Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
La palabra microbiota ha empezado a sonar con fuerza en los últimos años. Abunda la información sobre este tema, a veces con rigor, y otras con medias verdades que dan pie a comportamientos nutricionales poco adecuados. Pero ¿qué es la microbiota? “Básicamente, es el conjunto de todos los microorganismos que forman parte de nuestro sistema digestivo, incluyendo la parte final que es el colon, y que interactúan unos con otros en beneficio de nuestra salud”, responde José Enrique de la Rubia, vicedecano de Nutrición de la Facultad de Medicina de la UCV. Se trata de bacterias, pero también de virus, hongos y protozoos, que habitan en el cuerpo y que juntos pesarían entre uno y dos kilogramos. Algunos son en sí perjudiciales para el organismo, “pero lo importante no es tanto que sean malos o buenos, sino que en condiciones normales viven en un equilibrio que nos beneficia”, añade.
Impacto en la salud
En general, su función es la de ayudar al cuerpo a digerir los alimentos y metabolizar sus nutrientes, por lo que “si tienes una buena dieta, pero no tienes quien te la digiera, no vas a estar aprovechando bien la comida”, señala De la Rubia. Junto a ello, si el equilibrio entre bacterias malas y buenas se altera, es decir, cuando las primeras sobrecrecen por encima de un nivel saludable para nosotros, “se produce un fenómeno llamado ‘disbiosis’ que está detrás de muchas patologías”.
De hecho, de la calidad de nuestra microbiota depende no sólo nuestra salud intestinal, sino que su impacto es relevante en toda nuestra salud, pues desde el intestino se regula gran parte del sistema inmunitario y un mal estado desencadena la inflamación que se esconde detrás de numerosas dolencias.
En un nivel más amplio, lo que comemos y cómo lo comemos tiene su repercusión en el eje intestino-cerebro, una vía de comunicación bidireccional que pasa por el nervio vago y que influye incluso a nuestro estado anímico y a nuestro bienestar general. “La microbiota afecta incluso a la regulación de las hormonas, que son las que, a fin de cuentas, controlan todos los procesos fundamentales de nuestro organismo”, abunda el doctor De la Rubia.
Un delicado equilibrio
Vista la importancia de estos microorganismos para el cuerpo, ¿qué pasa si no se cuidan? De la Rubia menciona desde patologías cardíacas a problemas de obesidad, pero también algunos tipos de cáncer: “Se ha vinculado la microbiota con esta enfermedad, porque al final es tu estado inmunológico y tu capacidad defensiva lo que te permite enfrentarte a moléculas que son cancerígenas”.
En un terreno práctico, para cuidar de la microbiota, “lo básico sería tener una dieta equilibrada, es decir, comer todo en sus cantidades adecuadas”, señala este profesor. Más específicamente, subraya la importancia de la fibra y de los frutos rojos o la cúrcuma, por ejemplo.
En cuanto al tipo de alimentación a evitar, destaca los productos ultraprocesados, que “son baratos y fáciles de adquirir y consumir”, sin embargo, “aumentan las bacterias proinflamatorias” que nos enferman. También propone por el mismo motivo limitar el azúcar y las grasas saturadas, y apostar por una dieta mediterránea “cocinada con alimentos naturales” a partir de grasas saludables como las del aceite de oliva.
Los amigos de la microbiota
“El ejercicio físico es un buen aliado de la microbiota porque ayuda a equilibrar los niveles de bacterias en nuestro sistema digestivo”, asegura José Enrique de la Rubia. Una actividad física apropiada es “el complemento ideal” de una buena dieta. Además, el descanso es fundamental, junto con la necesidad de eliminar el estrés, uno de los mayores enemigos de la microbiota, pues “su presencia estimula el eje hipotálamo-hipófisis-glándula suprarrenal haciendo que aumenten los niveles de cortisol”, explica.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





