María Olguín

María Olguín: “Tal y como está el mundo, solo podemos ser santos”

Sus imágenes de ángeles cuidando a enfermos y médicos en plena primera ola del COVID-19 hicieron que María Olguín pasara, en días, de 700 a 7.000 seguidores. Ella ya había sido pionera de una corriente de ilustradores católicos, cuyas imágenes ayudan a rezar a miles de personas en todo el mundo. Pero lo más interesante de este miembro de la familia Valiván no es su trayectoria profesional, ni su creatividad artística, sino una vida interior fuera de lo común, que muestra, desde la suave fragilidad de su sensibilidad, cómo actúa hoy “la mano poderosa de Dios”.

Por José Antonio Méndez / Fotografía: Dani García

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Nosotros veníamos a charlar con María Olguín sobre temas de actualidad, como el boom de las ilustraciones católicas, o cómo se plantea el futuro una persona que quiere dedicarse profesionalmente a evangelizar. A fin de cuentas, eso es lo que ella hace no solo con sus imágenes, sino también como parte de Valiván, la empresa familiar en la que trabaja junto a sus padres y hermanos, y cuya serie infantil La casita sobre roca ven millones de personas en YouTube y EWTN. Bueno, veníamos a eso y a aprovechar que bajaba a Madrid desde su casa en mitad de la montaña asturiana, para compartir juntos un pedazo de un famoso pastel de limón. Pero aunque terminamos por hacerle esas preguntas y ella, que no es muy de dulces, se animó con el merengue flambeado, la conversación fue por otros derroteros, de una hondura espiritual impactante. “Soy muy tímida pero no me voy a cortar, porque el Señor me ha dicho que te abra el corazón de par en par”, nos dice apenas nos sentamos, con una libertad propia de quien mantiene una inusual inocencia de espíritu. 

Y es que María Olguín Mesina no es una dibujante más que pinta imágenes sagradas con un toque naíf, dentro de esa llamativa corriente de creación artística que crece en redes sociales como Instagram, sino una mujer tocada por Dios de un modo muy singular, que plasma en sus láminas las visiones interiores que le regala la Providencia. “Intento pintar lo que el Señor y la Virgen me muestran. Pero no puedo y me frustro mucho, porque son imágenes que veo, no con los trazos con los que pinto, sino de verdad. ¡Y son de una belleza increíble!”, nos confiesa. 

Sin afectaciones, sin aspavientos, ni rarezas, vive con naturalidad y alegría un misticismo auténtico y sincero. Por eso, durante la conversación le brotan, de modo irrefrenable, palabras, ideas y vivencias sobre la fe que no tienen nada que ver con frases hechas, ni con los ardores típicos de los conversos. Y eso que ella misma experimentó una conversión profunda, pues aunque fue criada en la fe, a los 9 años descubrió, en plena misa, que ni creía en Dios, ni podía comprender cómo alguien podía aguantar en aquellos bancos…

Después de esa experiencia con 9 años, ¿cómo se vive la adolescencia en una familia que lo fía todo a Dios, como la suya?

Muy mal. Yo viví una adolescencia y una primera juventud muy difíciles. Esos años estuvieron marcados por una muy baja autoestima. No me quería interiormente y me odiaba exteriormente. Estaba obsesionada con la ropa, con el físico, me veía fea, me despreciaba. Tuve problemas con la alimentación, una crisis afectiva fortísima… Y no creía en Dios. 

Y eso que trabajaba con su familia en Valiván, que es un proyecto de evangelización para jóvenes… 

Sí. Yo me sabía las cosas de la fe, y en la vida de mis padres había visto cosas increíbles, en las que ahora reconozco la mano poderosa de Dios, como cuando estuvimos a punto de perderlo todo por una deuda grande y nos llegó una donación por el importe exacto necesario. Por mucho que me sintiera seca, me aburriera en misa o me enfadara, veía que algo raro pasaba. Pero cuando nos poníamos a rezar o pasaba por el Santuario Hogar que teníamos en casa, era una tortura. 

¿Y qué le ocurrió para cambiar?

Con 26 años fui a Brasil, a la boda de una amiga. Allí vi a un grupo de personas enamoradas de Cristo, que vivían su fe con auténtica felicidad. Iban a las favelas a ayudar, me hablaban de Jesús y de la Virgen como si estuvieran vivos… Y me dio una rabia enorme.

“Me puse a increpar a Dios en mi corazón: ‘Te has pasado de la raya, eres injusto… Si de verdad existes, sal del sagrario’”

¿Rabia? ¿Por qué?

¡Porque reconocí que tenían razón! En esta época en la que estamos viviendo cosas muy duras y momentos históricos muy importantes y muy graves, cosas de una trascendencia espiritual inmensa, en las que Dios no deja de mandarnos señales que ve cada vez más gente, lo que tenemos que hacer es ser santos. No sabemos qué nos va a venir, pero sí que tenemos que estar preparados para vivir lo que sea con Él. Tal y como está el mundo, solo podemos ser santos. Y no se puede ser santo sin tener una relación personal, auténtica, con Cristo. Dios quiere esa vida íntima con cada uno. Él nos quiere místicos, esto no es para cuatro gatos. Y por eso en el fondo todos deseamos esa relación intensa e íntima con Él. Lo que pasa es que, o nos perdemos con las cosas del mundo, o no nos fiamos de Dios. Y nos quiere fieles a la fe de la Iglesia, que está muy herida y muy postrada, y solo se mantiene en pie porque la sostiene el Señor. No soy nada intelectual, pero el otro día leí una frase de Karl nosequé [Rahner]: “El cristiano del siglo XXI será místico o no será”. ¡Y es tal cual! 

