La poderosa oración de las madres

Pocas cosas hacen sufrir tanto a una madre como ver que sus hijos se alejan de la fe. Pero Dios ha puesto en ellas el don de volver a dar vida –de fe– a sus hijos a través de la oración.

Por Carmen Seara

Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Cuando una mujer es madre, antes o después se da cuenta de que sus hijos son el mayor  legado que deja al mundo. Y si esa madre es cristiana, sabe, también, que el verdadero tesoro es dejar a esos hijos anclados a una fe recia. Pero ¿qué ocurre cuando los hijos se alejan de los valores que se les ha querido transmitir en casa?

Ana es madre de tres hijos universitarios. Esta ferrolana relata a Misión que, gracias a su posición acomodada, pudo dar a sus hijos todo lo mejor. Pero ya en la madurez, les vio alejarse de la fe por haber recibido una cómoda y, a veces, descuidada, formación religiosa. “Perdí muchísimo la paz”, relata. Providencialmente, conoció a otra madre en una situación similar, que le animó a participar en un grupo de Madres en Oración, la vertiente española del movimiento irlandés Mothers Prayers. Así, Ana ya lleva más de un año reuniéndose con otras madres en una capilla ante el Sagrario para rezar por sus hijos y por los hijos del resto de madres. “He llegado a rezar muy desesperanzada, encomendándome a santa Mónica”, cuenta. Hoy su angustia se ha convertido en agradecimiento porque ha visto un cambio en sus hijos, y uno de ellos ha vuelto a la misa dominical.

El poder de una madre

Como explica para Misión el sacerdote Manuel Morales, agustino recoleto y autor de Tus hijos volverán (Editorial Ciudad Nueva, 2019) cuando se trata de arrancar favores del corazón del Señor,  “hay una oración que tiene preferencia: la de los padres y, de modo especial, la de las madres, que pueden conseguir  ‘imposibles’ de Dios”. De hecho, el Evangelio relata cómo Jesús se conmovió al ver a la viuda de Naím llorando por su hijo… y obró el milagro que le pedía.

En el booktrailer que se puede ver en YouTube, el padre Morales explica que  “en el libro del profeta Isaías, Dios se pregunta: ‘¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?’. Si la pregunta la hace el propio Dios para confrontar el amor materno con el suyo omnipotente, imagina el poder que Él atribuye a las madres cuando oran”. 

Espacios sanadores

El ejemplo clásico de esta oración es santa Mónica, madre de san Agustín, que de tanto rezar consiguió la conversión de su hijo y la de su marido Patricio. “Mónica llevó la paz a su marido, se tuvo que ganar el corazón de su suegra, daba paz a vecinas y amigas… Fue creadora de eso que llama el Papa ‘espacios motivadores y sanadores’”, apunta Morales para Misión

Esos espacios de sanación materna son los que este sacerdote trata de replicar con las Madres Mónicas, unas comunidades de oración promovidas por los Agustinos Recoletos, en los que madres se unen para rezar por sus hijos y por los hijos de las demás. Porque aunque la oración de una madre llega siempre a oídos de Dios, la de un grupo de madres tiene la garantía del mismo Cristo, que dijo  “cuando dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy  Yo”.

Pedir por los hijos

Marisa Puente, psicóloga y orientadora escolar, es miembro de uno de estos grupos, junto a seis amigas. Un día a la semana, cumple con su compromiso de rezar con nombre propio por los hijos de las madres de su comunidad,  “ante un cuadro de santa Mónica, teniendo presente su poderosa intercesión y recordando que ella escuchó, llena de esperanza, que el Señor le decía: ‘Es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas’”, cuenta aMisión. ¿Y qué rezan?  “En una sencilla oración, pedimos para que nuestros hijos no pierdan la fe, para que vuelvan  a ella los que se desvían, por su vocación y para que compartan sus creencias en una comunidad. Una cadena de oración es una palanca en las dificultades”, relata Marisa. Y explica, además, que su grupo  “reza también por preocupaciones concretas: exámenes, compañías… o por una persona que incluimos como un hijo más”.

El “segundo parto”

Si la maternidad biológica hace participar a la mujer de la naturaleza creadora de Dios, el alumbramiento de los hijos a la fe es, como señalaba san Pablo vi,  un  “segundo parto”, pues aunque es ilusionante, “a veces supone gran dolor y sufrimiento –explica Morales–, en especial en un ambiente de increencia como el actual”. De ahí la necesidad de ejercer  “una nueva maternidad espiritual”  a través de cadenas de grupos como los de las Madres Mónicas (madresmonicasven.blogspot.com), o los de la Oración de las Madres (Mothers Prayers: mothersprayers.org), nacidas en Inglaterra en 1995 gracias al empeño de dos abuelas, y presentes hoy en todo el mundo, en grupos como al que acude Ana. ¿Hay algo que pueda resistirse a la oración de una madre?  

Cuando las madres rezan unidas, el Señor se hace presente entre ellas y escucha atento sus oraciones.

Coros de madres en oración

La Comunidad de Madres Cristianas Santa Mónica (Madres Mónicas), es una asociación de la Iglesia bajo la guía y la espiritualidad de la Orden de Agustinos Recoletos. Nació en la parroquia de Santa Rita de Madrid en los ochenta, como respuesta del agustino Lorenzo Infante a la inquietud de un grupo de madres cuyos hijos habían perdido la fe. Hoy existen más de 20.000 Madres Mónicas por todo el mundo. Estas madres, vinculadas a colegios, parroquias o feligresías de los Agustinos Recoletos, se unen en “coros de oración” de siete madres (una por cada día de la semana) con el compromiso de orar a diario por los hijos que han recibido la fe, y pedir que la recobren quienes la han perdido.

Santa Mónica:ejemplo de la respuesta de Dios

San Agustín nace en el seno de una familia cristiana. Según la costumbre de la época, no recibe el bautismo de niño y su madre, santa Mónica, le instruye en el camino de la fe. Pero la adolescencia, los estudios y las amistades le alejan del cristianismo. Su madre reza con pasión por él. Agustín se deja llevar por el ambiente pagano, y con 19 años tiene un hijo, Adeodato.  Agustín, muy inteligente e inquieto, se apunta a la secta maniquea que le aleja más de la Iglesia. Su madre no ceja en sus rezos hasta las lágrimas. Llega a seguirle a Roma y Milán, donde trabaja de profesor. Allí tiene un encuentro con la fe cristiana. Profundamente agradecido por los desvelos de su madre, Agustín pide el bautismo, que recibe con su hijo y sus amigos. Su sabiduría lo lleva a profundizar en la fe de tal manera, que llega a ser obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia. Santa Mónica muere en paz al ver a su hijo convertido en cristiano.

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