Miguel Delibes, único engaño

La narrativa de Miguel Delibes, tan estremecedoramente verdadera, se funda en un hábil trampantojo: parece sencilla y es, sin embargo, brillante en lo estilístico y compleja en lo psicológico.
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Por Enrique García-Máiquez / Ilustración Rikki Vélez

Artículo publicado en la edición número 61 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

La conmemoración de 40 años desde la publicación de Los santos inocentes, de Miguel Delibes, sirve de excusa para cuadrar el balance literario de este profesor de Derecho Mercantil. El mito de la simplicidad de su prosa parece representado en la estatua conmemorativa que inauguraron por su centenario en Valladolid. Un arrebujado Delibes con gorra, abrigo y bufanda a pie de calle, con un periódico en la mano, comparte espacio público con un excitado Zorrilla, que se erige majestuoso y gesticulante en un alto pedestal, dando nombre, él solo, al Paseo de Zorrilla. En realidad, ambos escritores vallisoletanos representan a la perfección sus papeles. El poeta romántico por las nubes, el novelista contemporáneo al paso de la calle y de su gente.

Tan al paso que sus libros fueron lectura obligatoria de los escolares, especialmente La sombra del ciprés es alargada (1948) y El camino (1950). Quizá eso haya contribuido al mito de novelista fácil, junto con su identificación total con la tierra castellana y sus anchos espacios diáfanos. Esta identificación es tan plena que el novelista, que había escrito un ensayo titulado USA y yo (1966), cuando trata de su tierra se funde con ella y titula el libro: Castilla habla (1986).

Contribuye al mito de la claridad una famosa anécdota. Joaquín Garrigues le pidió un prólogo a un libro en el que recogía unas conferencias. Delibes le respondió que no se veía capaz de escribirlo, pero sí de afirmar que él se enamoró del arte de la escritura en las páginas del Curso de Derecho Mercantil de Garrigues. Alabó su precisión del adjetivo y la riqueza de las comparaciones. Era un homenaje sutil a Stendhal, que había dicho que aprendió a escribir con el código de derecho civil napoleónico, sin descartar el amor de Delibes por la exactitud y por llevarle bien los intercambios comerciales a la realidad. 

En sus libros abundan los hombres cabales, de una pieza, serios, a los que se valora especialmente por el trabajo, la constancia y la tenacidad. Con las mujeres suele gastar una mirada más tierna, como con la infancia.

Sin embargo, hay mucho más, no nos llevemos a engaño. Si alguien quiere comprobar empíricamente el dominio del idioma y las técnicas narrativas de Delibes, puede acudir al primer capítulo de Cinco horas con Mario (1966), un prodigio descriptivo a ráfagas impresionistas, a ratos costumbrista, a ramalazos psicológicos y con un talento siempre a raudales, con un ritmo sincopado. Ese talento sale a relucir en todos sus libros, aunque sin alardes.

El magnetismo que produce su prosa es la mejor prueba de que estamos ante un escritor grandioso, del que no podemos permitir que su trabajadísima transparencia nos engañe ni nos lo minusvalore. Su sensibilidad con el lenguaje y con los seres humanos nos mejora.  

Sobre fondo gris

Miguel Delibes demuestra una sensibilidad afinadísima para uno de los temas más difíciles y más necesarios por la cuenta que nos trae: el amor conyugal. Frente a la frescura del amor adolescente o la fuerza del amor pasional o el brillo del amor a primera vista, el amor conyugal está lleno de matices, de sutilezas, de honduras, de silencios y de misterios. 

Aparece en muchos libros de Delibes, pero en ninguno más a fondo que en Señora de rojo sobre fondo gris (1991). La novela tendría que estudiarse en los cursos prematrimoniales. Muestra cómo los esposos se enamoran de aspectos que, a los ojos ajenos a la relación, pueden parecer hasta irritantes; mientras que hay virtudes admirables para las que son ciegos. También los celos tontos, las manías pequeñas, los secretos menores, los apoyos invisibles y hasta los enfados momentáneos juegan un papel fundamental y entreverado de pena y gozo. Ya ven: una novela excelente que es, de paso, un manual matrimonial.

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