La incompleta perfección

En una tensa mañana de trabajo, recibo una llamada intempestiva de mi mujer. Abro la agenda en el ordenador nada más ver su fotografía en la pantalla de mi móvil, mientras respondo. Ella ya tiene la suya delante, seguro. En efecto. Sincronizamos horarios. Hay que llevar a la niña al dentista, y hay que cambiar, por tanto, la clase de inglés, y encargarnos de recibir a los técnicos de la lavadora. Movemos horas con precisión de jugador de ajedrez. Todo queda milimetrado, cronometrado. Un beso. Colgamos.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Silvia Álvarez

Durante unos segundos me queda la vanidad de esta perfecta coordinación conyugal que, desde los turbulentos años del noviazgo, hemos, quién lo diría, alcanzado. ¡Con la de tiempo que perdíamos y las discusiones estériles que ocuparon nuestra juventud…!

Ahora estamos tan de acuerdo que las explicaciones sobran. Podemos entendernos a sordas y a ciegas y hasta telepáticamente. Abunda la literatura sobre problemas de pareja y se glosan muy poco los prodigios del matrimonio bien avenido. Es una de las bellas artes. O un deporte de riesgo ejecutado con dominio.

Lo bueno de la vanidad es que te advierte con mano izquierda de que algo no va bien. No digo, ojo, que tanta compenetración vaya siempre como un reloj: alguna vez hay distorsiones, aunque no esta mañana.

Pero no quiero hacerme perdonar la vanidad por algunos fallos accesorios en una ejecutoria casi impecable. Sería tanto como reconocer que nuestra profesionalidad es un valor tan absoluto que solo podemos no envanecernos de ella porque no está conseguida del todo en cada instante.

El aviso tiene que venir, justamente, en sentido contrario. La efectividad no puede quedar por encima de la afectividad, me reconvino. No digo que lo esté, sino que quede, porque hay tantas cosas que hacer y solo somos dos que qué remedio. Pondré un ejemplo ridículo, pero real, que me avergüenza, para purgar. En un momento dado pienso: “Y eso que solo somos dos: si fuésemos tres, seríamos imparables”.

Es el estrés llevado a extremos literales y aliterados. Si empujados por las manecillas del reloj y las revueltas de la agenda, perdemos de vista, siquiera sea un segundo, la maravilla de ser dos, la donación recíproca, la trascendencia del tú a tú y el hondón insondable del cara a cara, nos equivocamos.

No vamos, por eso, a desbaratar nuestra agenda. Tampoco a fomentar discusiones por el gusto del disgusto, reconociendo que durante una buena pelea sí que los cónyuges se miran a la cara, aunque sea para tirarse los trastos a la cabeza.

No se trata de poner palos en las ruedas de nuestro día a día ni de embarullar las listas de tareas. No. Hay sencillamente que recordar lo que está por encima de tanta profesionalidad y no perderlo de vista. Para empezar, descuelgo de nuevo el teléfono. Responde una voz inquieta mientras abre su agenda: “¿Qué pasa ahora?”. “Nada, digo, todo: el tiempo que vamos a perder un ratito tú y yo…” . “Ah”, le oigo reír, entre aliviada y divertida.