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La única Luz capaz de derrotar al “gran apagón”

El 80 por ciento de los españoles afirma sentir “temor ante el futuro”. La pandemia, los cambios sociales y las amenazas globales (la última, la posibilidad de un gran apagón) no hacen sino agravar la crisis. ¿Es posible encarar el mañana de forma realista, sin perder el optimismo? Misión ha preguntado al célebre autor Jacques Philippe, al director de la edición española de Magnificat, Pablo Cervera, y a la superiora de Iesu Communio, sor Verónica Berzosa, y su respuesta es unánime: sí, pero solo si volvemos a poner en el centro de la vida social –y eclesial– la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Por José Antonio Méndez

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Al lado norte de las vías del tren que divide en dos la ciudad de Valladolid, a 10 minutos andando desde el santuario de la Gran Promesa –donde el beato Ricardo de Hoyos recibió las visiones místicas del Sagrado Corazón de Jesús–, está la ferretería Plaza. Con un sinfín de sartenes, cuelgafáciles y tornillos como telón de fondo, su dependienta, Sara Requejo, atendía hace pocos días al diario regional El Norte de Castilla: “La venta de linternas, de estufas y de hornillos de gas se ha vuelto diaria. La gente está preocupada y tiene miedo ante la posibilidad de un apagón. Sobre todo, la gente mayor, pero también gente joven. Y como ya no queda nada por la demanda y la escasez de materiales, los clientes te dejan el teléfono para que les avises en cuanto entre algo”, decía tras el mostrador, con su mascarilla puesta y junto al gel hidroalcohólico que tantos comercios han instalado a causa de la pandemia.

Sus palabras reflejan, con sabor pucelano, la última psicosis global llegada tras el coronavirus: la posibilidad de un blackout, un gran apagón mundial que interrumpa los suministros de luz, agua y gas. Lanzada a sus ciudadanos por el gobierno austríaco, la amenaza del apagón se ha vuelto viral, aupada por la subida de los combustibles y la escasez de mercancías que ha causado el colapso en el transporte marítimo derivado de la pandemia.

El miedo se ha vuelto, de hecho, un signo de nuestro tiempo. Ya en noviembre de 2020, el CIS atribuía al 78 por ciento de los españoles “inquietud y temor ante el futuro”, en una encuesta en la que más de la cuarta parte de los entrevistados afirmaban sentirse preocupados por el mañana “la mayor parte del tiempo”. La pregunta es: ¿Acaso es posible mirar al futuro con realismo y honestidad intelectual, sin perder el optimismo ni la esperanza?

“La convulsión de la humanidad solo puede encarrilarse por la senda divina con la Eucaristía”

Luz ante un futuro oscuro
“Vivimos una época convulsa – explica para Misión el célebre autor espiritual francés Jacques Philippe–. Y cuando los tiempos son difíciles, lo más importante es estar en contacto con la presencia de Dios, que es el único que puede guiarnos, iluminarnos, sanarnos y fortalecernos. Una presencia que se nos da especialmente en la Eucaristía”.

Este miembro de la Comunidad de las Bienaventuranzas, cuyos libros, charlas y retiros llegan a millones de personas en todo el mundo, afirma para Misión que, dada la velocidad de los vaivenes que se están produciendo tanto en la sociedad como en la Iglesia, “cada vez más, todos los cristianos, y especialmente los laicos, encontrarán en la presencia real de Cristo Eucaristía, en la celebración de la misa o en la adoración eucarística, la luz y la fuerza para vivir su vocación en este mundo”. Porque la Eucaristía no es un culto religioso más, sino “la celebración en la que Jesús, vivo de verdad, se da completamente a nosotros y nos da todo lo que necesitamos”.

La “profecía” de Juan Pablo II
Su afirmación es, con otras palabras, la misma que proféticamente advirtió san Juan Pablo ii en su última encíclica –entendida por muchos como su testamento espiritual–, Ecclesia de Eucharistia: “Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. ¿Y qué decir de las tantas contradicciones de un mundo globalizado, donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. Por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía”.

“La secularización que vivimos impli­ca borrar a Dios de la existencia humana… y así nos va”, explica a Misión el director de la edición española de Magnificat, el sacerdote Pablo Cervera. “Pero, queramos o no, la convulsión de la humanidad solo puede encarrilarse siguiendo la senda divina. Y para un cristiano, esto tiene un nombre y una nueva forma de existencia: Cristo y la entrega de amor. Por eso, la humanidad entera necesita hoy volver a asombrarse con la Eucaristía, en la cual Cristo se hace presente de forma real por la acción del Espíritu Santo”. Y remata: “Sin la Eucaristía, en sus dimensiones de adoración, sacrificio y comunión, hay poco que hacer”.

