Por Enrique García-Máiquez

Maravilla de remordimientos, por Enrique García-Máiquez

“¿Quiere educar estrictamente a los suyos? Aprécielos hasta el extremo.”
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Artículo publicado en la edición número 60 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Silvia Álvarez 

Me he descubierto con sorpresa cuál ha sido mi método de trabajar la prosa toda mi vida. Consiste en depender de los elogios de ustedes. Escribo mi artículo deprisa y corriendo, para que no se me escape o la inspiración o la ocurrencia, según. Luego, a veces, llega una inesperada alma generosa y me lo valora o incluso lo aplaude.

Entonces regreso, repleto de remordimientos, al texto para mejorarlo cuanto pueda y procurar que esté, siquiera retrospectivamente, a la altura. Cuanto más os gusta, más agobiado lo corrijo. Los artículos que después recojo en libro son los que más me aplaudieron, pero no por un prurito democrático, sino porque son los que más trabajé.

¿Resulta vanidoso?  Yo diría que no, pero qué importa, porque es la verdad. Aunque más hondo, Kierkegaard había apuntado a esto en su ensayo Antígona:  “El mal no tiene interés estético, lo tiene la culpa”.  

En mi caso, además, la culpa no se limita únicamente a los artículos ni a la estética, sino a la vida misma. Solo me merecen la pena los esfuerzos por estar a la altura de tanto regalo de aprecio, de cariño o de amor. ¿Soy digno del de mi mujer, o del de mis hijos, o del de mis amigos, o de la simpatía de los conocidos y de la amable educación de los saludados? No, qué va.

Pero intento que la irremediable decepción no resulte estrepitosa. Deseo no desengañarles demasiado. Si nadie me apreciase o me amara, podría abandonarme, pero no es el caso. Y la mirada de Dios, por detrás de todo, urge al imposible mayor de merecérnosla.

Cuando me iba a embalar a hacer la loa de lo buena que es la mala conciencia, he recordado que ya la nobel polaca Wislawa Szymborska se adelantó con un poema titulado “Elogio de la mala conciencia de uno mismo”. En la traducción de Abel Murcia reza:  “El buitre no tiene nada que reprocharse./ Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra./ No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas./ El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo./ No existe un chacal autocrítico./ El tábano, la langosta, la tenia y el caimán  viven como viven y así están satisfechos.// De cien kilos es el corazón de la orca,/ pero no le pesa.// Nada más animal/ que una conciencia limpia/ en el tercer planeta del Sol”.

El poema es tan bueno que hasta puede tener algo malo: ¿no nos acaba envaneciendo de nuestra mala conciencia? Cuidado, que entonces la mala conciencia sería pólvora mojada. 

Los remordimientos tienen que remorder para alimentar.  Y así también valen de método pedagógico. Se trataría de querer sin medida, desbordadamente, a los que queremos; y de haberles insuflado, previamente, un mínimo sentido de la justicia y pundonor. El resto lo harán solos.

Intentarán erguirse hasta la altura de nuestro amor. ¿Quiere educar estrictamente a los suyos? Aprécielos hasta el extremo. A mí, como escritor, me han mejorado ustedes muy por encima de mis posibilidades. 

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