Nos dijeron que con la píldora la mujer se liberaría de la “carga” de la maternidad, pero en realidad se ha convertido en presa voluntaria de hormonas sintéticas que alteran el funcionamiento saludable de su cuerpo. El embarazo se considera hoy como una “enfermedad” que hay que combatir con la “vacuna anticonceptiva”, manipulando el ciclo natural femenino, medicando a mujeres sanas, exponiéndolas a un cúmulo de efectos secundarios que comprometen seriamente su salud, y despojando al hombre de cualquier responsabilidad en el asunto.

Por Isis Barajas

Ilustración: Silvia Álvarez

 

El médico de familia estadounidense John T. Littell ha publicado recientemente el libro The hidden truth: Deception in women’s health care (La verdad oculta: el engaño en la salud de la mujer), donde denuncia la prescripción médica abusiva de los anticonceptivos hormonales.
En un artículo en la revista femenina Verily, el doctor explica que “mientras que la depresión, el cáncer, el accidente cerebrovascular, las enfermedades del corazón y el aumento del riesgo de coágulos de sangre son ciertamente problemáticos, la mayoría de los médicos son entrenados para que vean en ellos un problema menos grave que el ‘problema’ general del embarazo”.
“A diferencia de otros medicamentos que normalmente solo se recetan cuando es médicamente necesario, la píldora se prescribe de forma rutinaria y por defecto”, recalca el doctor.
La pensadora Mary Eberstadt va más lejos, y sostiene que no ha habido otro acontecimiento tan significativo para las relaciones entre sexos como la llegada de la contracepción moderna. Con el diu, los parches, las inyecciones de acción prolongada o la píldora la responsabilidad recae exclusivamente en la mujer.
Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae, ya advirtió del peligro que suponía que el hombre, al habituarse a la anticoncepción, “acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada”. 
No es esta una idea que sostengan solo los católicos. La sexóloga y filósofa belga no creyente, Thérèse Hargot, acaba de publicar el libro Une jeunesse sexuellement libérée (ou presque)  [Una juventud sexualmente liberada (o casi)], en el que critica duramente el efecto de la liberación sexual en las relaciones hombre-mujer.
“La promesa ‘mi cuerpo me pertenece’ se ha transformado en ‘mi cuerpo está disponible’; disponible para la pulsión sexual masculina, que no tiene ninguna restricción”, sostenía en una entrevista a Le Figaro. Y añadía: “Los métodos naturales […] son los únicos que implican de manera igualitaria al hombre y a la mujer”.
Detrás de ese bulo de que los métodos naturales no son eficaces subsiste, en realidad, una desconfianza en la capacidad de la mujer para conocer e interpretar los síntomas de su fertilidad, y en la capacidad del hombre para abstenerse de relaciones sexuales durante algunos días en el ciclo.
No hay nada más femenino –y liberador– que reconciliarnos con nuestra propia naturaleza y aprender a conocer y a valorar, sin estropearlo, el don de nuestra fertilidad. El doctor Littell sostiene que “la verdadera igualdad de los sexos no obligaría a las mujeres a soportar el peso de los riesgos, sino que exigiría también que los hombres demostraran algún nivel de sacrificio”.
Un sacrificio que, por otra parte, se traduce en una mayor comunicación y confianza en el matrimonio, un respeto y conocimiento mutuo más profundos, una responsabilidad compartida y un amor que es capaz de entregarse plenamente, incluso en tiempos de abstinencia. Quizá sea el momento de que la mujer posmoderna empiece a liberarse de esa píldora que le convencieron para tragarse.