Marta Oriol: “El sufrimiento puede dar una paz difícil de entender»

El testimonio de Marta Oriol en “Asalto al Cielo”, el canal de YouTube Mater Mundi, supera el millón de visualizaciones, pero solo cuando se mira la chispa de sus ojos se entiende por qué tantas personas la conocen y admiran. Ella misma, sin proponérselo, lo resume en una frase: “Merecen saber cómo Dios hace las cosas”.

Por Almudena Collado Fotografía: Dani García

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Han pasado 15 años desde que Marta Oriol sufrió un accidente de tráfico que le cambió la vida de golpe. Perdió a su marido y a dos hijos (uno de los gemelos de un año y el bebé que esperaba). Estuvo 15 días en la UVI luchando por su vida mientras pedía con gestos a las enfermeras que le dijeran dónde estaba su familia. La carta que le escribió su madre, “iluminada por el Espíritu Santo”, como si fuera Quique contándole que ya estaba con la Virgen y le esperaba con sus hijos en brazos, fue providencial. Aunque el duelo pasó por varias etapas, hace tiempo que dejó de pelear con su desgracia.  “Noto que están todos presentes en mi vida; voy con muchos al lado”.

María siempre presente

Marta y Quique se conocieron con 19 años y se casaron 4 años después. “Fue un noviazgo maravilloso en el que intentamos poner a la Virgen siempre en medio de nosotros”. Un año después nacieron los gemelos Carmen y Enrique. A los pocos meses Marta se quedó embarazada de nuevo. Cuando estaba de 7 meses hicieron un viaje en familia, pero a mitad de camino tuvieron un grave accidente. “Me quedé dormida y no recuerdo nada. Hasta en eso creo que Dios me cuidó porque no sé si podría vivir habiendo visto u oído algo de lo que pasó ese día”, cuenta. Días después se enteró de que su marido y su hijo Enrique habían fallecido en el accidente, que también se había llevado a Marta, la hija que esperaban.

Marta creció en una familia cristiana, donde había incluso varios sacerdotes, religiosos y religiosas. Esto le ayudó mucho cuando tuvo que afrontar el golpe más duro de su vida.  “Doy gracias por mi familia y por mi pasado, que fue un apoyo fundamental en esos momentos.”

Un pase al Cielo

Como es normal, cuando ocurrió el accidente Marta se bloqueó, no quería aceptar lo que le había pasado. Y aunque no sabe muy bien cómo efectuó el cambio de perspectiva, sí sabe que la paz y el sufrimiento no son opuestos ni excluyentes: “¿Cómo se explica que en mitad del dolor haya paz si no hay Alguien detrás? ¿O que haya gente que tiene de todo y se autodestruya, mientras unas religiosas en un convento están pletóricas? No son locas, es que detrás del frío, el calor, el hambre… está Dios”. “Si el sufrimiento se convierte en Cruz es una pasada; si solo es sufrimiento es un espanto”. Desde el principio ofreció toda su pena por la salvación de Quique, y está segura de que “tantas lágrimas ofrecidas le dieron el pase directo al Cielo”. 

La carta de despedida

Una de las cosas que más ayudaron a Marta a vivir su duelo fue la forma en que se enteró de que su marido y su hijo habían fallecido. “Quique y yo nos carteábamos mucho, así que mi madre, para contarme lo que había pasado, me escribió una carta preciosa como si fuera él, diciendo que estaba en el Cielo con los dos enanos”, rememora.

Todo es obra de Dios

No es una luchadora al uso. Cuando la gente le da las gracias le repele un poco porque es consciente de que ella no ha habría podido superar sola algo así:  “Tenía tanto sufrimiento… La sensación que tengo es que Dios me ha llevado en volandas.  Yo solo soy un pincel despeluchado con el que Dios va haciendo su obra. Hay que darle a Él la enhorabuena”. Eso sí, según cuenta, ella siempre quiso hacer la voluntad de Dios, algo que le habían inculcado desde pequeña. Y bromea diciendo que Dios le tomó demasiado en serio la palabra.

Una de las cosas que más le ayudó fue un regalo que le hizo su abuelo. Al poco del accidente le dio la famosa oración de san Francisco para que detectara a Dios donde hubiera paz  (“¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!”).  Y así es como la paz se ha convertido en la guía de sus obras. Es la paz de saberse querida y acompañada, de darse cuenta de que nunca camina sola.

“Yo solo soy un pincel despeluchado con el que Dios va haciendo su obra”

Aun así, Marta se aprieta las manos al proyectar el futuro porque sabe que el sufrimiento está a la vuelta de la esquina y se pasa mal. “Perder otra vez a mi marido o a mis hijos sería volver a escalar el Everest desde cero”. Por eso quiere que los suyos sepan que el sufrimiento puede llegar en cualquier momento y que cuando llegue logren darle un sentido sobrenatural: “No hay que tener miedo. Estamos de paso. ¿Para qué vivimos los cristianos? ¡Para el momento de encontrarnos con Dios! ¿Por qué luego no lo queremos?”. 

Les recuerda que la vida no es lo que tenía antes, sin cruz o de color de rosa: “Cuando el sufrimiento te zarandea dices: ¡qué barbaridad!, pero es innato, se nace con ese sello y no se puede vivir sin darse cuenta de que es una realidad”. 

Mimada por Dios

Desde el accidente Marta no es la misma persona. Asegura que exprime cada momento, es más empática con las situaciones de otros y no pasa nada por alto. “El sufrimiento me ha permitido interiorizar que Dios está presente y me cuida. ¡Son tantos detalles! Estoy mimada por Dios que pinta cada atardecer para mí”.

A la eterna pregunta del porqué Dios permite estas cosas, Marta contesta rápido: “Dios no creó al ser humano con sufrimiento, sino que lo hizo libre para elegir, y tenemos la inmensa suerte de que el sufrimiento puede ser algo que nos arrastre, atornille y abaje, o algo que, dándole sentido, Dios lo permite para mi salvación y la de otros. Saber esto te da una felicidad difícil de comprender”. 

Un amor con «mochila»
Dos años después del accidente Marta conoció a José. Le costaba mucho entender que un hombre pudiera fijarse en ella. “Llevaba una mochila muy grande cargada de dolor y por supuesto estaba mi hija Carmen, que ocupaba el centro de esa mochila”. Pero José le hizo ver que eso era parte de ella y que la quería con todo, también con esa mochila. “Es un hombre de Dios impresionante”, dice de él. Dos años después se casaron y fruto de su matrimonio nacieron trillizos. Una de ellos, la pequeña Paz, murió a las pocas horas de nacer:  “Se fue con toda la tropa al Cielo”, cuenta Marta. Después llegó María y luego Rocío, la pequeña de la casa.

Artículo publicado en la edición número 65 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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