Por Isis Barajas
“Mamá, me has mentido: el hijo de Isis no está enfermo”. Así de rotundo se manifestó con mi amiga uno de sus niños después de pasar el día jugando con mi hijo. Aparte de esa reluciente calva ya un poco tostada por el sol, no había ningún otro indicio que pudiera hacer pensar que ese loco bajito de cuatro años montado en bicicleta tuviera esa enfermedad que, según dicen los mayores, es muy grave y se llama cáncer. No intuyó en él queja, ni abatimiento, simplemente vio a un niño jugando y pasándoselo en grande sin otra preocupación más allá de si ahora la ligas tú o la llevo yo.
Esta es la grandeza de los niños pequeños: son capaces de vivir el momento presente con la intensidad que requiere cada ocasión, ya sea para llorar escandalosamente o para reír sin parar. Ellos no limitan su vida a la enfermedad que padecen; forma parte de su día a día, claro está, pero no lo determinan. Por eso son capaces, como le ocurre a mi hijo, de parar el juego un momento para vomitar tras su séptimo ciclo de quimio y luego continuar con la inaplazable tarea de divertirse un rato más.
Si observo a mi hijo me doy cuenta de que él tiene una capacidad mucho mayor que yo de aceptar la realidad tal y como viene. En todo este tiempo nunca me ha preguntado por qué está enfermo o por qué le ha pasado esto a él. Simplemente, ha asumido la situación sin darle más vueltas. No se compara ni se victimiza. Y es que los pequeños no tienden a la autocompasión ni se regodean en sus penurias. Un día comiendo todos juntos le estuvimos explicando a un amigo de mi hija en qué consistía la enfermedad y el tratamiento. Abrumado, exclamó: “Pobrecito…”, a lo que mi hijo rápidamente contestó: “No, no, ¡yo no soy ningún pobrecito!”. Los niños no quieren dar lástima ni buscan ser el centro de atención.
“La mayor lección que podemos aprender de un hijo enfermo es la del amor que se hace presente, que abraza, confía, sostiene”
Es más, no hay cosa que más desee un enfermo oncológico de corta edad que lo traten con la normalidad de siempre. Recuerdo que cuando mi hijo enfermó, la gente muy cariñosamente se acercaba a él para saludarle. Mi pequeño, que siempre ha pasado desapercibido entre sus siete hermanos, se escondía. Incluso cuando se le cayó el pelo a causa de la quimio no intentó ocultarlo. Así, cuando su mejor amigo le regaló un dibujo de los dos, le espetó entre risas: “¿Pero cómo me pintas con pelo? ¡No ves que estoy calvo!”.
Pero, por supuesto, los niños enfermos también sufren y, en ocasiones, sufren mucho. Lo que sucede es que ellos no ocultan su dolor, como a veces sí intentamos hacer los adultos. Un niño enfermo es transparente, no tiene doblez. No va a poner buena cara a la enfermera si lo que tiene es miedo, dolor o está enfadado. Porque sí, los niños pequeños enfermos se enfadan, y mucho. Quizá no sepan expresar la razón de su monumental cabreo, pero saben hacer notar su gran malestar.
Me decía una vez una médico de oncología pediátrica que los niños enfermos tienen dos grandes miedos: el dolor y la soledad. En cuanto al primero, Anne-Dauphine Julliand, madre de dos niñas que murieron a causa de una enfermedad degenerativa y autora, entre otros, del conmovedor libro Llenaré tus días de vida (Planeta), me decía en una entrevista que “cuando un niño sufre, sólo sufre el tiempo que dura su dolor; llora cuando tiene dolor y después ya no llora más. No como nosotros, los adultos, que seguimos llorando pensando en el dolor”. Es cierto: yo he visto a mi hijo romperse de dolor a causa de su enfermedad y, tras hacer efecto la analgesia, ponerse a hacer un puzle como si nada hubiera ocurrido.
Sólo hay una cosa peor que el dolor y es, efectivamente, sentirse solo y desamparado. En esto, no son distintos a nosotros, los mayores. Por eso, la gran pregunta de un niño a sus padres antes de entrar en quirófano es: “¿Os vais a quedar aquí conmigo?”. Porque, al final, la mayor lección que podemos aprender de un hijo enfermo es la del amor que se hace presente, que acompaña, abraza, juega, confía, sostiene, llora, ríe. La normalidad del amor entregado puede sanar el alma de los pequeños cuerpos enfermos.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





