Por Israel Remuiñán
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
20 personas en el salón de un comedor social. Un altar sin adornos, tan solo acompañado por un icono de la Virgen de Częstochowa. En primera fila, una señora vestida completamente de negro, lleva un traje típicamente albanés, también un pañuelo en la cabeza. Su piel no engaña, rondará los 90 años. Llama la atención cómo vive la Eucaristía. Durante la consagración, gestos constantes de devoción profunda, de rodillas. Ojos cerrados. Parece como si llevase mucho tiempo sin estar en una misa, pero lo cierto es que no se la pierde ni un domingo.

Es una mañana agradable en Sarande, en el sur de Albania. La ciudad está bañada por el Jónico. La comunidad católica es minoría, hay bastantes musulmanes y una generación completamente atea. Esta misa de domingo tiene acento español, el sacerdote se llama Laureano, es de Astorga, y su padre tenía una tienda de chucherías. Cuando era adolescente solía ayudarle en el negocio, pero a los 18 años se dio cuenta de que quería ser sacerdote. Los planes de Dios le llevaron a ordenarse en Granada y después a pasar por Sevilla. Nunca se hubiera imaginado terminar en los Balcanes.
Misa entre minaretes
Albania es un país de mayoría musulmana en el que se aprecian con mucha fuerza las heridas del comunismo. Un territorio en disputa permanente, donde la corrupción campa a sus anchas y las infraestructuras muestran uno de los países más pobres de Europa. “Aquí, lo más sencillo es el idioma, y fíjate que llevo diez años y no lo domino”, confiesa Laureano. Este sacerdote redentorista llegó al país en 2014, coincidiendo con la visita del Papa Francisco: “Todo me sorprendió al llegar. Las calles principales estaban decoradas con fotos del Papa y banderas del Vaticano”. La avenida principal de Tirana –la capital– estaba presidida por fotos de los mártires albaneses. Pero vio que era un espejismo cuando escuchó la llamada a la oración desde el minarete de la mezquita principal.
Cuenta a Misión que en muchas ocasiones cuando está en plena consagración con el Cuerpo de Cristo alzado vuelve a sonar el canto del muecín. Le sirve para recordar que vive en un país de minoría católica. Además, casi todos los católicos están en el norte, en ciudades como Shkodër, lugar de nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta. En el sur, donde se encuentra Laureano, sólo hay 3.000: “La fe se vive diferente. De hecho, los musulmanes vienen a celebrar la Navidad con nosotros, incluso a la hora de adorar al Niño Jesús se acercan y nos felicitan”.

La falta de trascendencia
Su misión es que el mundo pueda ver a Jesús en la forma de vivir de esa minoría católica: “Siempre aspiras a que más personas conozcan a Jesucristo, pero sé que hay que hacerlo con paciencia, el secreto se descubre al estar en contacto con nosotros, solamente el hecho de ser amigos les despierta una curiosidad, muchos se convierten porque el cristianismo les da una visión nueva de la vida y sobre todo un corazón nuevo. Estar aquí me recuerda a mi infancia y a la tienda de mi padre, siento que ahora soy yo el que vende la mejor chuche del mundo. Cristo es el único capaz de cambiarte la vida”, relata Laureano.
La mayoría musulmana tiene sus raíces en el largo dominio otomano, pero la realidad es que en muchos casos no se trata de una fe vivida: “Al caer el comunismo muchos adoptaron la religión de su familia. Como sus padres eran musulmanes, ellos deciden seguir su estela. Te dicen que son creyentes, pero no son religiosos, son muy materialistas”. En su- -opinión, “les falta saber que existe una vida eterna. Hay que entender que aunque estamos en Europa esto son los Balcanes, y que aquí su cultura es oriental”.
Durante 40 años de comunismo la fe se conservó en secreto gracias a unos pocos
La fe de los sencillos
Recuerda la historia de un hombre al que tenía que llevarle la comunión a su casa. Un día le contó que aunque no era sacerdote había bautizado en secreto a todos los niños católicos de su pueblo durante la persecución. Lo hacía en su casa, a escondidas. “El primer día que le di la comunión me besaba las manos sin parar. Yo le decía que no lo hiciera, que era yo quien tenía que besar las suyas. Sus manos han logrado que la fe permanezca en el corazón de esos niños durante el horror comunista”, asegura. Antes de abandonar este comedor social que hace de iglesia, Laureano confiesa: “¿Os habéis fijado en la señora que estaba sentada en primera fila? La llamamos la Nana. Ella vio con sus propios ojos cómo los comunistas asesinaban a su párroco durante la misa. Conservó su fe en secreto durante casi 40 años y con la caída del terror comunista volvió a su parroquia. Es ya muy mayor, pero sigue viviendo al máximo cada Eucaristía. Aún no se cree que pueda vivir su fe en libertad. Su párroco es uno de los mártires albaneses”
Una Iglesia de mártires
La Iglesia en Albania es muy joven y muy anciana al mismo tiempo. El comunismo borró durante casi 40 años cualquier señal que condujese a Cristo. La fe fue conservada en secreto por algunos, esos que ahora son ancianos. Pero sorprende que al mismo tiempo hubo jóvenes, niños que con la caída del régimen se sintieron atraídos por el mensaje de Jesús. “Llegaban a la Iglesia ellos solos, la generación de sus padres es completamente atea”, cuenta Laureano. Decenas de sacerdotes y religiosas fueron -asesinados, torturados y encarcelados. La locura de Enver Hoxha llegó hasta tal punto que en 1967 proclamó a Albania como el primer país del mundo “oficialmente ateo”. Los albaneses se vieron obligados a rezar en privado. En 2016, el Papa Francisco beatificó a 38 mártires albaneses asesinados durante esos años. Aun así, “hubo monjas que lograron sobrevivir por vestirse con trajes típicos, sin hábito, durante casi cuatro décadas, pero seguían viviendo en comunidad. Fue un auténtico milagro”, confiesa este misionero.
Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.


