No tener abuela

La autoestima es interiorizar la voz de la abuela, ser capaz de hacer tuyo ese amor incondicional
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Por Rut Sanchez

Por Enrique García-Máiquez, columnista de la revista Misión / Ilustración Silvia Álvarez Castellar

Comenté que mi fideuá de cangrejo con fumé de moharras y vino fino es extraordinaria; y alguien que no la había probado, hombre de poca fe, me acusó de “no tener abuela”. Quedé petrificado, porque, en efecto, ya no tengo abuelas; y vi de golpe toda la hermosura de esa expresión coloquial. Se dice de quien tiene una autoestima excesiva, porque se entiende que, si tuviese abuelas, ya le elogiarían estas, y no tendría él que decírselo todo.

No cabe duda de que mis abuelas aplaudirían mi famosa fideuá, lo que tiene su mérito, porque, aunque mi abuela materna me lo alababa todo, siempre partidaria, mi abuela paterna, que había enviudado con tres hijos muy pequeños y se había hecho ella cargo de la empresa familiar contra viento y marea, era una señora incesantemente exigente. Ir a verla era someterse a un cuarto grado sobre tus notas. A una abuela, toda diversión le parecía poca; y a otra, todo trabajo escaso. Como Demócrito, el filósofo que siempre reía, y Heráclito, el que siempre lloraba, mis abuelas eran la noche y el día, una ducha escocesa de abuelas, el contraste total, aunque la media la sacábamos los nietos. Sin embargo, mi fideuá de cangrejo hubiese logrado ponerlas de acuerdo.

Pero no venía a hablar de alta cocina, sino de la importancia de las abuelas, descubierta gracias a la crítica por defecto que recibí. Dicen los psicólogos que la libertad consiste en interiorizar la voz de la madre; esto es, que de pequeños nos acostumbramos a obedecer a nuestras madres (y padres) y que madurar es ser capaz de obedecer a tu propia voz interior con idéntica diligencia. Solo es libre quien es dueño de sí, quien es capaz de dirigirse a sí mismo y orientarse; y eso se aprende, paradójicamente, obedeciendo de pequeños a unos padres que saben mandarte.

“Las abuelas son una pieza esencial en la formación del carácter de sus nietos: el venero inagotable de la seguridad en sí mismos y del sano orgullo en sus trabajos y sus ocios”

Paralelamente, la autoestima es interiorizar la voz de la abuela (o de las abuelas y los abuelos). O sea, ser capaz de hacer tuyo ese amor incondicional que, a pesar de todo, nos tenían ellas.

Lo he descubierto gracias a esa pequeña broma impertinente; y ahora quisiera compartirlo con todas las abuelas actuales o en potencia que me estén leyendo. Son una pieza esencial en la formación del carácter de sus nietos: el venero inagotable de la seguridad en sí mismos y del sano orgullo en sus trabajos y sus ocios. Cuando escuché esa guasa de que “no tenía abuela” sentí cómo se me encogía el corazón, pero enseguida –sístole y diástole– se me ensanchaba, porque no las tendré, pero las tuve, y eso marca carácter. Una de mis abuelas me diría que invitase al crítico a mi fideuá y que ya vería él, ya; la otra que ése se la perdió para siempre, ea. A esta le tendría que explicar que gracias a ese comentario la he recordado mucho estos días. Entonces, seguro que rectificaba el tiro: “Ah, bueno, pues entonces, sí, invítale; pero explícale muy claro que tienes y tendrás siempre abuelas”.

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