Las 3 fases del sufrimiento. ¿Sabes vivirlas “en cristiano”?

Rebelión, resignación, aceptación. Tres etapas que menciona cualquier libro de autoayuda o coach. Pero, ¿cuál es el papel de Dios en todo eso?
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Por Rut Sanchez

Ha atendido a miles de personas de todo el mundo en retiros espirituales. Es autor del bestseller ‘La libertad interior’ (Rialp, 2003). El conocido divulgador católico Jacques Philippe responde a esa pregunta para los lectores de Misión

Fase 1 – La Rebelión:

“Suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. No siempre es negativa y puede ser una primera reacción psicológica ante circunstancias dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos en ella. Porque también tiene un sentido de rechazo de lo real: es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad… Rebelarse ante el sufrimiento no resuelve nada; al contrario, es fuente de desesperación, violencia y resentimiento”.

Fase 2 – La Resignación:

“Sucede a la rebelión: como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. Puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud menos agresiva y más realista. Sin embargo, es insuficiente; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca cristiana, porque carece de esperanza. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más. Puede ser una etapa necesaria, pero es estéril si se permanece en ella”.

Fase 2 – La Aceptación:

“Es la actitud a la que conviene aspirar. La aceptación me lleva a decir sí a una realidad percibida en primer momento como negativa, porque dentro de mí se alza el presentimiento de que algo positivo acabará brotando de ella. Existe una perspectiva esperanzadora. La diferencia entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última –incluso si la realidad en la que me encuentro no varía– la actitud del corazón es muy distinta, pues en él anidan ya la fe, la esperanza y la caridad. A causa de esta presencia de la fe, la esperanza y la caridad, la aceptación cobra un valor, un alcance y una fecundidad muy grandes. Porque en cuanto hay algo de fe, esperanza y caridad, hay disponibilidad a la gracia divina, acogida de esta gracia y, más pronto o más tarde, tiene efectos positivos. La gracia de Dios nunca se da en vano a quien la recibe, sino que resulta siempre extraordinariamente fecunda”.

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