Dar la nota

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Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Por Isis Barajas / Ilustración: María Elisa Melis

Una buena amiga me dijo recientemente: “Mira, Isis, siempre estamos dando la nota allá donde vamos”. Me lo dijo con cierta pesadumbre y es que su gran familia de ocho hijos no pasa desapercibida fácilmente. Yo, que la sigo de cerca con mis siete, la entendí enseguida.

Se puede dar la nota de muchas maneras y casi todas ellas, créanme, son totalmente involuntarias. Dar la nota es llegar al colegio con la lengua fuera y empezar a sacar niños de la furgoneta como si aquello fuera el camarote de los hermanos Marx. Dar la nota es no poder mirar a los ojos a la persona que te habla por la calle porque estás contando una y otra vez a tus pequeños para no perder de vista a ninguno. 

Dar la nota es, por supuesto, parecer una maleducada por dejar a una agradable señora con la palabra en la boca porque tienes que salir corriendo detrás del kamikaze de dos años que huye hacia la carretera mientras llevas a un bebé en brazos y suplicas a los demás que no se muevan del sitio. Dar la nota es haber perdido ya todo el decoro que tenías para ir emitiendo órdenes a voz en grito por la calle: “¡Fulanito, no cruces todavía!, ¡Menganita, no te quedes atrás!, ¡Corre a por tu hermano que lo perdemos!, ¡¿Queréis dejar de pelearos?!”.

Dar la nota es dejarse de remilgos e ir pidiendo por doquier uniformes y libros de segunda mano porque no hay economía que sostenga tanto gasto escolar. Dar la nota también es llegar a un parque infantil donde alegremente juega un pequeño con sus palas para invadir todos los columpios e incluso llegar a la ocupación máxima permitida en tiempos de pandemia. 

Dar la nota es correr todos los días de una puerta a otra del colegio porque cada uno entra por un sitio diferente a la misma hora. Dar la nota es intentar alquilar un piso y que te digan que esa casa no es para ti porque  “solo admitimos familias normales”. Dar la nota es ser nuevo en la urbanización y que al segundo día de la mudanza sepa quién eres hasta el vecino del ático del último bloque de pisos:  “Ah, ¿tú eres la de los tropecientos hijos?”.

Dar la nota es agotador; a veces puede llegar a ser incluso humillante. Una quisiera pasar desapercibida, camuflarse entre la gente y no ver aireada a la vista de todos su mayor o menor capacidad para gestionar una vida familiar que, reconozcámoslo, no siempre es sencilla ni carente de conflictos.

En todo esto pensaba mientras me hablaba mi amiga y, de inmediato, me vino una cita a la cabeza: “No se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín”. Fue entonces cuando esta frase del Evangelio cobró un sentido nuevo para mí. Me di cuenta de que no se trata simplemente de proclamar mi fe públicamente, como siempre había interpretado este pasaje; sino que mi areópago moderno es esa vida ordinaria, a veces tan escandalosamente llamativa, en la que todos pueden verme frágil y vulnerable. 

Estoy –como mi amiga– en el candelero. Esta es la única manera para que todos, constatando mi absoluta precariedad, puedan reconocer que la fuerza que me sostiene cada día no procede de unas cualidades de las que en realidad yo carezco. Porque a la consabida pregunta de “¿cómo lo haces si yo no puedo con dos?”, solo encuentro una respuesta posible:  “Yo tampoco puedo; ni con uno ni con siete”. 

Yo soy solo la lámpara que porta una luz que no le es propia. Soy simplemente la madre que va dando la nota por todas partes para que sea bien visible para cualquiera que no es mía la gloria sino de Aquel que me sostiene, me reconforta y me lleva sobre alas de águila junto a mi maravillosa y alocada familia. “Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2 Co 12, 9).  

Así que si hay que dar la nota, querida amiga… se da y punto.  

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