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Los métodos naturales no son el «anticonceptivo católico»

A pesar de la cantidad de información sobre sexualidad conyugal y sus implicaciones, con Pablo VI y Juan Pablo II entre sus pensadores más destacados, aún muchas personas identifican los métodos de planificación familiar natural con los anticonceptivos. La realidad es que son absolutamente opuestos. Te explicamos en qué consisten los métodos naturales y por qué no son “el anticonceptivo católico”.

Por Marta Peñalver

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

No son pocas las veces que las familias cristianas (y cualquier pareja, en realidad) se encuentra ante la pregunta indiscreta de: “¿Cuántos hijos vais a tener?” . La respuesta, si nos ceñimos a las enseñanzas de la Iglesia, debería ser: “No lo sé, los que Dios quiera”. Pero la realidad es que, como explica el sacerdote Juan de Dios Larrú, experto en pastoral familiar, “vivimos inmersos en una mentalidad anticonceptiva, y por eso se tiende a relacionar los métodos de planificación familiar natural con anticoncepción, aunque no debería ser así”. Esta mentalidad impide ver con claridad que la vida solo la da Dios y que, en ningún caso, somos sus dueños.

Pero ¿qué son los métodos de planificación familiar natural, frecuentemente conocidos como métodos naturales, y por qué tanta gente aún piensa que son el “anticonceptivo católico”, aunque sean justo lo contrario?

Una relación sexual deja de ser un acto conyugal cuando se elimina su dimensión unitiva, o la procreadora

Como señala Larrú para Misión, la primera premisa que se ha de tener en cuenta al considerar la planificación familiar natural es que Dios ha creado al hombre y a la mujer y, por tanto, su diseño es único y perfecto. Un hombre sano es fértil todos los días; sin embargo, una mujer sana solo será fértil algunos días del ciclo. Por eso, un matrimonio que conoce cómo funciona su cuerpo y qué posibilidades tiene de embarazo en cada momento no está haciendo nada malo.

El acto conyugal también ha sido diseñado por Dios y tiene dos dimensiones, con inseparable conexión: unitiva y procreadora. “Separar la una de la otra es desdecir lo dicho por Dios”, explica Larrú. ¿Significa eso que un acto conyugal que no tiene como resultado un embarazo no es bueno? En absoluto: “El acto conyugal es bueno y está completo venga o no venga hijo. Los esposos se han donado en la totalidad, por lo tanto es bueno”. El acto anticonceptivo, sin embargo, tiene como objetivo impedir la procreación. “Son actos diferentes porque son dos objetos diferentes: en uno hay un acto conyugal, y en otro hay un acto anticonceptivo”. Por tanto, una relación sexual deja de ser conyugal si eliminamos la dimensión procreadora, es decir, si usamos anticonceptivos y nuestro objetivo es que bajo ninguna circunstancia el resultado de esa unión sea un embarazo. Y también deja de serlo si eliminamos la dimensión unitiva, como cuando, por ejemplo, nuestro fin último es tener un hijo.

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Más allá de los hijos
Eva Corujo, farmacéutica experta en reconocimiento de la fertilidad y en educación afectivo sexual, explica a Misión que “hoy se ha perdido el sentido trascendente de la sexualidad” y se ha reducido a la convicción, en gran parte de la sociedad, de que sexo y amor son perfectamente separables.

En ese sentido Corujo, que además está casada y es madre de familia numerosa, asegura que para el matrimonio cristiano vivir la sexualidad de una manera plena es algo fundamental: “Los métodos naturales ayudan a querernos y a fortalecer el matrimonio porque implican un enorme conocimiento y respeto mutuos”. Esto ayuda a que la entrega al otro sea total, “y esa entrega pasa, a veces, por tener una relación sexual, y otras, por no tenerla. Los métodos naturales van mucho más allá de los hijos”, afirma. Y por el contrario, cuando el acto es anticonceptivo estamos reservándonos una parte importantísima de cada uno: la fertilidad. “No podemos decir, ‘te entrego todo menos mi fertilidad’, porque entonces la entrega ya no es total”, sentencia. Y la entrega en el acto conyugal es siempre con actitud de acoger la vida, pues es una parte inalienable del mismo: recibir los hijos que Dios nos quiera dar.

¿Y si no pueden venir más?
Entonces, ¿qué pasa si un matrimonio ve que no es momento de recibir un hijo? Como apunta Larrú, los esposos deben discernir si Dios les llama a una nueva paternidad o si, por el contrario, existe alguna razón de peso por la que deben recurrir a la abstinencia en periodo fértil y unirse solo en los momentos infértiles del ciclo. ¿Y qué diferencia este acto de uno anticonceptivo? “Que el fin próximo de ambos es diferente: ambos quieren evitar el embarazo, pero el fin próximo de uno es la unión conyugal, y el del otro es evitar el embarazo”, explica Larrú.

Eso sí, los métodos de planificación familiar natural también pueden ser utilizados como anticonceptivos, convirtiendo el acto conyugal en un acto sexual sin más, “cuando el objetivo principal, el fin último, es impedir la procreación”, asegura Larrú. Y dado que la línea entre ambos planteamientos es muy fina, es tarea de los esposos discernir cuál es su motivación real.

Para el matrimonio cristiano, vivir la sexualidad de manera plena es algo fundamental

Paternidad magnánima
Todo esto pertenece al ámbito de lo que tradicionalmente se ha llamado “paternidad responsable”, aunque Larrú propone, para concluir, hablar de “paternidad magnánima, pues dado que hoy tener hijos es visto en sí mismo como una irresponsabilidad, más allá de la responsabilidad, tener un hijo siempre es una grandeza”.

¿De dónde nace esta mentalidad anticonceptiva?
“El deseo de descendencia sigue impreso en el corazón del hombre, pero se ha desvinculado del deseo conyugal de unirse el otro. Ahora el deseo sexual se vive de una manera individual. El deseo de un hijo ya no va ligado al de unirse sexualmente a la otra persona. Una cosa es unirse y otra es querer un hijo. Esto permite que el que quiera disfrute de una relación y el que quiera tenga hijos sin tener pareja, y sin siquiera mantener relaciones sexuales”. De hecho, la anticoncepción está muy ligada a las mil y una formas a través de las que hoy se puede tener un hijo: inseminación artificial, fecundación in vitro, donación de óvulos o espermatozoides, vientres de alquiler… “Hemos pasado de la premisa sexo sin hijos a hijos sin sexo, y estamos inmersos en esta mentalidad, por eso nos cuesta definir el objeto del acto conyugal”, explica Juan de Dios Larrú.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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