“Lo que hace atrayente la misa no es introducir novedades para hacerla simpática”

Y aunque poner a Cristo Eucaristía en el centro de la vida social y familiar para evitar “el gran apagón espiritual” del mundo es el reto de la nueva evangelización, estos expertos en la vida espiritual apuntan que no es menor el desafío de que sea la propia Iglesia quien lo haga. Porque si bien la reforma litúrgica del Vaticano II facilitó el acceso de los fieles a las riquezas espirituales de la celebración eucarística, “esos cambios no siempre se han entendido y puesto en práctica bien, lo que ha empobrecido el significado de la misa” , lamenta Jacques Philippe.

“Ciertos elementos –reconoce el autor francés–, como textos comprensibles, una asamblea fraterna, la dignidad de los gestos, o la belleza del canto y de la decoración, pueden ayudar; pero no debemos olvidar que lo que hace atrayente la misa o la adoración no es introducir novedades para hacerlas más simpáticas, sino hacer que la gente perciba la belleza y la grandeza del misterio que se celebra, viviéndolas con fervor, con fe, con amor y con reverencia”. O sea, ir a misa, al sagrario o a la adoración con plena conciencia de que estamos ante Dios Todopoderoso, el Creador del cosmos y de cada persona, el Señor de la Historia, el Crucificado Resucitado… porque Ese es exactamente quien está en la Hostia consagrada. “¡Increíble, por muy acostumbrados que estemos!”, señala Cervera.

Fuerza, coraje y compromiso
“Sociedad secularizada, Iglesia mundanizada y sacramentos descuidados son una sola cosa”, lamenta Cervera. “Si la Iglesia no tiene los pies en la tierra (encarnación), ni es signo de una realidad trascendente (eso son los sacramentos y la caridad), ¿qué pintamos? Ni nos toman en serio, ni somos levadura de nada, ni presentamos esperanza alguna”, añade.

De ahí que, más que muchos planes, acciones sociales, o reuniones de autorreferencialidad eclesial, el editor de Magnificat reclame encenderse ante el sagrario, en la misa o ante el Santísimo, para encontrar la creatividad y el arrojo capaz de transformar la realidad. “Participar en la Eucaristía es ponerse a tiro de la gracia, de la Palabra de Dios y de la entrega completa”, destaca Cervera.

Porque, como concluye Jacques Philippe, “si realmente vivimos la misa, si adoramos al Santísimo, recibimos la caridad de Cristo, su amor infinito por los hombres, y esto nos llevará a un mayor amor y generosidad hacia Él y hacia nuestros prójimos. Es sobre todo en la Eucaristía donde encontramos la fuerza y el coraje para amar y dar la vida. Cuanto más adoremos a Dios, más nos entregarnos por los demás”.

DESPERTAR LA ENERGÍA DE LA SANTIDAD
La superiora de la congregación Iesu Communio, sor Verónica Berzosa, se coló por el móvil de miles de personas en pleno confinamiento, a través de una meditación sobre el pasaje de la hemorroísa que, sin que ella lo pretendiera, se volvió viral. En ella, glosaba los miedos de tantas personas que le escribían en los días más duros de la pandemia, y cómo la respuesta a sus temores estaba, está, en el trato confiado con Jesucristo. Cuando desde Misión nos pusimos en contacto con ella para este reportaje, nos hizo llegar “con cariño y gratitud” un testimonio que había compartido con un grupo de seminaristas, y en el que, entre otras reflexiones, destaca que “donde hay Eucaristía, no hay decaimiento” en la vida espiritual. Porque la Eucaristía no solo lleva al compromiso social y caritativo, sino también a la vida de oración. “Cuando entrañas el Cuerpo de Cristo”, señala sor Verónica, “se despierta desde lo más hondo la necesidad de orar, porque el amor quiere tener a la vista al Amado, aplicar todas las energías a ver, escudriñar y contemplar la Humanidad de Cristo encarnado: cómo vivió en la tierra, cómo trataba con cada uno, cómo miraba, cómo escuchaba, cómo sonaba el timbre de su voz, cómo caminaba entre los suyos, cómo se retiraba a orar cuando la multitud lo buscaba… Contemplar su Persona en oración en el Cenáculo, en la Pasión, ¡y la presencia radiante del Resucitado en nuestra tierra!”. Y añade: “El que no gusta al Señor, el que no se entrega a la oración, podrá decir mil cosas de Jesús, pero lo hará como quien conoce solo de oídas.”

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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