Creo que nos hemos ido un poco. Estábamos en Brasil… ¿Qué hizo al sentir aquella rabia?

Me fui a un sagrario y empecé a gritar en mi corazón: “Trabajo para Ti desde hace años, he pasado muchísimos aprietos por Ti… ¡pero no tengo fe, no creo en Ti, no te siento! Y mira a esta gente: tienen fe, están enamorados de Ti, les pasan cosas sobrenaturales y son felices aunque tienen problemas”. Y empecé a increparle en mi interior: “Si de verdad estás ahí, ¿por qué no te conozco? Eres injusto. Te has pasado de la raya. Esta gente te conoce y yo no. Si de verdad existes, sal del sagrario. ¡Hazme algo! ¡Lo necesito!”. 

¿Y lo hizo?

(Ríe). En ese momento llamó a la puerta de la capilla un seminarista y me preguntó si podía rezar por mí, imponiéndome las manos. Yo no sabía qué era eso y dije que sí. Me puso las manos en la espalda, empezó a invocar al Espíritu Santo, y al rato me dijo: “El Señor quiere que sepas que esta sequedad que sientes no es para toda la vida, solo es para fortalecerte”. Esa fue la primera vez que supe que Dios existía y, tal vez, me hablaba a mí. 

La conversión, aún mayor, que vino después da para un libro más que para una entrevista…

¡Totalmente!  Y eso que he alternado años de sequedad con momentos en los que, por decirlo de alguna forma, me pasaban cosas. Yo no soy nada especial. Si te contara mis pecados, fliparías. Lo único que he hecho ha sido pedirle al Señor que se me mostrase, pero tratando de estar cerca de Él por si eso ocurría. La gente tiene que pedir a Dios con confianza y sin alejarse. Si le pidiéramos más, nos daría más.

“En la vida de fe no podemos vivir solo de sensaciones sobrenaturales, porque nos romperíamos físicamente”

Como le dio con el seminarista…

Sí. Cuando volví a España seguí en contacto con él. En un momento en el que había entrado de nuevo en una espiral autodestructiva, él me recomendó escribir la historia de mi vida, leer Historia de un alma, de Teresa de Lisieux, y, si quería cambiar mi vida, comprometerme a hacer 15 minutos de oración diarios para toda la vida. Hice las dos primeras, pero con la tercera no podía. ¡No aguantaba ni 5 minutos!  Yo pensaba que Dios y la Virgen me miraban mal por mis pecados. Así que un día pedí a Dios que me concediese el compromiso de rezar 15 minutos diarios de por vida.

¿Y así ocurrió?

El día que se lo pedí, estuve media hora, que me resultó larguísima y aburrida. Pero por la noche empecé a sentir una sed superfuerte de Dios. Necesitaba físicamente estar ante el sagrario, aunque estaban las iglesias cerradas. Fui literalmente corriendo a casa del párroco, le dije que no sabía qué me pasaba, pero que necesitaba estar ante el sagrario, y en lugar de pensar que estaba loca, me abrió la iglesia y me dejó a solas. Al entrar, caí de rodillas… y entendí. 

¿Qué es lo que entendió? 

Que dentro del sagrario estaba, está Dios. Mi Dios de amor infinito. La fuente del amor, metido en una cajita. Entendí que Él es Dios. Que si he tenido amor en mi vida ha sido porque Él lo puso en mi corazón el día de mi bautismo. Aunque sé que suena raro, entendí como por ciencia infusa su entrega en la cruz, su presencia en la Eucaristía, por qué hacen falta sacerdotes para los sacramentos… Fue como entender de golpe la fe católica. Solo podía reírme y llorar. Allí mismo compuse la canción Que se quiebre

¿Y al salir?

Me vi como la mujer más guapa del mundo. Me miraba y pensaba: “¿Qué me ha pasado, que ahora soy así de guapa?”.  Yo, que no me había valorado nunca, que detestaba mi cuerpo, después de eso incluso dejé durante años de maquillarme y ponerme pendientes porque me parecía demasiado guapa (ríe).  Él me cambió la mirada hacia mí, y también hacia la naturaleza y hacia los demás.

En los 12 años siguientes no volvió a tener experiencias de fe tan fuertes. Sin embargo, muchas de sus láminas (no las que hace por encargo, por ejemplo, para Misión) nacen en su oración…

El Señor, por pura gracia, me ha hecho conservar la paciencia y me ha dado muchas ocasiones para ejercitar la fortaleza y la confianza en que Él es el único pilar. La oración me da muchos momentos de consuelo, pero en la vida de fe no podemos vivir solo de sensaciones sobrenaturales, porque nos romperíamos físicamente.

Me dejo en el tintero un sinfín de preguntas, pero ¿cómo desea terminar la entrevista?

Mi deseo más grande es que cada uno de los hijos de Dios le pida más: que le pida fuego en el corazón, que le pida incluso dones sobrenaturales. Porque Él está deseando concedérnoslos. 

Artículo publicado en la edición número 64 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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