La sopera de mi madre

La sopera de mi madre, por Isis Barajas

“Acoger la propia limitación y abandonarse a ella puede suponer una experiencia liberadora”

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Isis Barajas / Ilustración: Rikki Vélez

Tras morir mi madre, les pedí a mis hermanos quedarme yo con su vajilla “bonita”. Mi padre se la había regalado hacía ya muchos años y recuerdo verla siempre espléndidamente expuesta en la vitrina del salón. En concreto, me gustaba la sopera. Yo nunca había tenido una, así que me ilusionaba usar en mis comidas familiares aquella mítica sopera de mamá. Mis hermanos aceptaron con gusto, y mi nueva vajilla heredada lucía ahora preciosa en mi salón.

Un día, al ir a colocar la sopera en mi vitrina se me escurrió. Cuando intenté evitar que se cayera al suelo la choqué involuntariamente con la estantería y se hizo pedazos en mis propias manos. Solo quedó intacta la tapa. Me corté un dedo y rompí a llorar. No por el dedo, sino por la sopera. Acababa de perder lo que para mí era un pequeño tesoro familiar. De lo que no era consciente entonces es de lo que iba a suponer aquel corte aparentemente sin importancia. 

Me había seccionado el tendón del dedo índice de la mano derecha. Me operaron y tuve durante semanas la mano entera escayolada (incluidos todos los dedos menos el pulgar) y aún hoy sigo con rehabilitación, puesto que aquel corte tonto ha derivado en otras complicaciones y más intervenciones quirúrgicas que no es necesario relatar aquí. 

De un día para otro, no podía cocinar, mucho menos escribir o conducir para llevar a mis hijos al colegio; me resultaba imposible cortar un filete, pelar una manzana, abrochar un botón, hacerle una coleta a mi hija y tantas otras tareas básicas de mi día a día. Aprendí a cambiar el pañal solo con la mano izquierda (soy diestra), pero otras muchísimas cosas insignificantes estaban fuera de mi alcance. Me había vuelto absolutamente dependiente de otros. Y, por supuesto, nuestra logística familiar había volado por los aires. 

“Acoger la propia limitación y abandonarse a ella puede suponer una experiencia liberadora”

Lo más difícil para mí en este tiem-po no ha sido el dolor físico que yo pudiera sentir o pensar en la posibilidad de que mi mano no volviera a quedar como antes, lo realmente difícil ha sido pedir y acoger la ayuda ajena. Nos han inculcado tanto eso de que tenemos que ser autosuficientes en la vida, que vernos de repente inútiles e incapaces de hacer las cosas más corrientes nos resulta una humillación insoportable. 

Pero perder temporalmente la funcionalidad de una mano puede ser muy aleccionador. Nos despierta de pronto de ese espejismo de control sobre nuestra propia vida que nos habíamos recreado, y nos pone en frente de nuestra vulnerabilidad y absoluta dependencia. Paradójicamente, acoger la propia limitación y abandonarse a ella por fin, lejos de ser una cárcel, puede suponer una experiencia verdaderamente liberadora. Además de un descanso. Catherine de Bar decía que  “Dios solo desea llenarnos de sí y de sus gracias, pero nos ve tan llenos de orgullo y de estima de nosotros mismos que eso es lo que le impide comunicarse”.

Solo el que no tiene nada puede recibirlo todo. Solo el que ve que nada le es debido, puede sentirse plenamente agradecido. Reconocerse pequeño y pobre espiritualmente es, para Jacques Philippe, “una forma de libertad, la libertad de recibirlo todo gratuitamente y darlo todo gratuitamente”.

Aquella noche en la que se me rompió la sopera corrí a Wallapop para buscar una que fuera igual que la de mi madre. Bajé y bajé por el scroll infinito hasta que finalmente la encontré. Era la única de ese modelo que había en toda la aplicación y curiosamente se vendía a un precio muy reducido porque tenía un pequeño inconveniente: le faltaba la tapa. Yo, que tenía la tapa de mi sopera intacta en la vitrina, supe que aquella sorprendente coincidencia era un guiño del Señor.  “Conmigo te basta –parecía decirme–, yo lo haré todo por ti”.  

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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