Niños y pandemia

La vacuna casera contra el virus de las malas emociones

El neuropsicólogo Fernando Alberca explica que las restricciones sociales afectarán a los menores y propone remedios para prevenir daños emocionales.
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Por Margarita García

Por Marta Peñalver

Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La pandemia del coronavirus va a afectar mucho a la salud emocional de los niños. “Esto se debe a la situación extraordinaria, pero también al punto de inflexión que ya se preveía que iba a sufrir esta generación en el año 2020 por la influencia, sobre todo, de la inteligencia artificial”, explica Fernando Alberca, profesor y experto en Neuropsicología.

Esta deriva está marcada por la tendencia al aislamiento y al individualismo, que ya caracterizaba a una gran parte de los niños. 

Una de las consecuencias será que las relaciones sociales se verán distorsionadas. “Estamos viendo al otro como un enemigo que nos puede dañar y por eso el contacto físico es casi nulo”. Algo que genera desconfianza hacia los demás.

De hecho, se prevé que tras la pandemia los niños evitarán los lugares concurridos y sus relaciones serán más frías. “Los padres debemos evitar hablar constantemente de lo que no podemos hacer por el virus, y centrarnos en las posibilidades que sí tenemos, como vernos en espacios abiertos o pasar más tiempo en familia”, señala Alberca.

El cara a cara en casa

El uso de la mascarilla tiene también implicaciones emocionales. “La primera es el deterioro de la comunicación verbal y no verbal”, explica Alberca.

Con mascarilla hablamos menos porque es más incómodo, entendemos menos, porque no vemos los labios y, al contrario de lo que se dice, los ojos también están perdiendo expresividad, ya que inconscientemente asumimos que no hace falta expresar las emociones con el rostro porque está tapado.  

“Esto entorpece la comunicación no verbal, que es el 80 % de la comunicación”, señala Alberca, y asegura que  “la relación profesor-alumno se está viendo especialmente afectada por esta situación, ya que los profesores tienen que explicar todo con mascarilla y sin acercarse en exceso a los alumnos que, a su vez, no pueden entender bien al profesor porque no le ven los labios”.

En este contexto, en el mejor de los casos, algunos alumnos preguntan más, pero, por desgracia, muchos están desmotivados y han perdido interés por lo que aprenden.

Esta falta de comunicación verbal y no verbal puede provocar que los niños no aprendan a interpretar bien las emociones de los demás, puesto que reciben menos señales de las emociones en las expresiones y gestos ajenos. Y esto acentúa el aislamiento y el individualismo a los que el cambio social estaba arrastrando ya a esta generación.

Por ello, Alberca recomienda  “hacer más vida de salón que nunca”: alargar el tiempo que pasamos con los hijos, recuperar las conversaciones cara a cara (no la madre de pie cocinando y el hijo sentado esperando la cena), y evitar el aislamiento, también de los adolescentes, mientras se encuentren en casa. 

“Esta pandemia es una maravilla para las familias porque nos está haciendo pasar más tiempo juntos en casa, y nos da la oportunidad de retomar las conversaciones largas y profundas y recuperar el tiempo perdido”.

De hecho, el Papa Francisco, en una audiencia reciente decía que  “las madres son el antídoto más fuerte a la difusión del individualismo egoísta”.

Atentos a las señales

Como explica Alberca, “normalmente, los niños con deficiencias afectivas (que pueden darse por muchas razones distintas a la falta de afecto por parte de sus padres) tienden a pegarse físicamente a sus adultos de referencia, y esa es una de las señales que alertan de una necesidad de afecto extra” .

Sin embargo, hoy los niños han interiorizado que no deben acercarse en exceso a sus profesores, abuelos o a otros adultos y, por lo tanto, será más difícil detectar sus deficiencias de afecto. Pasar mucho tiempo con los padres les permite verles sin mascarilla y leer en su rostro otras señales que no son tan evidentes fuera del ámbito familiar.

Sumisos ante el Estado

Otro aspecto importante es el hecho de que los niños están asumiendo que una autoridad externa les puede doblegar y que el Estado manda más que sus padres. Esto tiene el consiguiente peligro de que los niños, cuando crezcan, no se sientan capaces de manejar su vida, sino que esperen que sea el Estado, u otra autoridad, quien imponga un criterio, quien eduque a sus hijos… algo que siempre, y más en estos tiempos, es muy peligroso.

Por este motivo, según Alberca, los padres deben evitar hablar de los toques de queda, de las limitaciones de movilidad u otras restricciones sociales: “En vez de decir  ‘iremos a ver a los abuelos cuando abran la Comunidad’ podemos explicarles que ‘cuando mejore la situación iremos a visitar a los abuelos, y mientras tanto tenemos la suerte de verlos por videollamada’”.

Mi vida en manos de Dios

Además, el neuropsicólogo alerta de que los niños están recibiendo muchos mensajes negativos que están desatando la inseguridad, el miedo, la impotencia y la frustración. “Esta concatenación de sentimientos va a dejar una huella importante de falta de control sobre su vida”, señala Alberca, y esto puede llegar a ser muy frustrante. 

Pero, “paradójicamente, todo esto tiene un efecto pedagógico bueno: yo no puedo controlar todo, mi vida está en manos de Dios que actúa en mi beneficio, y una pandemia no cambia esto”. La tranquilidad, el optimismo y la serenidad del cristiano no puede ser vencidas por un virus.

Según Alberca, la verdadera felicidad no depende de los imprevistos, sino que reside  “en sentirnos más queridos de lo que merecemos y en saber que somos capaces de querer a los demás más de lo que creemos que podemos quererlos”. 

Menores de un año

Durante el primer año de vida se forma gran parte del mapa emocional, que depende directamente de la relación del bebé con su cuidador principal (que durante el primer año de vida suele ser la madre). Estudios recientes han demostrado que la relación entre madre e hijo forjará gran parte de la personalidad del niño.

Para que esta conexión se dé es necesario que el niño y la madre interactúen mucho cara a cara. De esta manera, el niño interiorizará expresiones de su madre (que está diseñada para ser especialmente expresiva durante los primeros años de vida de su hijo) y que reflejan sentimientos. Esta relación tiene dos consecuencias principales:

* En primer lugar, el niño tenderá a relacionarse con personas que le recuerden a su madre y a las expresiones que de ella interiorizó en su primer año.

* En segundo lugar, la conexión entre madre e hijo será tan fuerte que durante toda la vida, cuando la madre exprese emociones de rechazo hacia actitudes o comportamientos de su hijo, este también experimentará en cierto sentido esas emociones y tenderá a rechazar lo que su madre, gracias a esa conexión, le hace ver que no es bueno para él. Por todo ello, Fernando Alberca recomienda “que los padres pasen el máximo tiempo posible con los niños sin mascarilla, hablándoles cara a cara y explicando con detalle, aunque parezca una tontería, lo que sienten en cada momento”.

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