración metafísica del ser y del existir. Sin eso, explica muy bien Josef Pieper, la fiesta degenera. Se convierte o en huir de unas vidas sin sentido o en una ocasión para cargar pilas para seguir siendo productivos o en ambas cosas a la vez.
Para recuperar el sentido de la fiesta, ya sea un cumpleaños, la Navidad, una reunión con amigos o una fiesta local, tenemos que afianzarnos en la apertura a lo sagrado. Hay que ser valientes, pero nos resultará doblemente provechoso: por la alegría y por la hondura. No nos dejemos arrebatar las fiestas.
NI POR DEFECTO NI POR EXCESO
He de reconocer que nuestro peligro suele ser el contrario: encontrar que todo es una fiesta hasta tal extremo de diversión constante que cualquier día de la semana estamos de celebración, felices, en nuestra casa, con nuestra inabarcable rutina. Yo me veo retratado a la perfección en este versículo de los Proverbios: “Un corazón tranquilo es una continua fiesta”. Suena tan bonito como es, pero oculta un peligro por exceso. ¿Cuál es? La pereza que puede darnos salir a la fiesta clásica, al contacto con los amigos. La pereza está para vencerla siempre, pero con especial ahínco cuando sea pereza de acudir a un cumpleaños o a la verbena del pueblo. Este peligro se cierne sobre quienes tenemos una vida interior más animada y sabemos que leer es estarse en fervorosa tertulia con nuestros autores favoritos y que el silencio de la casa es realidad colmada y rebosante de alegría. Un paseo por la playa es una ocasión única que hace temblar –se ven– a las estrellas. Vale, pero Emmanuel Lévinas tiene un recado para nosotros. Para el agudo filósofo, la fiesta es un espacio para el encuentro con el otro, y si en ella no se promueve la convivencia, el diálogo y la apertura, no estamos en una fiesta propiamente dicha. Sé que este recuadro lo escribo sólo para los muy disfrutones, que no necesitamos ni la música en alto ni los brindis a mansalva para montarnos la mejor fiesta. Eso está muy bien. Pero otras veces hay que sumarse a las fiestas más masivas. Si decíamos que en todas tiene que haber un elemento religioso, quizá el sacrificio en esas ocasiones lo tengas que poner tú, inmolando tu soledad y tu silencio. Lo harás para que disfruten los demás, en una entrega anónima, porque tendrás que decir que “desde luego” cada vez que te griten al oído: “¡Qué bien lo estamos pasando, eh!”. Y tampoco podrás hacerte el mártir porque, en verdad, tras la media hora de adaptación, te lo estarás pasando bien. Si sostienes que todo el universo es una fiesta, no te pongas en exceso paradójico: también lo es en una fiesta.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





